Sacramento de la alegría

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

 

Hace algún tiempo cierta persona me preguntaba: la confesión, ¿es el sacramento de la alegría? (según conocida expresión de san Josemaría). Sí, le respondí, a lo que replicó, ¿no será más bien el de la resignación, el de la frustración, o incluso el de la hipocresía? Debo reconocer que me hizo pensar, recordándome una reciente conversación con un buen amigo. Éste me comentaba que no creía más en la Iglesia. El motivo era doble: las faltas que veía en algunos miembros insignes de ella (siempre es más fácil ver los defectos del prójimo que hacer examen reconociendo los propios), lo cual no es nada novedoso; pero el segundo motivo me pareció más profundo: estaba cansado de un Dios al que nunca podía acabar de darle gusto, al que siempre le quedaba a deber, y cuyos preceptos eran prácticamente imposibles de cumplir, de forma que siempre tenía encima el peso de la conciencia. “Bastantes problemas tiene la vida para tener que cargar además continuamente con una conciencia culpable y acusadora”.

Un caso patológico en esa misma línea fue el de otro amigo, que sustancialmente coincidía con el dictamen del primero: había abandonado la práctica de la fe expresamente por la confesión. Le torturaba tener que confesar una vez y otras las mismas faltas, así que en un gesto de “autenticidad” se dijo a sí mismo: “muy a mi pesar soy así, si a Dios no le gusta, pues ni modo, ¿qué se le va a hacer?” En ambos casos la conciencia había “cedido” al peso de la realidad incontestable de la condición pecadora.

Cabría preguntarse, ¿es esa la solución del problema?, más aún, ¿solucionaron algo con su actitud?, ¿son más libres y más felices al cauterizar su conciencia? Dar la espalda a los problemas, a la realidad, nunca ha sido una manera de superarlos, ni una forma airosa de vivir. Huir de la propia realidad, conformarse o resignarse con la íntima mediocridad en modo alguno es elegante. La conciencia no está ahí para condenarme a la infelicidad, sino como testigo de los modos errados de aspirar a la felicidad y para ayudarme a seguir los caminos ciertos que conducen a ella. La madurez humana descansa en gran medida en ser capaz de encarar la responsabilidad de los propios actos, reconocer los hierros y plantear la solución: en esa línea se sitúa –humanamente hablando- el sacramento de la reconciliación. 

Más inquietante y profunda me parece otra cuestión. ¿Qué idea de Dios tienen estas tres personas –y con ellos, muchas más- que les orilla a una actitud de continua zozobra delante de Él? Si el Dios cristiano es fundamentalmente Padre, si su atributo primordial es la Misericordia, si se define como Amor, ¿cómo pueden generarse dichas actitudes?, ¿qué defecto o insuficiencia existe en la formación catequética de algunos equivocados ambientes que conduce a esa  estrecha visión de Dios y sus preceptos? 

Tal parecería que estas personas se encuentran delante de un dios contador escrupulosamente atento a las cuentas del debe y haber; acaso se trate de un dios policía pronto a detectar cualquier infracción, por más mínima que sea; o un dios coyote conocedor de los entresijos mínimos de la ley y propenso a una interpretación estrecha de la misma. Ante esas imágenes divinas es lógica la actitud de incomodidad, pero ante un Padre como nos lo dibuja la “parábola del hijo pródigo”, ¿cabe un talante así?  

Probablemente la causa de tales errores de planteamiento estriba precisamente en que en lo último que piensan estas personas es en Dios; un Dios al que le gusta perdonar, un Dios que nos quiere, nos comprende y pasa por alto nuestras flaquezas. El sacramento de la penitencia es en primer lugar el sacramento de la alegría de Dios, que nos recupera, nos reencuentra y nos abraza. Si nosotros nos sentimos hijos de verdad, también tendremos la alegría de haberle dado gusto a tan gran Padre, y estaremos menos pendientes de nuestras miserias: pensando más en Él y menos en nosotros seremos más humildes y no nos sorprenderá sentirnos débiles, necesitados de su ayuda. Al contrario, nos dejaremos ayudar por Él, precisamente a través del sacramento de la confesión.

 

P. Mario Arroyo

Doctor en Filosofía