El mundo nos robó la navidad

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El mundo nos robó la navidad  

Este tiempo de preparación a la Navidad, nos da la oportunidad de reflexionar en el acontecimiento más hermoso de nuestra historia, evento que parte en dos la historia humana: El Nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Quiero, pues, invitarlos a que, como las primeras comunidades cristinas, hagamos un verdadero camino de reflexión durante el Adviento; que nos lleve a vivir de una manera diferente y plena la fiesta que conmemora que hace 2008 años Dios nos dio a su Hijo para que todo aquel que crea en él tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16).

Ante el terrible embate de la comercialización centrada en la figura del Santa Claus, quiero invitarte a que el Adviento de este año sea la oportunidad de regresar al origen de la celebración de Navidad, a su contenido fundamental; a recuperar lo que el mundo pagano y secular nos ha robado a los cristianos, impidiendo con ello que el Evangelio dé fruto en los corazones. Es increíble que una fiesta que celebra el nacimiento de Jesucristo y el gran amor de Dios por los hombres, especialmente por los más pobres y necesitados, se haya convertido en una fiesta pagana en cuyo centro está la figura de Santa Claus envuelto en un cuento que privilegia a los que más tienen, creando la idea de un Dios que nada tiene que ver con el que nos reveló Jesucristo.

UN POCO DE HISTORIA

Quisiera iniciar nuestra reflexión con un poco de historia sobre el desarrollo de nuestra fiesta.

Dada la forma como se extendió el cristianismo, en donde lo más importante era el anuncio de la salvación en Cristo, por medio de su muerte y resurrección, hizo que muchos datos no fueran recogidos con exactitud por la historia. Entre ellos está la fecha exacta (mes y día) del nacimiento de Jesús, ya que lo importante era "la certeza de la encarnación". Por ello, san Lucas, que sitúa históricamente este acontecimiento, se concreta a decir que el nacimiento de Jesús tuvo lugar durante el censo realizado por César Augusto, siendo Quirino gobernador de Siria (Lc 2, 1), lo cual no nos da mucha información ya que el censo al parecer duraría unos 3 años en realizarse en todo el imperio, y Quirino quien, de acuerdo a Flavio Josefo, historiador de ese tiempo, fue gobernador de esta provincia romana del 3 a.C. hasta el 6 d.C. Otro dato que emerge de la Escritura es el hecho de que María concibió a Jesús 6 meses después de que santa Isabel concibiera a san Juan (Lc 1, 36), que de acuerdo a Lc 1, 23-24 sería al final del periodo que le tocaba a Zacarías realizar sus servicios en el templo. Finalmente está el dato de que los pastores estaban durmiendo a la intemperie, por lo que debe ser un tiempo en el que hace calor, aun en la noche (Lc 2, 8).

Con estos datos, quienes recientemente han estudiado este aspecto histórico de Jesús, han llegado a la conclusión de que muy posiblemente Jesús haya nacido durante la primavera.

Ahora bien, ¿cómo es entonces que celebramos su nacimiento el 25 de diciembre?

Esto obedece a una acción pastoral de la Iglesia, extendida por todo el imperio, la cual adopta como fecha del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre con el fin de sustituir con ella la fiesta pagana llamada: "Natalis solis invicti", que celebraba la victoria del sol contra las tinieblas (producto del solsticio de invierno), misma que fue establecida por el emperador Aureliano en el 274 en honor al Dios "sol" de los Sirios. De esta manera una fiesta que era pagana se convirtió, con el paso del tiempo, en una fiesta cristiana que se extendió rápidamente en toda la Iglesia, principalmente de Occidente.

Como preparación a esta celebración y a fin de recordar de manera más viva el misterio de la Encarnación de Cristo, san Francisco de Asís (1223) construyó a las afueras de la ciudad, lo que hoy conocemos como "nacimiento", invitando a todos los pobladores a reunirse para orar y contemplar, lo que él llamara "el misterio más sublime de Dios: la Encarnación de Jesús".

Los primeros evangelizadores de América trajeron consigo esta tradición que junto con las Posadas se presentaban idóneamente para evangelizar a los moradores de nuestro continente, gente sencilla y de gran imaginación.

