Que México sea un hogar

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Se entrelazaron. Las embrujadas calles del legendario Guanajuato, la algarabía festiva de la gente joven organizada en orquestas y grupos corales que invadían esas calles, y la ternura de los niños -¡muchos niños, una esperanza milagrosa!-, que fueron el objeto de una genial intervención del papa Benedicto XVI en su viaje al centro -¡al corazón!- de México. Vino y nos pescó por la cabeza -como a los peces-, con la verdad que cautiva, y nos tocó la puerta del corazón. Fue inútil que algunos trataran de denigrarlo: bastan el agua clara y unos giros del limpiaparabrisas -la verdad de los hechos- para desvelarnos su bella trasparencia.
Se pudo pensar honestamente de antemano que el encuentro del Papa con los niños y adolescentes en Guanajuato la tarde del sábado 24 sería una actividad como de relleno, dentro de una agenda de asuntos de mayor calado. Pero no fue así, al menos en mi opinión a la hora de redactar esta columna, con la perspectiva de los días. Benedicto XVI nos dejó claves para afrontar nuestros serios problemas; y descubrir a los niños es una de esas mágicas claves.
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Ustedes ocupan un lugar muy importante en el corazón del Papa, comenzó por decirles. Y en estos momentos quisiera que esto lo supieran todos los niños de México (…).
Gracias por este encuentro de fe, por la presencia festiva y el regocijo que han expresado con los cantos. Hoy estamos llenos de júbilo, y eso es importante. Dios quiere que seamos siempre felices. Él nos conoce y nos ama.
El Papa nos descubre su secreto: si le dejamos a Cristo realizar su obra y cambiar nuestro corazón, “nosotros podremos cambiar el mundo”. Y de eso se trata.
Continúa Benedicto XVI: Este lugar en el que nos hallamos tiene un nombre que expresa el anhelo presente en el corazón de todos los pueblos: «la paz», un don que proviene de lo alto. «La paz esté con ustedes» (Juan 20,21). Son las palabras del Señor resucitado. Las oímos en cada Misa, y hoy resuenan de nuevo aquí, con la esperanza de que cada uno se transforme en sembrador y mensajero de esa paz por la que Cristo entregó su vida.
El discípulo de Jesús no responde al mal con el mal, sino que es siempre instrumento del bien, heraldo del perdón, portador de la alegría, servidor de la unidad. Él quiere escribir en cada una de sus vidas una historia de amistad.
Ténganlo, pues, como el mejor de sus amigos. Él no se cansará de decirles que amen siempre a todos y hagan el bien. Esto lo escucharán, si procuran en todo momento un trato frecuente con él, que les ayudará aun en las situaciones más difíciles.
He venido para que sientan mi afecto. Cada uno de ustedes es un regalo de Dios para México y para el mundo. Su familia, la Iglesia, la escuela y quienes tienen responsabilidad en la sociedad han de trabajar unidos para que ustedes puedan recibir como herencia un mundo mejor, sin envidias ni divisiones.
Por ello, deseo elevar mi voz invitando a todos a proteger y cuidar a los niños, para que nunca se apague su sonrisa, puedan vivir en paz y mirar al futuro con confianza.
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Ustedes, mis pequeños amigos, no están solos. Cuentan con la ayuda de Cristo y de su Iglesia para llevar un estilo de vida cristiano.
Ahora, Benedicto XVI les brinda un programa de vida concreto y accesible, válido y necesario para pequeños y grandes: Participen -les pide, nos propone- en la Misa del domingo, en la catequesis [de pequeños y adultos], en algún grupo de apostolado, buscando lugares de oración, fraternidad y caridad. Eso mismo vivieron los beatos Cristóbal, Antonio y Juan -los niños mártires de Tlaxcala [beatificados por Juan Pablo II]-, que conociendo a Jesús, en tiempos de la primera evangelización de México, descubrieron que no había tesoro más grande que él. Eran niños como ustedes, y de ellos podemos aprender que no hay edad [que no sea apta] para amar y servir.
Quisiera quedarme más tiempo con ustedes, pero ya debo irme -nos descubre con sinceridad y nos ofrece-: En la oración seguiremos juntos.
Los invito, pues, a rezar continuamente, también en casa; así experimentarán la alegría de hablar con Dios en familia. Recen por todos, también por mí. Yo rezaré por ustedes, para que México sea un hogar en el que todos sus hijos vivan con serenidad y armonía. Los bendigo de corazón y les pido que lleven el cariño y la bendición del Papa a sus padres y hermanos, así como a sus demás seres queridos. Que la Virgen les acompañe.