¿Qué hacer en las dificultades matrimoniales?

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Le repito las consoladoras palabras de la Virgen de Guadalupe al indiecito San Juan Diego, y que hoy parece decírselas a Usted: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?”  

Confíe en Dios, no pierda la serenidad. Para Dios no hay nada imposible, y cualquier persona, aún el corazón más duro, se puede convertir, y puede cambiar, y puede pasar de ser un gran pecador, a ser un gran santo. Hay que dejar obrar a Dios , y poner de nuestra parte, todos los medios necesarios, porque Dios quiere también nuestra generosidad. Hablen los problemas matrimoniales entre Ustedes, en la intimidad familiar, y preséntenlos en la oración, frente a Jesucristo. No importa cuántos fracasos hayamos tenido en la vida; quedarán en el misterio de los designios divinos. Lo importante es levantarse, con la gracia de Dios, y seguir luchando, resurgir de las cenizas, y preguntarnos, ¿para qué Dios permitió esto en mi vida? ¿Qué es lo que quiere de mí? Al fin de cuentas, lo que importa es salvar el alma, y si uno se casa es para salvar el alma, aún en un matrimonio en el que no todo vaya de acuerdo a mis expectativas humanas. No se deje vencer por el mal; venza el mal a fuerza de bien!

En cuanto a los juicios humanos, le recuerdo lo que dice el Apóstol: a mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo  a mí mismo!  (1 Cor 4, 3), y más adelante, dice también: Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. El iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda. (1 Cor, 4, 5).

Hablen con un sacerdote, vayan juntos a verlo, e intensifiquen su vida espiritual. Al menos Usted, vaya a Misa, si puede, todos los días, y no solamente los Domingos, pues en la Comunión con Cristo encontrará una fuerza irresistible; rece el Rosario todos los días (ojalá que su marido pueda participar de la oración); lea la Biblia al menos 5’ cada día y medite un poco sobre lo que ha leído; tenga confesión frecuente, más o menos cada quince días, y dedíquese a su marido, a ser misericordiosa con él, a ayudarlo en este momento difícil. La invito a ser la mujer fuerte alabada en la Sagrada Escritura y que enaltece el poeta: La mujer tiene que ser perfecta. Y ¿cuál es la mujer perfecta?, se preguntaba el poeta, y respondía:

La que sabe padecer,

La que a todos sabe amar,

Y sabe a todos llevar

Por la senda del deber.

La que el hogar santifica.

La que a Dios en él invoca,

La que todo cuanto toca

Lo ennoblece y dignifica.

La que mártir debe ser

Y fe a todos sabe dar,

Y les enseña a rezar

Y les enseña a creer.

La que de esa fe a la luz

Y al impulso de su ejemplo,

Erige en su casa un templo

Al trabajo y la virtud.

La que eso de Dios consiga

Es la perfecta mujer,

¡Y así tienes tú que ser

Para que Dios te bendiga!

José M. Gabriel y Galán.