Así, el Adviento y la Navidad se convirtieron en un tiempo en el que se debe profundizar en el misterio de nuestra salvación, el cual inicia con el nacimiento de Cristo. Es un tiempo propicio para la oración, de manera particular la oración en familia, recordando que precisamente Jesús quiso nacer en una familia como la nuestra. Es tiempo de crecer en la caridad, y en el compartir, al recordar que Jesús, siendo Dios, no retuvo para sí la gloria que merecía como Dios, sino que se hizo como uno de nosotros (cf. Fil 2), y que, como dice san Agustín, se hizo pobre para que nosotros nos hiciéramos ricos, compartió con nosotros todo lo que tenía, incluso su Madre santísima.

EL MUNDO NOS ROBÓ LA NAVIDAD

Sin embargo, constatamos que la realidad de nuestros días es muy diferente y dista mucho de ser lo que fue en un principio y lo que en realidad debe de ser.

El Adviento se ha convertido en un agitado tiempo de hacer compras, con poco o ningún tiempo para la oración; la celebración ha dejado de estar centrada en la Encarnación de Cristo, para ser poco a poco substituida por la figura de Santa Claus; las posadas han dejado de ser un momento y una oportunidad para orar y para la catequesis (sobre todo de los niños), para convertirse en alegres fiestas que, en el mejor de los casos, nada tienen que ver con Cristo y su misterio que, si lo vemos fríamente, no tienen ningún sentido que no sea el social; el nacimiento, elemento de catequesis y motivo de contemplación de la humildad de nuestro Dios, poco a poco ha sido substituido por el Árbol de Navidad, que a pesar de los esfuerzos de la Iglesia por evangelizar este signo, permanece aún con un carácter de simple ornato para estas "fiestas". De esta manera, el 25 de diciembre pasa a ser también sólo una fiesta familiar, en la que muchas veces el único ausente es Jesús, pues todo se centra en el intercambio de regalos y la cena. Todos los esfuerzos de la Iglesia por convertir una fiesta pagana en una fiesta cristiana, no sólo se han visto neutralizados, sino que la fuerza del neo-paganismo ha ido cambiando la fiesta cristiana de nuevo en una fiesta pagana.

Este, sin lugar a dudas, es un proyecto maravillosamente orquestado por Satanás, quien a través de sus aliados del mundo utilizaron un cuento “inocente” y, a través de Santa Claus, envenenar la mente y el corazón de los niños (que ahora somos adultos) y de esta manera, sustituir con su figura y su acción “caritativa” a Cristo, robándole así a la comunidad cristiana el sentido a la fiesta cristiana de la Navidad.

Para orquestarlo, como siempre, el astuto enemigo del Reino, que sabe muy bien confundir los corazones como lo hizo con Eva en el Paraíso, se valió de un Santo para, poco a poco, llevarnos a la mentira. Escogió a un santo que vivió en el siglo IV en lo que hoy llamamos Turquía. Este santo era un obispo muy generoso llamado Nicolás el cual tenía un gran amor por los niños, espacialmente por los más pobres, a quienes continuamente llenaba de regalos. Su amor por los niños, y en general por todos los pobres lo llevó hasta la santidad, por lo que se le conoció como San Nicolás.

Su fama se extendió por toda Europa y en su fiesta, el 6 de diciembre, se acostumbraba, como lo hacia el santo, dar regalos a los pobres. Esto, sin embargo, fue creando toda una leyenda de que era el mismo Santo el que venía alrededor de esta fiesta a traer regalos a los pobres. En las calles, algunas personas se disfrazaban de san Nicolás (vestidos de rojo como el de los obispos y con una larga barba que les era propio a la usanza del tiempo) para dar regalos a los pobres.

