Violencia intrafamiliar: Un caso límite de alcoholismo y drogadicción

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Violencia intrafamiliar: Un caso límite de alcoholismo y drogadicción

Conocí a Benjamín Rojas (seudónimo) hace tres años. Es abogado y tiene 47 años. Es casado y tiene varios hijos. Profesionalmente le ha ido razonablemente bien. Con un aire todavía juvenil y su habitual sonrisa, un día me contó su historia que me pareció casi increíble.

“Mi padre era un empresario de éxito pero alcohólico. Era responsable en su trabajo pero no había día que dejara de tomar ‘sus copas’. Mi madre, ama de casa, tenía un carácter sumamente irritable, fuerte, apasionado. El resultado era que prácticamente desde ‘que abrí los ojos’ estaban siempre discutiendo, riñendo sobre el asunto de que dejara de beber alcohol, y muchos otros temas.

“Esta violencia en el ambiente familiar afectó mi estado de ánimo en forma notable. En parte por esta razón y porque tenía un carácter blando, comencé a beber en exceso desde que tenía 15 años. Iba a fiestas o a bailes y –como una forma de destacar entre mis amigos– bebía como un ‘cosaco’. Un día fui internado en el hospital por una severa intoxicación de alcohol. Pero de poco me sirvió este suceso. Seguí tomando mucho.

“Quizá era también una manera de singularizarme y demostrar que era ‘valiente’, es decir, muy ‘macho’. Pero, también, escondía con ese comportamiento mi habitual tendencia a la timidez, y con el alcohol me desinhibía: comenzaba a contar chistes, a bromear, a cantar y –según yo– me sentía como ‘el rey’ de todas las fiestas.

“En efecto, tanto con mis amigos como con los conocidos mayores que yo, admiraban mi capacidad de aguante para beber tanto y tantas horas seguidas. Era siempre el primero en llegar al bar o a las fiestas, y el último en irme.

“Pero la cosa no paró allí. Un día un amigo me invitó a fumar marihuana y la probé. Recuerdo que me puse una mareada, que acabé en la cama… pero finalmente me gustó. Comencé a combinar alcohol con droga. Al principio fue con esta droga ‘suave’ o ‘leve’, pero después me comencé a aficionar a drogas más fuertes como la cocaína, la heroína, el peyote, etc.

“Mi vida sufrió una metamorfosis. Ya no me interesaba estudiar, y lógicamente me fue bastante mal en los exámenes. Mis padres intentaron varias veces ayudarme, pero yo me resistía. Después de todo, me estaba aficionando a ese estilo de vida: alcohol, sexo, drogas, bailes, etc. Había en mí un desmedido afán de ‘quedar bien’ con mis ‘cuates’ y, como es de suponerse, después de esos excesos me sentía fatal física y anímicamente.

“Sin embargo, al día siguiente, cuando mis amigos me preguntaban: ‘¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras?’, invariablemente respondía ‘¡padrísimo!, ¡a todo dar!, ¡de maravilla!’.

“Y a continuación comenzaba a relatar mi última “explosiva” mezcla que había realizado la noche anterior de una nueva droga con alcohol.

“Este problema se fue agudizando y había muchas ocasiones que, después de beber y drogarme, me quedaba materialmente tirado en la cantina, en la casa de mis amigos, en mi departamento, en mi coche. Un día me pareció verdaderamente el colmo porque me quedé tirado en un parque, debajo de una banca y junto a un basurero.

“Las relaciones con mis padres y mis hermanos se fueron deteriorando, incluso un día le falté al respeto a mi madre. A mi padre le robaba dinero sin que se diera cuenta, para continuar con mis vicios.

“Sin duda, había tocado fondo. Pero no encontraba la salida, estaba como en túnel sin ninguna luz en mi camino. Aparentemente era una vida divertida pero me comencé a hartar de mí mismo. Detrás de mi ‘eterna’ sonrisa, me pareció que todo ese ‘glamour’ de impresionar a mis compañeros y seguir con mis desórdenes, era una ‘máscara de hipocresía’.

“La realidad es que mi vida estaba tremendamente vacía y mi conciencia de alguna forma me lo reclamaba. Sabía que todo esto no podía permanecer así. Tenía que romper con ese círculo vicioso, pero ‘¿cómo?’, me preguntaba.

