Somos complemento

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Tú eres manteca, yo soy arroz, qué rica sopa hacemos los dos.

Esta frase, extraída del argot mexicano, ejemplifica exactamente lo
que es la pareja en el matrimonio: uno, complemento del otro. Nada de
rivalidades para conseguir la superioridad en exclusiva.

Claro que es lenguaje figurado, pues esta frase se presta para que
el más delgado, echando mano del cariño y del sentido de humor, le
otorgue al otro el papel de manteca, que sin duda no será muy de su agrado, pero igual aguantará con gusto.

Entre marido y mujer, es lógico que haya diferencias en puntos de
vista y éstas casi siempre se pueden resolver de manera sencilla si
conocemos las diferencias que existen -de manera natural- entre hombre
y mujer. Conocerlas es muy necesario para que pueda haber un matrimonio
equilibrado.

Hay ocasiones, sin embargo, en que detalles a primera vista
insignificantes, si no son tomados con calma, provocan verdaderas
explosiones en el hogar y entonces... ¡sálvese quien pueda!

¿Por qué suceden?

Una duda que embarga a muchas personas casadas es el por qué
constantemente hay pequeños o grandes disgustos aunque ninguno de los
cónyuges se lo proponga expresamente.

Es más, algunas veces estamos muy bien, platicando de cualquier
cosa y de pronto aquello explota sin saber por qué y cuando menos lo
esperamos ya nos herimos, nos recriminamos y todo acaba en un mar de
lágrimas y resentimientos.

Todo esto se presenta por la falta de conocimiento del cónyuge, se ignora que piensa y actúa de acuerdo con su naturaleza.

Cuenta una amiga -por ejemplo- que un domingo fue con su esposo e
hijos a pasear. Los niños jugaban entretenidos, el clima estaba ideal y
a ella le embargaba, especialmente ese día, un particular cariño por su
familia. Ya iban de regreso cuando ella, pensando en los detalles de su
casa y queriéndola tener lo mejor posible para su familia, lanzó una
ingenua petición a su esposo, más bien comentario, pues ni siquiera
deseaba en realidad lo que estaba pidiendo. No era una necesidad
básica, sólo empezaba una conversación para soñar juntos con respecto a
su casa.

Le dijo dulcemente a su marido: Oye, ¿qué te parece si, cuando se pueda, compramos un teléfono inalámbrico? (se empezaban a poner de moda). ¡Nunca lo hubiera dicho! El marido cambió de inmediato su expresión tranquila y le contestó: ¿Tienes que pensar en gastar dinero? Además, ahorita es inoportuno hablar de eso.
Nuestra amiga se quedó helada, primero porque de un golpe se le cayó el
castillo de la felicidad en el que estaba viviendo durante el día.
Segundo, porque por su mente no había pasado ni la más remota idea de
pelear.

¿Qué pasó ahí?

Una posible explicación es que, por naturaleza, la mujer es fantasiosa, mientras que el hombre es realista a más no poder.

La verdad es que ella se dejó llevar por su imaginación, soñaba
despierta -nada más- y el marido, tal vez sin decirlo, traía presiones
económicas pues estaba previendo un futuro inmediato no muy holgado y
ésa fue la gota que derramó el vaso.

Cuando el hombre es el proveedor del hogar, toma en serio su papel,
pues él manifiesta ese amor a su familia por medio de una necesidad de
ser guía y protector de su casa y de sus hijos.

Por instinto natural él sale de su casa a luchar, no para sí mismo,
sino para su familia. Y, en este caso, el esposo consideró los sueños
de su mujer como una imprudencia, cuando ella ni siquiera se había
puesto a indagar el estado de la cuenta bancaria. No lo necesitaba para
soñar.

El problema se debió a esta específica diferencia natural en la
manera de ser de ambos y lo importante es que no es la única: hombre y
mujer son diferentes... precisamente porque son complemento.

Otras diferencias

La más notoria es que, mientras el hombre tiene un físico más
fuerte y una constitución más vigorosa, la mujer es más delicada y con
menos fuerza física.

En cuanto a la afectividad, la mujer se da en forma lenta pero más
profunda, mientras que el hombre se mantiene un poco más en la
superficie y se mueve más por impulso.

El hombre es más cerebral y la mujer es más corazón. Él es
más apasionado -no hay más que verlos jugar fútbol para comprobarlo-
mientras que las mujeres son sentimentales. Lloran con el primer
recadito del hijo que aprende sus primeras letras.

El hombre oculta sus emociones mientras que la mujer no siente necesidad de reprimirlas.

Ellos sienten menos la necesidad de hablar para desahogarse, en cambio ellas no pueden quitarse la fama de hablantinas.

El varón es afectivamente más seco mientras que la mujer es total partidaria de los detalles cariñosos.

El hombre se puede olvidar hasta de su propia fecha de cumpleaños,
no le importan tanto los detalles, mientras que la mujer está pensando:
Hoy cumplimos siete meses con doce días de habernos tomado de la mano por primera vez, a ver si se acuerda.

Un papá tiende a fijarse en el todo mientras que la mamá tiende a observar las partes de ese todo.

El hombre se une y se aleja rápidamente, en cambio la mujer es más
emotiva. Él tiende a olvidar pronto, a desprenderse del pasado; ella al
parecer perdona y en cualquier momento recuerda: tú me dijiste esto y lo otro hace diez años, estábamos en...

Él es lógico, ella intuitiva. Él es obstinado en las decisiones y ella es terca, pero maleable.

El hombre se siente un eterno conquistador mientras que la mujer es
seductora, incluso sin proponérselo, a través de su coquetería natural.

Él es más enamorado, ella más fiel. El hombre provoca abiertamente, la mujer incita en forma sutil.

Él tiende a ser orgulloso, escéptico y sensual. Ella, vanidosa, enigmática, con tendencia a la intriga.

El hombre se inclina por una fe más racional, mientras que la mujer posee una fe más de abandono en Dios.

Además de las naturales diferencias, cuenta también el carácter, el
temperamento, la educación y la formación de cada persona; por ello no
puede concebirse que todos los hombres o mujeres sean iguales entre sí,
ya que cada ser es único e irrepetible.