La Virgen nos mira como Dios la miró a ella

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¿Qué será lo mejor para el lector en la festividad de la Virgen de Guadalupe del 2010, que este año celebramos hoy domingo? Pienso que lo mejor es ofrecerle en esta columna La voz del Papa lo que hizo y nos dijo el Papa Benedicto XVI el pasado miércoles día 8, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Hace falta mucha fortaleza -la fortaleza que nos presta la verdad de la fe cristiana- para celebrar año tras año en Roma, en plena vía pública la festividad de la Inmaculada 

El fundamento bíblico de esta verdad -explicaba Benedicto XVI años atrás- se encuentra en las palabras que el ángel dirigió a la joven de Nazaret: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lucas 1, 28). “Llena de gracia” -en el original griego kecharitoméne- es el nombre más hermoso de María, un nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida.

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“Ella nos mira como Dios la miró a ella, humilde muchacha de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo pero elegida y preciosa para Dios”. Así lo afirmó el Papa Benedicto XVI, en su discurso pronunciado en la Plaza de España en Roma, durante el tradicional acto de veneración de la Inmaculada.

En esta cita anual muy querida a los romanos, pues la estatua de la Inmaculada se encuentra en pleno corazón de la ciudad, el Papa quiso incidir este año en el “mensaje” de la Virgen a todos los hombres; un mensaje, subrayó, “de confianza”.

La colonna dell'Immacolata se inauguró en 1857, poco después de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción (1854), y se colocó cerca de la Embajada de España, por ser éste uno de los países que más contribuyó a su definición. Aludiendo al “gran amor y devoción del pueblo romano” por la Virgen María, el Papa insistió sin embargo en que “especialmente en esta celebración del 8 de diciembre, es mucho más importante lo que recibimos de María, respecto a lo que le ofrecemos”.

Ella ofrece “un mensaje destinado a cada uno de nosotros, a la ciudad de Roma y al mundo entero. También yo, que soy el Obispo de esta Ciudad, vengo para ponerme a la escucha, no sólo por mí, sino por todos”, afirmó el Pontífice. “Ella nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su “mensaje” no es otro que Jesús, Él que es toda su vida”, añadió.

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“Cuando vengo aquí, a esta Fiesta, me impresiona, porque lo siento dirigido a toda la Ciudad, a todos los hombres y mujeres que viven en Roma: también a quien no piensa en ello, a quien hoy no se acuerda siquiera que es la Fiesta de la Inmaculada; a quien se siente solo y abandonado”, confesó el Papa.

La mirada de María, afirmó Benedicto XVI, “es la mirada de Dios sobre cada uno. Ella nos mira con el amor mismo del Padre y nos bendice”.

“Aunque todos hablaran mal de nosotros, ella, la la Madre, hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios”.

María mira la ciudad “no como un aglomerado anónimo, sino como una constelación donde Dios conoce a todos personalmente por su nombre, uno a uno, y nos llama a resplandecer de su luz”.

“La Madre nos mira como Dios la miró a ella, humilde muchacha de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo pero elegida y preciosa para Dios”.

“¿Quién más que ella conoce el poder de la Gracia divina? ¿Quién mejor que ella sabe que nada es imposible para Dios, capaz incluso de sacar el bien del mal?”.

El Papa puso ante los presentes estas palabras en boca de la Virgen: “No temas, hijo, Dios te quiere; te ama personalmente; pensó en ti antes de que vinieras al mundo y te llamó a la existencia para colmarte de amor y de vida; por esto ha salido a tu encuentro, se ha hecho como tú, se ha convertido en Jesús, Dios-Hombre, en todo igual que tú pero sin pecado; se dio a sí mismo por ti, hasta morir en la cruz, y así te dio una vida nueva, libre, santa e inmaculada".