“Un día, un amigo me tendió la mano. Me invitó a una clínica de rehabilitación para casos como el mío. Le dije que sí, pero no muy convencido. Asistí pero en plan muy crítico, pensando: ‘¿qué me pueden decir a mi estos ‘doctorcitos’ si yo me la sé ‘de todas, todas’?’.

“Finalmente, acudí a la primera reunión de terapia colectiva. Para mi sorpresa, había personas de todas las ocupaciones y condiciones sociales: taxistas, oficinistas, amas de casa, obreros, profesionistas... Y comencé a escuchar casos escalofriantes y que me removieron hondamente.

“Narraban sus tristes experiencias y cómo habían terminado, después de años de estar hundidos en el vicio: divorciados, sin familia, con el hígado destrozado y la salud minada; habían sido despedidos de sus trabajos; sus seres queridos se avergonzaban de ellos y se habían distanciado en el trato (no querían saber nada de ellos); algunos habían contraído fuertes deudas económicas, enfermedades venéreas, etc. Total, se encontraban solos, con un cúmulo de problemas vitales y sin poder encontrar sentido en sus vidas.

“Aquello me ayudó a reflexionar sobre mi conducta. Escuchando esos relatos, todavía más  dramáticos que el mío, me puse a pensar en Dios. Le dí gracias porque me hacía ver que estaba muy a tiempo de corregir el rumbo de mi vida.

“Un día hablé con mis padres. Les pedí perdón de todo el daño causado a ellos y a la familia, y les pedí su ayuda para poder internarme en una clínica de rehabilitación. A los pocos días estaba bajo tratamiento médico.

“En especial, las primeras dos semanas fueron particularmente dolorosas porque entré en un proceso de desintoxicación. Al retirarme el alcohol y las drogas, me venían momentos de desesperación, angustia, vómitos, intensa sudoración, convulsiones, etc. Aquello era un verdadero infierno.

“Agradecí mucho a mi médico que se enfrentara con mis padres y les dijera –abiertamente– que buena parte de mi problemática tenía su raíz en los continuos conflictos entre ellos, como esposos. Asistieron a varias terapias familiares y, a partir de entonces, hubo un notable cambio. Ya no discutían tanto y había más cordialidad en su trato. Ocurrió, también, otro milagro: mi padre, al verme en ese estado, se planteó seriamente dejar de tomar y, finalmente, lo logró.

“Gracias a ese tratamiento, la acertada psicoterapia y la reconciliación de mis padres, pude dejar el alcohol y las drogas. Regresé a mis estudios y puse mi mejor esfuerzo por obtener buenas calificaciones. Volví a forjarme ideales. Planeaba en mi mente: ‘tengo que ser un buen profesionista, con prestigio. Además, casarme con una buena esposa y tener hijos’.

“En definitiva, me dí cuenta que tenía que darme otra oportunidad en mi vida, que si no lo hacía en ese momento y con una firme determinación, no lo haría nunca. No niego que me costó mucho esfuerzo el cambiar de conducta porque la presión del ambiente era fuerte.

“Como es lógico, tuve que dejar las cantinas y cortar con ciertas amistades nocivas para mí. Pero me armé de valor y pude dejar aquel tipo de vida verdaderamente desastrosa. Se lo pedía con mucha fe a Dios y pienso que acabó por escucharme.

“Es más, ahora ayudo a personas con problemas similares a los míos para que salgan adelante. Periódicamente charlo con esas personas, jóvenes en su mayoría. Les digo: ‘Tú vales mucho, tú no puedes convertir tu vida ni la de tus familiares en una existencia desgraciada’. He sido testigo de verdaderos cambios hacia una vida positiva y útil para sí mismos, para sus familias y para la sociedad. Muchos de ellos ahora son profesionistas competentes y ejemplares padres de familia.

“Ahora, con mi esposa y mis hijos busco que exista siempre un ambiente de alegría, cariño, armonía y comunicación en mi hogar. Procuro platicar mucho con mis hijos y hacerme amigo de cada uno de ellos. Nunca discuto con mi esposa frente a los hijos. Arreglamos nuestras diferencias privadamente y nos esforzamos por anticiparnos a pedirnos mutuamente perdón, si surge alguna dificultad. Finalmente, después de todo ese cúmulo de males, he tomado experiencia y ha ocurrido en mi familia una verdadera transformación”.