Sacerdotes y pedofilia II

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Como hemos dicho en otras oportunidades, los lamentables casos de pedofilia de los que curiosamente se ha sabido en el último tiempo, encubren en no poca medida un despiadado ataque contra la Iglesia, que pretende desprestigiarla a fin de acallar su voz como referente moral.

En efecto, lo que realmente ocurre detrás de esta bien orquestada campaña es que muchos de sus promotores (quienes no pocas veces utilizan el justo dolor de las víctimas) buscan acallar la voz de la Iglesia –que les resulta intolerable–, frente a su interés por imponer su ideología, que sin remordimientos de ninguna especie, atenta directamente contra la vida y la familia.

De esta manera, se echa mano a cualquier arma para desprestigiar a su enemiga, la Iglesia, que no se cansa ni se cansará de proclamar los derechos fundamentales de la persona humana, partiendo por el derecho a la vida, ante poderosos intereses que quieren imponer el aborto en todo el mundo y, de manera más lenta pero no menos planificada, la eutanasia obligatoria (sea por vía legal o judicial), a fin de deshacerse de los que ya no sirven o de quienes no coinciden con los estándares de calidad “oficiales”.

Se intenta enlodar a una institución que defiende a brazo partido a la familia, patrimonio de la humanidad, constituida por la unión estable y seria entre hombre y mujer y abierta a la vida, realidad que se pretende desdibujar mediante el “matrimonio homosexual”, sin darse cuenta que en la familia natural yace el futuro de cualquier sociedad, hoy amenazado gravemente por el “invierno demográfico” en al menos un tercio de los países del mundo.

Se busca quitar legitimidad a la Iglesia, la institución que más ayuda humanitaria proporciona en el mundo, y que ha sido la paladina de la enseñanza, entre otras muchas razones, al crear las universidades en la Edad Media.

Sin embargo, tal vez lo que más molesta a sus adversarios es que la Iglesia ha sido fundamental en nuestra concepción filosófica de la persona como ser digno (alcanzando en esto un nivel superior al de cualquier otra cultura), al ser imagen de Dios y estar dotada de un alma espiritual. Es esto lo que hoy resulta intolerable para quienes niegan la común igualdad del género humano y obran en consecuencia.

Finalmente, esta campaña intenta acallar a la máxima defensora de la ley natural (la que también puede ser perfectamente comprendida por los no creyentes), que viene a englobar todo lo antes dicho, porque a muchos no les interesa ni conviene una ética objetiva y racional que se descubra (una especie de “ecología humana”), precisamente porque al no depender del capricho o el interés, choca con ese afán de poder insaciable que viene desde el inicio de los tiempos, y que se manifiesta en un estruendoso “¡non serviam!” que busca endiosar a algunos hombres sobre otros.