Con la migración de los holandeses a los Estados Unidos a finales del siglo XVII llegó también la leyenda de San Nicolás, a quien ellos llamaban en su idioma (danés): Sinter Klaas (diminutivo de Sinter Niklaas). Basado en estas tradiciones y leyendas acerca de Sinter Klaas, en 1823 Clement Clarke Moore escribió su libro “La noche anterior a Navidad “ (The Night Before Christmas), en el que crea el personaje que hoy conocemos como Santa Claus (su vida en el Polo Norte, el trineo que vuela, los nombres de los renos, etc.). Un poco más adelante, la empresa The Coca-Cola Company (1931) lo tomará como la imagen para promover su producto y con ello arranca el desarrollo de toda una estrategia comercial que remplazará poco a poco la tradicional imagen de la Navidad, como fiesta cristiana para dar paso a la fiesta neopagana que se celebra hoy en todo el mundo.

De esta forma se fue consolidando esta estrategia de Satanás que, sin darnos cuenta los cristianos, fuimos incorporando a nuestra vida familiar, contándole a los niños un cuento que incide directamente en la vida cristiana y que polariza el misterio de la Navidad, tanto como recuerdo del nacimiento y presencia de Jesús entre nosotros, como en el descuido en la preparación para su segunda venida.

LAS CONSECUENCIAS

El problema no es el cuento de Santa Claus, sino el hecho de que este cuento incide en un acontecimiento histórico que casi pasa desapercibido. Por ello, no es un cuento más, una fábula inocente que alimenta la vida y la fantasía de los niños (como puede ser la de Caperucita Roja, Peter Pan, o Cenicienta); este cuento ha venido a sustituir la esencia de la navidad sustituyendo la esperanza cristiana de la llegada de Cristo por la llegada de Santa Claus.

Hoy, lo importante para los niños, y en general para todos nosotros, no es la celebración de el nacimiento de Cristo sino la llegada de Santa Claus y los regalos. Así, la preparación para la Navidad está centrada no en la preparación espiritual de la segunda venida de Cristo, sino en la compra de regalos, en la preparación de la cena, en hacer una cartita dirigida a este personaje irreal, pero que el mundo les ha convencido que sí existe, etc. De esta manera los niños no han conocido el sentido de la fiesta cristiana y piensan realmente que este personaje puede cumplir todos sus deseos, por lo que hacen listas interminables de regalos y el día 25 se levantan agitados para ver los regalos que están bajo el árbol (y los padres de familia, con tal de mantener esta fantasía, terminan gastando hasta lo que no tienen).

¿ Alguien se acuerda del aniversario de Cristo, o de que va a venir de nuevo para llevarnos a vivir con él; que tendremos una navidad final y definitiva? Incluso, es muy triste que muchas familias que de ordinario van a misa los domingos, ese día no asisten sea por la desvelada de la cena, o bien para permitir que los niños y grandes disfruten de los regalos.

En las familias en las que todavía se tiene una práctica religiosa en Noche Buena, para los jóvenes y adolescentes, resulta molesta y ha de hacerse a la carrera en medio de burlas y juego.

El golpe maestro del demonio con la figura de Santa Claus es la creación de un Dios “elitista” que privilegia a los ricos y desprotege a los pobres, idea totalmente contraria al Dios que nos ha revelado Jesucristo (cf. Lc 1, 46-54); un Dios que no tiene en cuenta si la persona se portó bien o mal, pues resulta que el niño grosero y prepotente del salón que, como su papá tiene mucho dinero, “Santa” llegará con muchos regalos, mientras que al pobre o al bien portado, el 25 por la mañana sólo encontrará, en el mejor de los casos, un chocolate. De esta forma, la Navidad, como fiesta religiosa, desparece para convertirse en una fiesta pagana que pueda celebrarse en paises no cristianos (como lo es el Japón en donde es verdaderamente un espectáculo, con regalos, esferas pinos y cena). Destruye la imagen del Dios de la misericordia que tiene preferencia por los pobres, convirtiéndolo en un dios de élite, que no tiene en cuenta la vida moral de la persona y que privilegia en sus dones al que más tiene.

Podemos decir que hoy no queda rastro en muchas culturas del sentido cristiano de la Navidad lo que es muy grave, ya que al olvidarnos de que Jesús vino a este mundo, se perfila una sociedad que cada día es más egoísta y materialista; que ignora la realidad histórica del evangelio convirtiéndolo en un libro más con buenos principios morales que hay que oír el domingo (en el mejor de los casos), pero que no tiene incidencia en nuestra vida.

