Sua Santità

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¿Es bueno hacer el mal para alcanzar el “bien”?, ¿puede justificarse la injusta intromisión en la intimidad de una persona o en su trabajo con el poco claro fin de difamar?, ¿existe algún límite al derecho a la información? Son algunos de los planteamientos, cuando no perplejidades, que suscita la reciente aparición del volumen “Sua Santità” firmado por Gianluigi Nuzzi. El autor tiene una clara trayectoria intelectual que lo define, y la cual no disimula: busca desprestigiar a la Iglesia y para ello se sirve del espionaje al manejar informaciòn confidencial.

Realmente la postura de Nuzzi, si bien injusta, no presenta una novedad relevante: siempre ha habido personas obsesionadas en desprestigiar a la Iglesia Católica, y muchas veces es comprensible su afán. En el caso de Nuzzi, al parecer, se trata de desenmascarar lo que a sus juicio es la injusta injerencia de la Iglesia, más concretamente del Estado Vaticano, en asuntos de política interna italiana. Le escandaliza lo que a su parecer es una situación de privilegio –económico, por ejemplo- intolerable de la Iglesia, dentro de un estado que se proclama laico. Desde esa óptica es comprensible y aún justificable el empeño de Nuzzi; quizá lo reprochable es el modo en que lo hace. Es su opinión, compartida seguramente por muchas otras personas, la cuál debe ser respetada; pero su método es, lisa y llanamente, un crimen, una violación a la intimidad de una persona y al trabajo de una institución, independientemente de que para muchos esa persona y esa institución sean sagradas. 

Al margen del carácter sagrado del Papa y de la Iglesia, el primero como persona y la segunda como institución tienen derechos que deben hacerse respetar. Recientemente la Santa Sede ganó una querella con el grupo Benetton, por utilizar dicha empresa, sin permiso y ofensivamente, la imagen del Papa. Felizmente se llegó a un arreglo; pero es lamentable que ya se vaya haciendo costumbre atacar arteramente la imagen papal con fines difamatorios.

Podrá objetarse que técnicamente no se trata de una calumnia, ya que no son hechos falsos los que se divulgan, sino reservados. Es cierto, pero la falsedad no está únicamente en el contenido sino en el modo en que esa información se presenta, en el contexto en el que se ofrece y en la intencionalidad de hacerlo: técnicamente se trata de una injusta difamación, con la agravante del espionaje y de la violación a la intimidad del Papa y sus colaboradores. 

Es lógico que el Papa deba prudencialmente tomar decisiones, hacer negociaciones, elaborar documentos de trabajo, etc., que sacados de contexto y presentados tendenciosamente puedan escandalizar. Cualquier persona con criterio sabe que la Santa Sede tiene que negociar muchas cosas: denotaría si no ingenuidad, por lo menos ignorancia el que no lo supiera. No por nada los nuncios apostólicos suelen ser los decanos del cuerpo diplomático, y la Santa Sede es quizá la entidad con más tradición e historia en lo que a diplomacia se refiere. Lógicamente esa negociación se hace particularmente intensa con Italia, país en cuyo corazón se enclava el pequeño Estado Vaticano. Es comprensible que a los italianos anticlericales esto les disguste, pero no los autoriza para difamar, ni legitima el uso de información confidencial obtenida de modo ilícito: el crimen será siempre un crimen, independientemente de que para algunos su motivación sea justa.

Al margen del carácter delictivo y difamatorio de la obra de Nuzzi, que seguramente le servirá, en un mundo ávido de sensacionalismo, para engrosar sus ventas, está por otra parte la falta de lealtad de las personas que le han facilitado esa información, y eso es quizá lo más triste del caso. Personas que medran a los muros de la Iglesia, que viven amparadas a su sombra, y que se prestan a tamaña deslealtad. Nuzzi, por lo menos, es coherente con sus “principios” anticlericales y periodísticos “carentes de escrúpulos”. Los otros, presumiblemente, son hombres de Iglesia resentidos. El Papa ha nombrado una comisión a cargo del Cardenal Herranz, encargada de investigar quien filtró la información. Lo cierto, es que, para un hombre creyente, la actitud coherente es la de rezar más insistente y urgentemente por el Papa y sus colaboradores.