¿Por qué permite Dios las tragedias?

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Pasado un poco de tiempo, superada la primera impresión, cuando ya hemos sido capaces de reflexionar, surgen inquietantes las preguntas: ¿por qué? si uno además tiene una perspectiva religiosa, si cree en Dios y confiesa su omnipotencia, da el siguiente paso: ¿por qué lo permitió Dios? Desde una perspectiva evolucionista, por ejemplo, la tragedia no supone ningún problema intelectual: todo se explica por el azar y la casualidad, no hay necesidad de buscar ulteriores respuestas. La fe en cambio no nos deja tan tranquilos.

Al reflexionar sobre la tragedia de Haití, como sobre las otras tragedias que sucesivamente surgen en el globo, con una dosis crítica podríamos preguntarnos, ¿dónde estaba Dios en esos momentos? Efectivamente, otros hechos fatales es muy claro que son ocasionados por el hombre: baste pensar en todas las muertes que el narcotráfico o la guerra generan, para darnos cuenta de la dolorosa huella del pecado en la sociedad. Pero, ¿y las catástrofes naturales? ¿Son la revancha de Dios?, podría insinuársenos en un momento de profunda depresión y desencanto por no ver los ideales de la fe encarnados por ningún lado.

Sería pretencioso de mi parte querer ofrecer una respuesta, porque en el fondo se trata de un misterio, uno de los más profundos misterios, tal vez “el misterio” de la humanidad: el dolor y el sufrimiento. Desde la óptica cristiana se perciben con el prisma de la Cruz que, si puede hablarse así, ayuda a comprenderlos. Dios se hace hombre y asume el dolor, el sufrimiento y la muerte, dotándolos de sentido: son modos misteriosos de unirnos a Él, que siendo inocente los padeció en carne propia. En el sufrimiento del inocente descubrimos de una forma misteriosa el sufrimiento de Dios, y cuando nos esforzamos por paliar ese dolor, no solo ayudamos al individuo concreto –lo que basta y sobra- sino que ese servicio, por ínfimo que sea, se lo prestamos al Señor, que está presente en el que sufre. Desde los “santos inocentes” hasta las “inocentes víctimas de Haití” la historia está surcada por el dolor, y aquellos que lo padecen hacen presente a Cristo y se identifican con Él; desde una perspectiva trascendente se trata de un dolor salvífico. 

Pero es preciso delimitar correctamente el planteamiento, porque podemos terminar culpando a Dios de todo lo desagradable que sucede, de forma que podríamos dudar coherentemente de que exista o de que sea bueno: imaginárnoslo como haciendo sufrir de vez en cuando a la humanidad para que nos acordemos de Él y recemos, para fomentar el “santo temor de Dios”. Todo lo contrario. Jesús en el evangelio se pasa la vida haciendo el bien, curando toda enfermedad y dolencia, perdonando; el sufrimiento lo asume Él, no lo proporciona a los demás. De hecho su Cruz quiere librarnos del dolor, redimiéndolo por el amor, proporcionando la luz del sentido y la esperanza. La raíz de todas las desgracias no está en Dios, no hay que culparlo a Él; hay que acudir a Él para que nos ayude a sobrellevarlas cuando lleguen, o para evitarlas antes de que vengan.

Pero entonces, ¿de donde vienen? San Pablo, en la Epístola a los Romanos, nos proporciona una pista: “En efecto, la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quién la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre con dolores de parto hasta el momento presente…” Me permití la extensa referencia, porque señala el carácter dinámico, no acabado de la creación: la herida que tiene, fruto del pecado. Es el pecado el que introdujo el desorden, no solo en las personas, sino en la creación entera; desde una perspectiva teológica el mal tiene una dimensión cosmológica. No ha sido querido ni creado por Dios, ha entrado en la creación entera, no solo en el hombre, por el pecado: Dios no causa en consecuencia las desgracias.

A nosotros nos toca no perder la esperanza, y cuando nos encontramos con lo irremediable, elevar los ojos al cielo, sabiendo, como también señala San Pablo: “estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se manifestará en nosotros… también nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo”.  Darnos cuenta que cada paso de nuestro caminar tiene un sentido, pero que el sentido definitivo de esta vida es trascendente; aceptar que el dolor será compañero del camino, y poner todo nuestro empeño en hacer más llevadera la travesía y en servir, ayudar y consolar al que sufre.