Mas grave aun es el echo de que al no celebrar la venida de Cristo en su encarnación, con todo su significado histórico-salvífico, polarizamos terriblemente el hecho de que un día Jesús va regresar, cuando será la NAVIDAD DEFINITIVA y que ese día habrá un juicio y que de este juicio depende nuestra eternidad (cf. Lc 12, 35-48; Mt 24-25; 1 Cor 15, 51-25; 2 Tim 4, 1). Si no nos encuentra preparados, si nos encuentra en pecado, perderemos la vida eterna y con ello el cielo.

Estamos tan inmersos en esta trampa que no nos hemos hecho concientes de cómo poco a poco esta fiesta pagana de la Navidad, representada por el Santa Claus, ha destruido nuestra vida cristiana con todas las consecuencias salvíficas que esto implica.

LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES

Tenemos que reconocer que nos fuimos enredando en una mentira tan compleja que ahora no encontramos la forma de salir de ella, ya que en este momento ¿cómo le podríamos explicara al niño que no existe Santa Claus, que hemos sido engañados por Satanás? ¿Cómo iniciar un proceso de regreso a la verdad? Ciertamente esto no va a ser fácil. Será necesario la intervención de Dios. Pero ciertamente nosotros tendremos en este proceso una participación muy importante y activa. Este camino implicará en nosotros una fe como la de María Santísima y tomar la decisión de decir la verdad, siendo concientes de que caminar en la verdad traerá como a María, incomprensión y sufrimiento. Esto implicará, como para nuestra Madre Santísima, saber que Dios, que nos ha invitado a vivir en la verdad, actuará poderosa pero misteriosamente, para acabar con el sufrimiento y la incomprensión (Cf. Mt 1, 18-25)

Jesús nos dice en el evangelio de san Juan “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8, 32). ¿No será ya tiempo de reaccionar como sociedad cristiana y detener este proyecto del demonio para sacar a Dios de nuestros corazones, sobre todo del de los niños y jóvenes?

¡Concedamos a nuestros hijos la opción de la libertad que brota de la experiencia de la verdad! ¡Transmitámosles la dicha, la alegría, el gran gozo y la paz que brotan de la verdad del Misterio de la Navidad! La Navidad es una época para vivir el Evangelio del Niño Jesús, la sencillez y pobreza de su nacimiento, la fe de los Magos de Oriente, la gran esperanza y estupor de los Pastores ante el coro de los Santos Ángeles, la contemplación que del Misterio de amor vivieron María y José; y todo esto, en el contexto de amor y de unidad de nuestras familias. Es, pues, necesario retomar con toda su fuerza el carácter evangélico de la fiesta del nacimiento de Cristo.

Sé que esto no va ser fácil pues, como en el tiempo de la primera Iglesia, tenemos que enfrentar un mundo que nos es adverso. Los niños y nosotros mismos vamos a seguir conviviendo en el mundo materialista que ahoga nuestra vida. Es por ello importante ahora recordar las palabras de Cristo a su Iglesia: “Ustedes no son del mundo... En él viven pero no le pertenecen” (Jn 17, 15-16). Él mismo nos advirtió que si a él lo persiguieron, también a nosotros nos van a perseguir (Jn 15, 20).

Lo importante es hacernos concientes y que nos quede bien claro que la destrucción del sentido cristiano de la Navidad con la imagen de Santa Claus es un proyecto del demonio perfectamente bien disfrazado para robarle a la Iglesia de Cristo la fiesta del nacimiento del salvador, para borrar del corazón de los hombres la generosidad de Dios al darnos en su Hijo Único la luz , el amor y la paz; para que vivamos en gran descuido nuestra vida y no estemos preparados para el regreso de Cristo; para confundir nuestro corazón haciéndonos pensar que un regalo compensa el amor, siendo que es el amor de Dios, manifestado en Cristo, el mejor regalo que Dios nos ha dado y que nosotros podemos darle a los demás.

