Primero hombre, despues santo


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No es necesario que os insista ahora en las motivaciones y el valor de la formación humana o en cómo encauzar vuestras pasiones, guardando en todo la recta jerarquía del hombre cristiano: la fe que rige y penetra toda la vida; el entendimiento iluminado por ella y alumbrando el bien a la voluntad; la voluntad adhiriéndose a lo amado con la fuerza de las pasiones; y en pos de ella, el sentimiento o la sequedad, el gusto o el disgusto.

Sobre esta jerarquía, estable en un hombre maduro, elevará la gracia en cada uno de vosotros la imagen radiante de Jesucristo. Pero mientras nos empeñemos en poner la arista por base de la pirámide, sólo obtendremos santidades de malabarismo. Ante ellas me viene a la mente la imagen del ídolo de la visión del profeta Daniel: tenía la cabeza de oro, el pecho de plata, el vientre de bronce, las piernas de hierro y los pies de barro. Una mano invisible soltó una piedra desde lo alto, lo tocó en los pies, y el ídolo se derrumbó.