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El Escapulario del Carmen


Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen (Monasterio “Regina Martyrum y San José”, 16 de julio de 2008)


La advocación del Carmen es una de las más populares y universales entre las numerosísimas que designan a la Virgen María –bellas todas y entrañables para los fieles católicos. Como sabemos, cada una de ellas se refiere a algún título suyo, a algún misterio de su vida, a sus virtudes, a los favores diversos que nos dispensa, a los sitios en los que se venera alguna de sus imágenes. La historia de la advocación del Carmen no es muy clara; los datos ciertos, fehacientes, se mezclan con otros legendarios. Al parecer, desde la llegada a Europa de los carmelitas, en el siglo XIII, se concedió a los seglares fundadores o bienhechores de conventos la participación en los frutos espirituales de la orden; la devoción a Nuestra Señora bajo título del Carmelo se fue difundiendo desde fines del siglo siguiente. Con el paso del tiempo fue perdiendo, para la mayoría de sus devotos, la referencia carmelitana originaria; se hizo simplemente católica, de todos.


Lo mismo se puede decir de su signo distintivo, el escapulario. El pequeño escapulario del Carmen es una reducción mínima del que usan los frailes como parte de su hábito y que ha sido tomado de la tradición monástica. El primero que menciona esta prenda es San Benito, en el capítulo 55 de su Regla; lo prescribe en lugar de la cogulla como ropa de trabajo, dice: scapulare propter opera. Vino a ser como un signo del monje trabajador y se lo solía comparar con la cruz, el yugo del Señor; adquirió también el valor espiritual de armadura o escudo.


En cuanto al escapulario del Carmen, una piadosa creencia nos remite a un hecho fundacional: en Cambridge, en 1250, la Santísima Virgen se habría aparecido a San Simón Stock, sexto general de la Orden carmelitana para dejar en sus manos el escapulario, con estas palabras: éste es el privilegio que te doy a ti y a todos los hijos del Carmelo; el que muera revestido de este hábito se salvará. Aunque la crítica histórica considera que este hecho se apoya en testimonios discutibles, lo cierto es que el uso del escapulario se extendió paulatinamente, y sobre todo a partir del siglo XVI. No faltaron algunas vacilaciones, e incluso al comienzo ciertas prohibiciones eclesiásticas, ante el temor de que los fieles abusasen de él como si fuera un talismán por cuyo poder se alcanza infaliblemente la salvación, aun viviendo en pecado y sin la intención de una reforma de vida.


Es éste un problema real, que se ha presentado en diversas épocas y puede verificarse también en el presente, sobre todo cuando falta una sólida formación doctrinal y espiritual. Las prácticas devocionales que expresan la actitud religiosa son auténticamente cristianas cuando arraigan en el orden teologal de la fe, la esperanza y la caridad; de lo contrario caen en la deformidad de la superstición. San Luis María Grignion de Montfort, en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, dice que ésta consiste en la perfecta y entera consagración a María para pertenecer completamente a Jesucristo por medio de ella, y que equivale a la perfecta renovación de las promesas del bautismo. Por lo tanto, se identifica con la asunción plena de la condición cristiana y de sus exigencias. El mismo autor descalifica a los devotos exteriores, presuntuosos, hipócritas e interesados. Hilando fino en la psicología de la religión, hoy nosotros descubriríamos los resabios de pensamiento mágico, las motivaciones inconscientes y los mecanismos compensatorios, pero si somos sensatos dejaremos a Dios, que escruta los corazones, la valoración de los gestos religiosos de la gente sencilla, que expresa como puede su fe y su deseo de salvación. Pablo VI decía de la piedad popular que es una realidad a la vez tan rica y tan amenazada... expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religión; por eso corresponde que la Iglesia la oriente mediante una pedagogía de evangelización (Evangelii nuntiandi, 48). Es esto, precisamente, lo que ha hecho en su prudente recomendación del escapulario.


Las dos creencias transmitidas por la tradición devocional se refieren al misterio de la salvación y deben ser interpretadas rectamente, según la doctrina católica. La primera es la promesa formulada por la Virgen Santísima a San Simón Stock: el que muera revestido de este hábito se salvará. Varias advertencias del magisterio aplican como complemento de este dicho el apremiante consejo del Apóstol a los filipenses: trabajen por su salvación con temor y temblor (Fil. 2, 12). El Papa Pío XII lo ratifica con estas palabras: no piensen los que visten el escapulario que podrán conseguir la vida eterna en la pereza y la negligencia espiritual (Carta a los Generales de los Padres Carmelitas en el VII Centenario del escapulario del Carmen).


