Sacerdote, ¿Para Qué?


ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Sacerdote, ¿Para qué?
Dice la sana filosofía que el fin determina la acción del sujeto y de la persona, le hace moverse. Si cada cosa no tuviera un fin concreto, ¿para qué serviría? El reloj sólo tiene sentido si sirve para dar la hora.
Y el sacerdote, ¿para qué sirve? ¿para qué ser sacerdote?
C.L. Hebreos 5,1-4; Lucas 12,49ss
Petición: Señor, graba a fuego en mi alma esta gran verdad: me hará sacerdote para ser santo y santificar a los demás con mi oración, mi palabra convencida, mi apostolado, mi testimonio, mi sacrificio.
Fruto: Tratar de vivir ya desde ahora mi fin como sacerdote futuro: santificarme y santificar.
1) PARA SANTIFICARME Y SANTIFICAR A LOS DEMAS:
Si el sacerdote tiene que ser puente para que los hombres pasen a través de él y vayan a Dios, ¿qué grado de santidad no debe tener?
Si el sacerdote es OTRO CRISTO, ¿qué grado de virtud deberá tener para parecerse a ese Cristo a quien representa y de quien hace las veces?
Si el sacerdote maneja todos los días las cosas santas, si engendra sacramentalmente a Cristo cada mañana en la Eucaristía, si ofrece el perdón y los santos sacramentos, ¿cómo deberá ser en su vida para estar a la altura de lo que administra?
La santidad, por tanto, se me exige por las funciones que desempeño, por la misión que llevo entre manos, como ministros del altar y como mediador (quien quiera interceder por los demás necesita ser grato al príncipe, pues si le es odioso, lo que conseguirá es irritar más el enojo del príncipe).
¡Es tremendo lo que dice el Levítico! "Ningún hombre que tenga defecto se acercará al altar: ni el ciego, cojo, jorobado...o sarnoso" (21,18-20). Ciego aquí significaría quien cierra los ojos a la luz divina. Cojo, el que no adelanta nada por los caminos de la virtud y vive siempre con los mismos defectos, sin oración, sin recogimiento. Jorobado, el que está siempre inclinado sobre la tierra, sobre las riquezas, honores vanos y no mira hacia arriba, donde están los verdaderos tesoros del espíritu. En una palabra es indigno el que no es santo, pues profanaría el santuario (21,23).
¿Quién es en definitiva santo?
Es el hombre que se alimenta de la Unica fuente de santidad que es Dios. El que tiene como fundamento y sustrato de su vida la voluntad santísima de Dios como guía, brújula. El que tiene como atmósfera y clima diario la vida interior y teologal.
Santo es el hombre que se va vaciando de todas las cosas, de todos los vicios (orgullo, egoísmo, afán de estima...) y se va identificando con Cristo, haciendo de El su única posesión, su perla preciosa, su tesoro y amado.
Santo es el hombre que ha roto por completo con el pecado mortal y con las ocasiones de pecado, y lucha denodadamente sin contemplaciones contra las faltas deliberadas. ¿Cómo podrá arrancar el sacerdote el pecado del alma de los hobres si está hundido él mismo en él?
Santo es el hombre que se ha dejado ungir por la fecunda señal de la cruz y de la abnegación amorosa, sobre todo en la práctica de la obediencia, humildad, caridad. La cruz nos hace crecer en la santidad y nos convierte en causa de salvación eterna.
Y si somos santos lógicamente santificaremos a los demás. Nadie da lo que no tiene. ¿Quiénes mueven más los corazones de los hombres: los sacerdotes santos o los mediocres? Pregunten al cura de Ars que convertía aluviones de pecadores y peces gordos.
El sacerdote santo como que arranca de Dios las gracias de la conversión. El sacerdote santo convence porque presenta a Cristo con la fuerza seductora que el mismo Cristo ofrece.
La corrupción de las costumbres se detiene cuando choca contra un sacerdote santo. Las calumnias y los odios se pulverizan cuando son lanzadas contra el hombre santo, y salen convertidos en ríos de bondad y comprensión.
2) PARA SER SIGNO Y SEÑALACION
Signo del amor de Dios a los hombres, de la presencia de Dios en este mundo. Signo de la fidelidad de Dios. ¡No nos podemos imaginar el escándalo y el antitestimonio que provocan en las almas sencillas los sacerdotes infieles, los religiosos que se salen! (Ejemplo de mi cuñada de Madrid). Nosotros, que pedimos la fidelidad en el matrimonio, la fidelidad a los mandamientos de Dios, a los compromisos de estado, a la palabra dada, ¡cuán fieles debemos ser!
Las almas tienen el pleno derecho de exigirnos la fidelidad a nuestro sacerdocio, como una prolongación de la fidelidad de Dios a sí mismo. En un mundo en que todo es "a prueba", se necesitan estos signos de fidelidad.
Señalación de los bienes de allá arriba. El sacerdote es como un dedo que apunta hacia arriba. Es un reclamo a mirar hacia arriba. Hay que decir a los hombres que por encima de los bienes pasajeros de aquí abajo están los verdaderos bienes allá arriba, que son eternos y no se marchitan.
Señalarles el camino del bien, en medio de este mundo que señala siempre el camino del placer, del odio, de la ambición, del indiferentismo religioso, de la comodidad.
Señalarles el camino de la felicidad verdadera, que se encuentra en el cumplimiento de la ley de Dios, y no en el disfrute de las cosas de este paraíso terrenal (si es que paraíso puede llamarse).
Señalarles el camino de la rectitud, de la honradez, de la sinceridad, que proporcina paz al alma y a la conciencia.
Señalarles el camino del auténtico amor, no del espejismo del amor, que no es otra cosa que pura sensualidad.
¿Quién hará todo esto, sino el sacerdote?
3) PARA PRENDER FUEGO EN LA TIERRA
Esto me exige estar yo totalmente encendido y abrasado por el fuego devorador de Dios.
Este mundo está en gran parte apagado o en vías de apagarse, sofocado por tanto materialismo, consumismo, hedonismo, pasotismo, vicios y pecado. Yo tengo como misión llevarles el fuego de Dios, encender sus conciencias metiendo en ellas la ley de Dios. Encender sus corazones fríos.
Tenemos que quemar las ambiciones de los hombres, su egoísmo brutal, sus tontas vanidades y sus dioses postizos.
Nuestro fuego debe quemar sobre todo el pecado de los hombres.
Cuidemos que este mundo frío, materialista, ateo no nos vaya a apagar nuestro fuego. Por eso, vigilar, orar.
Conclusión:
Si faltase el sacerdote, el mundo no tendría los signos de la presencia de Dios y caería en ateísmo. No tendría la señalación hacia Dios y hacia los bienes de allá arriba, y caería en materialismo. Volvería el mundo a su estado de fiera, a la bestialidad. Sería un témpano de hielo, cayendo en la más glacial indiferencia religiosa.
Y estando así las cosas, ¿se podría vivir una vida?
¡Sacerdote, eres tan necesario!