Presentación en el templo

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

(Lc 2,22-39)   

Tercera instantánea del alma de María: el desprendimiento. Hemos visto su fe, su amor. Demos un paso más. 

Estaban felices con su Hijo en Belén. Parecía que esa felicidad no se iba a acabar. Quejarse de la pobreza, cuando tenían ese tesoro consigo, les hubiera parecido simplemente ridículo. 

Pero, no. Sobre esa alegría ya gravitaba una espada en el horizonte. Así fue. Un mes más tarde se pusieron en camino hacia Jerusalén para ofrecer a Dios ese Niño primogénito. Los primogénitos eran propiedad de Dios. En rigor los primogénitos hubieran debido dedicar su vida entera al servicio de Dios. Pero en la realidad eran los miembros de la tribu de Leví los que "cubrían" este servicio en representación de todos los primogénitos de todas las tribus. Pero se debía pagar un precio por este rescate. 

María sabía que aunque rescataba a su Hijo con ese "par de tórtolas", sin embargo, su Hijo seguiría siendo total y absolutamente de Dios. Ella lo tendría en préstamo, pero sin ser nunca suyo.  

María se desprendió de ese su fruto querido. 

Desprenderse no es cosa fácil. Es muy duro. 

1)         Esencia del desprendimiento 

No consiste propiamente en la separación material, efectiva de las cosas y de las creaturas; lo cual, por lo demás, en esta tierra jamás es posible en modo absoluto: necesitamos de cosas materiales para comer, vestirnos, movernos en este mundo, etc.

 La esencia del desprendimiento está en la separación afectiva de todo cuanto se usa; A esto se llama "desafección espiritual"; mantener el corazón libre de todo apego. Por tanto, la esencia del desprendimiento está en el desapego de ese núcleo secreto que somos cada uno de nosotros, con nuestras ambiciones legítimas, con nuestras ilusiones santas, con nuestras preferencias. 

¡Líbrame, Señor, de mí mismo!

Y ni las dulzuras del amor,

ni las exaltaciones de la dicha,

ni las amarguras del dolor,

me hagan su esclavo

 

2) ¿Cómo era el desprendimiento de María? 

(a) Doloroso 

Hasta ese momento todo había sido júbilo, castañuelas, aleluyas de ángeles, gozo de pastores. Un niño es siempre una alegría para una madre, para una familia, para un hogar. María como que hubiera querido retrasar su ida al templo. Algo presentía. 

Pero se puso en camino. Allá va María. ¿Qué lleva al templo? Su mejor tesoro, su Hijo querido, su todo, el objeto de su alegría profunda... Lo lleva para ofrecerlo a Dios Padre y a los hombres. No es suyo, no es para ella, no es para su disfrute personal. 

¡Cómo iría sangrando su corazón durante el camino que conducía al templo, cuando lo tenía entre sus manos y lo apretaba junto a su corazón! ¡Cómo le miraría una y otra vez! “¿Qué tiene este Hijo mío? ¿Por qué es tan distinto a los demás niños?”. 

Si apenas había nacido...y ya Dios Padre lo quiere para sí, y la humanidad pecadora, triste y sola, lo reclama para sí desde el abismo de su miseria. 

Y María lo lleva al templo, aunque su corazón sangraba. 

Todo desprendimiento es doloroso...es como arrancar la venda de una herida ya fuertemente adherida. 

Doloroso, como doloroso fue para Abraham desprenderse de su querido hijo Isaac. 

Doloroso, porque todo lo que uno había acariciado de bueno, lo que uno había ambicionado de noble, lo que uno tenía en posesión como pequeños o grandes tesoritos...creía que nunca se le quitarían. Y viene Dios y le pide el sacrificio de todo esto, cueste lo que cueste: desapego de gustos, de ambiciones, de planes. 

            A veces duele, Señor, mi sacrificio

pero por encima de mi dolor resplandece el gozo

de sentirte cerca, guiándome a la cumbre

de tu perfección por los duros caminos.

La cima es alta y yo sé, Señor,

que hay que llegar sin lastre...

quiero ponerte por encima de todas las cosas,

las largamente amadas

las fuertemente anheladas 

(b) Libre y motivado 

María, aunque fue conducida al templo por inspiración del espíritu y para cumplir lo que mandaba la ley, sin embargo, ella fue libremente, sin coacción alguna. Allí fue la Inmaculada, la no atenazada por las pasiones ni por el egoísmo. 

Desprenderme porque quiero volar ligero y conseguir así la santidad, me parece egoísmo, y por tanto, nuevo apego, que deshonra ese desapego que hice. Estos son motivos espúreos que agravan y dilatan ese sutil apego a nosotros mismos. 

María se desapegó por un motivo teologal: porque se lo daba al Padre Celestial, de quien lo había recibido; y lo ponía a disposición de todos los hombres, independientemente de que los hombres valorasen o no esa ofrenda tan costosa para su corazón maternal. 

Por ser cristiano, yo deberé hacer ofrenda de mi ser, de mis energías, de mis posesiones, de mis posibilidades...Es decir, deberé desprenderme afectivamente de todo. ¿Cuáles serán mis motivaciones? ¿Cuáles han sido mis motivaciones? 

La única motivación de mi desprendimiento tiene que ser Dios. 

"Yo quisiera de Ti, ¡Dios mío!,

aquel desasimiento absoluto de las cosas del mundo

que dejara sin ambages mi total entrega a Ti...

Yo anhelo, Señor, esta santa indiferencia

que me anulará a mí mismo para fundirme en Ti.

Y poder yacer en tus manos como fiel de balanza

para que tú lo inclines hacia donde se te antoje". 

(c) Desprendimiento total efectivo y afectivo 

Junto a su Hijo, su riqueza efectiva, que no la cambiaría por nada, María también llevó sus ilusiones más íntimas, su voluntad, su corazón, sus afectos, sus sentimientos más nobles y sagrados. Todo, absolutamente todo lo ofreció junto a su Hijo en el templo. 

Quiero que tu voluntad se imponga a la mía

que mi pobre voluntad, expuesta a errar,

camine junto a la tuya, conocedora de la verdad,

que tu voluntad se adueñe de mi corazón,

absorba todo mi ser,

que tu gran verdad resplandezca en mi cuerpo. 

2)         Desprendimiento, ¿a cambio de qué? 

A cambio de su Hijo, recibió en el templo por su ofrenda una espada. De por sí fue doloroso el desprenderse de su Hijo. 

Pero este anciano Simeón fue cruel con María. ¿Por qué le anticipa lo que Ella sería en vida: la madre de una piedra de escándalo contra la que tropezarán muchos egoísmos, placeres, orgullos, soberbias, potentados, reyes, siglos? ¡Su Hijo, signo de contradicción! ¡Su Hijo, piedra de escándalo! Bienaventurados los pobres... 

¿Por qué una espada?  Era duro aceptar esto.

             Como cristiano, yo también debo desprenderme afectivamente de todo. 

¿A cambio de qué? 

De cargar esa espada que cargó primero María y Cristo. 

Conclusión 

Este desprendimiento de todo no es para quedarme sin nada, sino para ofrecerme a Cristo todo yo y ser poseído por Él, como María, la llena de gracia, porque estaba desposeída de sí misma. 

Dios llena a quien esté vacío.