Y los hijos, ¿qué?

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Y los hijos, ¿qué?

Por diversas razones, en estas últimas semanas he estado presente en conversaciones sobre la Familia, así, con mayúscula. Un concepto que se ha manejado de muy diferentes maneras y que se ha vuelto el foco de discusión en varios foros. Por ejemplo, un tema de las pasadas elecciones de los Estados Unidos, fue el respeto a la institución familiar, a los valores de la familia tradicional. En varios estados se votó la aprobación o el rechazo del matrimonio homosexual (por cierto, en todos los casos se rechazó el concepto). Incluso hay analistas que dicen que el tema de los valores fue el que decidió esas elecciones; el americano promedio votó por quien tuvo una posición de apoyo a los valores familiares.

También recientemente presencié una serie de comentarios sobre el divorcio, la separación conyugal, los divorciados vueltos a casar, y el papel de la Iglesia Católica en esos temas. Se hablaba de los cónyuges, de sus derechos, de sus necesidades y no faltó quién criticara a Nuestra Iglesia, achacándole insensibilidad a los problemas de la pareja. De repente, y  sin ninguna causa, algo me llegó a la mente. ¡Nadie mencionaba a los hijos! ¡Nadie comentaba sobre sus derechos! ¡Nadie hablaba de sus sufrimientos cuando las familias van mal, cuando pasan por situaciones difíciles!

No deja de ser significativo, creo yo, que no se hable de los derechos de los niños. Sí, se habla de su derecho a la salud, a la alimentación, a la educación. Pero nadie habla de su derecho a ser felices, al amor de sus padres, a una infancia sin las angustias de verse separados de papá o de mamá. Nadie habla del derecho de los hijos a tener una familia. Nadie habla, tampoco, de apoyar a la madre soltera, a la viuda, a los cónyuges separados, para que puedan dar a sus hijos una familia feliz, que les procure nutrición del cuerpo y del espíritu, que los desarrolle, que se ocupe de su felicidad.

No oí en esas conversaciones nada respecto a los sufrimientos de los niños los cuales, en sus fantasías infantiles se culpan muchas veces de los problemas de sus padres y se sienten responsables de que la familia se haya separado. Nadie habló de cómo se siente ir de una casa a otra, sentir que no hay raíces, tener que adaptarse a nuevos “papás” o “mamás”, a nuevos “hermanos”. No, al parecer no es un tema. Los importantes no son ellos. Pueden ser usados como arma para lastimar al cónyuge, hablándoles mal de su padre o de su madre, tratando de ganarse su afecto y su aprobación, o haciéndolos objeto de chantajes emocionales o sentimentales.

No sé. Me parece que el hijo ha dejado de ser, para algunos, un tesoro, la joya de la familia. Ha dejado de ser el que recibe lo mejor de nosotros. Ha pasado a ser, para algunos, un estorbo. Afortunadamente, la mayoría no lo ve así. Pero hay que hablar del tema. Hay que hacer ver a esos que no lo captan, cuál es el valor, el inmenso valor que tienen los hijos en la familia.