¿Puede darse conflicto de deberes entre la conciencia de los esposos y la doctrina del Magisterio?¿A quien hay que seguir en esos casos?

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El sacerdote en cuestión afirma que los esposos pueden recurrir lícitamente a los medios anticonceptivos en dos casos: a) cuando subjetivamente tienen buenas razones para considerar que la doctrina expuesta en la Humanae vitae es errónea; y b) cuando se hallan ante un conflicto de deberes: la obligación de controlar la natalidad y la imposibilidad de hacerlo según los métodos naturales.

Ninguno de los dos casos es moralmente correcto, según mi entender.

1º La primera situación porque, salvo el caso de una conciencia invenciblemente errónea (y por tanto, mala formación cristiana), ningún fiel católico puede decir que su conciencia, sobre un determinado tema, está madura y por tanto puede seguirla lícitamente, mientras no haya hecho lo posible por conocer la enseñanza de la Iglesia y por adecuarse a dicha enseñanza. El Papa Juan Pablo II ha dicho que 'entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de error (de la conciencia), se encuentra el Magisterio de la Iglesia... Por tanto, no se puede decir que un fiel ha realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña'[1].

2º La segunda situación, que postula un 'conflicto de deberes' tampoco puede aplicarse al caso conyugal presentado. Sólo puede plantearse un auténtico conflicto de deberes (es decir, la alternativa ante dos situaciones a las que una persona está igualmente 'obligado') cuando las dos obligaciones en oposición son buenas en sí; el mal, en tal caso, provendría de 'dejar de cumplir una' y por tanto, de una 'omisión'. Así, en el ejemplo clásico, la persona que se ve exigida por el precepto de asistir a la Misa dominical y el precepto de la caridad que le manda cuidar un enfermo o quedarse con una persona que amenaza con hacer una locura. No hay 'conflicto de deberes' cuando uno de los dos casos (o los dos) es una acción pecaminosa. En efecto, nadie está 'obligado' a realizar un pecado. Si una de las alternativas es un pecado, estamos obligados a hacer la otra; y si las dos son pecado, estamos obligados a no hacer ninguna: antes no hacer nada que cometer un pecado.

En el caso planteado, es evidente que hay situaciones familiares en que es necesario controlar la natalidad. Pero si la única alternativa para hacerlo fuese una acción anticonyugal o anticonceptiva, entonces cesaría la obligación de controlar la natalidad.

El principio del 'mayor bien posible' es una forma elegante de presentar el principio del 'mal menor': vale lo mismo decir que queremos el 70 por ciento de un pastel, como decir que renunciamos al 30 por ciento del mismo. Ahora bien, sobre este principio hay que decir:

a) Es un principio restringido a un campo particular del obrar humano: el que versa sobre los actos indiferentes y sobre los males puramente físicos (por ejemplo, el obrero que queda con una mano atrapada en un derrumbe y debe elegir entre cortarse la mano o perder la mano y la vida).

b) No vale nunca cuando una de las alternativas es un acto intrínsecamente malo, es decir, un pecado formal. No se aplica, pues, al caso en que haya que elegir entre dos pecados (tomar anticonceptivos o abortar) ya que no se puede elegir ninguno de los dos; o entre un pecado y un mal puramente físico (usar preservativos o tolerar que el marido abandone a su mujer). Porque ante el mal moral rige un principio anterior y superior: 'hay que hacer el bien y evitar el mal', y sobre los primeros principios no caben excepciones. Jamás se puede elegir el mal moral, por más que sea el menor de dos males morales: aquello que es inmoral por su objeto, no se hace bueno porque exista la posibilidad de que sucedan males peores, y mientras siga siendo malo jamás podrá ser objeto de elección de un acto bueno y lícito (cf. Humanae vitae, 14).