¡La vida comienza a los 60!

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Hay una frase de célebre filósofo Séneca que me parece aprovechable y dice: “La vida es como una leyenda: no que sea larga, sino que sea bien narrada, es lo que importa”.
 
Acabo de cumplir  sesenta años y, por supuesto, ya conseguí rápidamente mi credencial del INAPAM por aquello de sus útiles descuentos.
 
Con ocasión de este suceso, me vino a la memoria que, estando en un conocido club deportivo, mientras un grupo de gente de diversas edades nos preparábamos en los vestidores para practicar algunos deportes, uno de los presentes comentó: -¡Ya cumplí 60 años! –como en tono de lamento y con aire cariacontecido.
 
De inmediato todos los allí presentes, se voltearon hacia él y a voz en cuello  exclamaron:
 
-¡¿Sesenta años?! ¡Qué “anciano” estás!
 
Y el personaje en cuestión, se miraba frente a unos grandes espejos, arqueando las cejas y abriendo los ojos como de plato,  sin dar todavía crédito a lo que afirmaba:
 
-Sí, sesenta –repitió sorprendido. ¿De veras me veo tan viejo?
 
Y con esa pregunta tan sencilla como ingenua, se puso en ocasión para que le llovieran bromas:
 
-Claro, hombre,  ya ve preparando tu testamento… -dijo uno.
 
-Y tu “lugarcito” en el panteón…-apostilló otro.
 
A lo largo de la historia de la Literatura se han escrito muchos textos sobre la juventud: “¡Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver!”, escribía Rubén Darío y el poeta de Castilla, Antonio Machado, en “Los Sueños”, decía: “Juventud nunca vivida, / ¿quién te volviera a soñar?”.
 
He de reconocer que este tipo de poemas nunca me han gustado porque considero que la edad hay que asumirla tal y como es: con realismo y con buen humor, sin nostalgias estériles.
 
Por otra parte, el tiempo –si lo vivimos con sabiduría- proporciona un rico bagaje de experiencia, de testimonios compartidos. Siempre he tenido afición por la lectura de biografías de figuras históricas y por escuchar los relatos narrados por personas mayores porque nos dan muchas lecciones de vida.
 
Al mismo tiempo, he conocido a tantos ancianos que mantienen su corazón jovial, alegre, ilusionado, que pienso invariablemente: ¡Con esa actitud frente a la vida me gustaría llegar a los 90 o más años!
 
Un día conversando con el fallecido filósofo, Dr. Carlos Llano, fundador del IPADE y la Universidad Panamericana, me transmitía esta reflexión:
 
-¿Qué es la vida? ¡Tan sólo un puñado de años que Dios nos concede y hay que saberlos aprovechar muy bien!
 
En efecto, el tiempo presente es lo único que poseemos. El pasado ya transcurrió vertiginosamente y no volverá. El futuro no sabemos si llegará para nosotros.
 
Cuando era un adolescente, me parecía una exageración el título y el contenido de aquella clásica obra de teatro de Calderón de la Barca: “La vida es sueño”.
 
Pero, en efecto, se encuentra ya muy estudiado en Medicina el fenómeno que se experimenta con el paso de los años de que parece que “el tiempo se adelgaza”, o que los años avanzan más de prisa, y que  la  vida se puede resumir en “una especie de sueño”.
 
-¿Qué se siente tener sesenta años? –me preguntó un amigo.
 
-De “sentir” no se siente nada. La vida sigue igual, con algunos achaques demás. –le contesté.
 
Pero indudablemente es una ocasión de darle muchas gracias a Dios por  los beneficios recibidos. Creo que todos tenemos muchos motivos de alegría de haber tenido una familia maravillosa, de conocer a tantas personas estupendas y valiosas, de ejercer una profesión que nos satisface,  de contemplar la obra asombrosa del Creador y, en tantas aspectos del itinerario de la vida, constatar que Dios siempre ha estado a nuestro lado acompañándonos, orientándonos, cuidándonos…
 
¿Qué queda entonces? Lo que escribe San Agustín en uno de sus profundos textos: “Si dijeres basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio”.
 
Es decir la vida del hombre sobre la tierra es un continuo fraguarse; debe de ser una permanente lucha por mejorar cada día, aunque sea un poco, en el trabajo cotidiano, en nuestros deberes familiares y sociales.
 
Hay un par de exclamaciones de San Pablo que siempre me han impresionado e invitado a una mayor acción: “¡El tiempo es breve!” y “¡La caridad de Cristo nos urge!”.
 
Pero no sólo escribo estas reflexiones para gente mayor, sino también para los jóvenes. Porque, sin duda, todos tenemos el deber de aprovechar al máximo nuestro tiempo para ayudar a los demás y superarnos como personas.
 
La juventud se lleva en el corazón, por ello es que afirmo que la vida comienza a los sesenta o a cualquier edad. Todo depende del entusiasmo que tengamos por estrenar cada día de la existencia como si fuera el último o el primero de nuestro paso por la tierra camino al Cielo.