Conviene recordar, a propósito, algunas verdades fundamentales, que son presupuestos dogmáticos de la vida cristiana: necesitamos de la gracia de Dios para obrar el bien y evitar el pecado, porque al no conocernos perfectamente a nosotros mismos y al estar implicados en el giro variadísimo de los acontecimientos, muchas veces ignoramos lo que nos conviene, o por lo menos no lo podemos saber con exactitud; nos es preciso, por lo tanto, contar con la protección y la conducción de Dios. La gracia por la que somos hijos de Dios y nuevas creaturas en Cristo no penetra del todo los estratos más profundos de nuestra personalidad; no poseemos una total firmeza en el bien. La Iglesia nos enseña que nadie puede saber con certeza de fe, en la que es imposible el error, que ha conseguido la gracia de Dios (Cf. Denz-Sch 1534). Además, la perseverancia en la gracia hasta el fin de la vida es un don gratuito, no una conquista de nuestros méritos. Es una gracia que debemos implorar  humilde y confiadamente y que podemos alcanzar por medio de la oración. En este trance juega un papel principal la intercesión maternal de María, a quien invocamos como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora (Lumen gentium, 62). El escapulario del Carmen es un signo de nuestra humilde apelación al don de la gracia y de nuestro recurso a la Madre de Dios. Pío XII enseñó que los fieles han de verlo como un signo elocuente de la oración con la que invocan el auxilio divino y han de reconocer en él su consagración al santísimo Corazón de la Virgen Inmaculada (loc. cit.). Más aún, según el mismo Papa, esa pequeña librea es un memorial de la Virgen que nos recuerda el compromiso de fidelidad contraído con Jesús por medio de ella; es un espejo de humildad y de castidad; en la simplicidad de su hechura hay que ver un compendio de modestia y sencillez (ib.).


La otra promesa ligada al uso del escapulario y la consiguiente creencia de la tradición carmelitana también han sido sometidas a la criba de la crítica histórica. Se trata del así llamado privilegio sabatino, que implica la liberación de las penas del purgatorio en un término próximo a la muerte; solía decirse, el sábado siguiente. Alguna vez se pensó que tal privilegio era reconocido por Juan XXII en la Bula Sacratissimo uti culmine, de 1317, pero este documento ha sido censurado como apócrifo. De todas maneras, la creencia ha sido asumida por Pío XII en estos términos: ciertamente, la piadosísima Madre no dejará de hacer que los hijos que expían sus pecados en el purgatorio alcancen por su intercesión lo antes posible la patria eterna. ¿Por qué, en efecto, no podría extenderse más allá de la muerte, la intervención de la Madre del Señor en favor de sus hijos, que aunque todavía deban ser purificados ya están seguros de su salvación? Como sabemos, la existencia de una purificación final de los elegidos es una verdad de la fe católica y el fundamento de la oración por los difuntos.


Un atisbo de la realidad sobrenatural del purgatorio se encuentra en las crisis de purificación que padecen los santos, las noches de las habló con tanta penetración San Juan de la Cruz y que son los sucesivos tránsitos hacia la perfección de la caridad. Santa Catalina de Génova, al comienzo de su Tratado del Purgatorio, dice de sí misma: Esta alma santa, viviendo todavía en la carne, se encontraba puesta en el purgatorio del fuego del divino Amor, que la quemaba entera y la purificaba de cuanto en ella había para purificar, a fin de que, pasando de esta vida, pudiese ser presentada ante la presencia de su dulce Dios Amor. Y comprendía en su alma, por medio de este fuego amoroso, cómo estaban las almas de los fieles en el lugar del purgatorio para purgar toda herrumbre y mancha de pecado, que en esta vida no hubiesen purgado. Describe luego cómo esas almas, ajenas a todo, están absortas en el amor de su Señor y en medio de penas indecibles, que son penas de amor, con gran gozo y dolor y paz, con gran contento, avanzan en la purificación en plena conformidad con la voluntad de Dios.


El título de Nuestra Señora del Carmen y la devoción de su santo escapulario nos invitan a renovar permanentemente nuestra fe en las realidades últimas, en el estadio final, el remate dichoso de la existencia cristiana. Son un estímulo para el ejercicio de la humildad, el empeño en el combate espiritual, el abandono confiado en la providencia del Padre, en los méritos redentores de Cristo y en la acción del Espíritu Santo. Que la celebración de esta fiesta en honor de Nuestra Señora haga crecer en nosotros el amor filial hacia ella, un amor intenso y muy tierno que sea efectivamente prenda de santidad y de salvación.


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata