Sacrilegio

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Durante la madrugada del pasado 3 de mayo (fiesta, a la  sazón de la Santa Cruz) se perpetuo un triste sacrilegio en la Catedral de Nuestra Señora del Rosario, en Culiacán. Imágenes rotas, decapitadas, destrozos: el odio irracional e injusto, vertiéndose en realidades que para muchos de nosotros son sagradas, es decir, sustraídas al uso común, para ser dedicadas al culto de Dios. Lo triste del sacrilegio es que se realiza con ánimo de herir, dañar, y efectivamente lo consigue: a las personas que tenemos fe nos duele el desprecio y el odio hacia lo que para nosotros tiene mayor valor. En cierto sentido consiguieron su objetivo.

Odio a Dios, a su Iglesia, a lo que para muchos de nosotros es sagrado. Incluso alguien sin fe, pero con sensibilidad, se lamenta ante este tipo de ataque  brutal; destruir siempre es más fácil, pero es también irracional. Se trata de una ofensa a la razón y a la convivencia y el respeto civilizados entre las personas, tan importantes en la sociedad. Nunca ha sido positivo incubar el odio, y para un observador atento, ello no puede dejar de ser inquietante.

En lo personal, me duele más el suceso: conozco la Catedral, y en ella he vivido momentos muy importantes de la vida: me vienen a la memoria, por ejemplo, cantidad de ordenaciones diaconales y sacerdotales a las que he podido asistir; horas de oración ante en Santísimo durante el “Sitio de Jericó”, o sencillamente recordar la amable figura, por ejemplo, del P. Manuel Vega, que fue canónico de la catedral, y que prácticamente murió “al pie del cañón”: ya muy mayor se puso enfermo confesando en los confesonarios de la catedral, y del confesonario se fue al hospital, y del hospital al cielo. Me trae a la memoria los esfuerzos y sacrificios de un sacerdote amigo, que fue por algunos meses rector de la catedral, y que durante ellos consiguió mejorar mucho la dignidad y la prestancia en el culto… en fin, multitud de recuerdos, vivencias y personas se agolpan a la memoria al considerar lo absurdo de esos sucesos,  ¿por qué será tan difícil respetar y convivir en paz?

La actitud cristiana, sin embargo, dista mucho de querer pagar con la misma moneda, de alimentar rencores revanchistas y odio. Todo lo contrario: Dios no sabe qué hacer con el mal, y procura “ahogarlo en abundancia de bien”. Del “limón  tenemos que aprender a hacer limonada”, sacar lo dulce de lo amargo, bien del mal. No significa esto desistir del deber de buscar la justicia y la reparación: no es solo un derecho, sino también un deber. Significa, por el contrario, aprender a reaccionar con la lógica divina: la lógica de Jesús en la Cruz cuando desconcertantemente afirma: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Efectivamente eso es lo que sucede: “no saben lo que hacen”. Nos han herido, es verdad, nos duele, es verdad; pero ellos han destruido un templo, y el templo se puede reparar, es cuestión de dinero. Pero el odio que los ha llevado a realizar sus destrozos es más difícil de sanar; no es cuestión de dinero, en realidad es asunto de Dios: tienen el corazón destruido, envenenado, y por ello precisan con más urgencia de nuestra oración.

En realidad el sacrilegio, con toda la tristeza que comporta, nos brinda una serie de oportunidades: vivir la médula de la enseñanza evangélica al “orar por los enemigos, pedir por los que nos persiguen y calumnian”. Nos brinda la oportunidad también de reparar el desamor de unos desalmados con cariño y piedad, que a la postre curan y elevan nuestra alma. Nos ayudan a tomar conciencia de que somos Iglesia, y que la Iglesia es mucho más que la materialidad de un templo. Fortalecen nuestra unidad y la convicción de que estamos en el camino correcto: si el Enemigo brama contra la Iglesia, alcanzamos la convicción de que estamos del lado del Amigo, que en esta tierra sufrió persecuciones, y que se las aseguró a los que serían sus discípulos a lo largo de los siglos. Al desagraviar a Dios por el sacrilegio y al pedir por la conversión de los que lo realizaron, de un mal cierto obtenemos un bien mayor, y puede ser la ocasión para tomar conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia y de la dimensión sobrenatural de nuestra vida.