Como ven el asunto es delicado y de una importancia fundamental para la Iglesia y para cada uno de nosotros como testigos de la verdad revelada por Dios en Cristo. Toca a cada uno de nosotros el asumir nuestro rol como profetas, como testigos de que la Navidad celebra es el nacimiento de Cristo como Señor y Salvador, y que esta fiesta nos recuerda que un día regresará con poder para juzgar a vivos y muertos. Nos toca a nosotros, profetas del siglo XXI, hacerle ver al mundo que no es Jesús quien viene en la noche del 24 de diciembre a traer juguetes a los niños que se portaron bien y mucho menos que existe un ser fantástico que vive en el polo norte y que es el centro de la fiesta de Navidad. Es tiempo de asumir nuestro papel en la historia, como lo hicieron los primeros cristianos, y devolverle el verdadero y único sentido a la Navidad.

Hay que hablar con la verdad aunque esto nos lleve a enfrentar dificultades con nuestra familia, con nuestra sociedad y con quien sea.

EN CAMINO HACIA LA VERDAD

No se si este sea el camino más adecuado para retomar el sentido propio de la Navidad y acabar con el proyecto que polariza nuestra realidad cristiana, pero al menos les propongo algunas ideas que espero sean inspiración del Espíritu para acabar con toda esta mentira que desgasta nuestra sociedad y por supuesto nuestros bolsillos:

a. Retomar el sentido de que la Navidad es una fiesta espiritual

Quizás un primer paso sería el retomar la Navidad y su preparación como una fiesta espiritual y no material. Esto implicará tener un momento de oración en familia durante todo el Adviento (Corona de Adviento u otra práctica semejante), en el que podamos en familia orar y repasar las ideas fundamentales sobre el significado real y profundo de la Navidad. Leer y releer los temas de la salvación que proceden de la encarnación del Hijo de Dios. Irnos haciendo cada día más concientes de que esta no es una fiesta del mundo, sino una fiesta religiosa espiritual que concierne a los cristianos. Recordar que esta fiesta nos invita a estar preparados para la Segunda Venida de Cristo, que será con poder y gloria y para la cual deberá encontrarnos velando, en oración y sobre todo en gracia. Por lo tanto una de las prácticas obligadas de este adviento es la participación del sacramento de la Reconciliación de toda la familia.

b. Polarizar la imagen de Santa Claus

Otra acción fundamental en este proceso es atenuar la imagen de Santa Claus eliminándolo de nuestro vocabulario ordinario y eliminando de nuestras casas todas sus imágenes, canciones, videos, etc. Que al menos en nuestra casa se vaya relegando su participación en la vida cotidiana mientras aumentamos la presencia de los motivos religiosos, como es la Corona de Adviento, las velas, etc. Sería muy oportuno sustituir las imanes de Santa Claus (incluyendo gorritos, botas, renos, etc), por imágenes y figuras de la Sagrada Familia, de los pastores, del niño Jesús, que puedan ayudar a recrear en toda la familia la idea de que es una fiesta cristiana en honor al nacimiento de Cristo. Sería también muy oportuno que se pusiera en el lugar más transitado de la casa “el misterio”: La virgen María, san José y el Niño, acompañados de la mula y el buey.

Tener un hermoso nacimiento nos ayudará a reunirnos todos los días en torno al misterio de la Navidad para que de esta manera los niños vayan creando en su imaginación la historia del Nacimiento de Cristo.

Por lo que respecta a los regalos "de Santa Claus", que es la parte más complicada de este tema, sobre todo por lo difícil que puede ser manejar la verdad con el resto de la familia, mi sugerencia es que el regalo que tú quieres darles a tus hijos (que no tiene que ser lo que ellos pidieron y que implicaría quedarte endrogado con tu tarjeta de crédito, sino el que tú puedes y quieres darle), se los des durante la cena o la reunión de oración del día 24, acompañado de un abrazo. Al dárselo, hazle conocer que es una muestra del amor de Dios, del amor que Dios ha manifestado en tu familia durante el año dándoles trabajo y bienestar y que ahora, en el día en que celebramos que Jesús es nuestro regalo, tú quieres compartir con ellos ese don. Esto hará que la atención y el agradecimiento se volteen hacia ti y no hacia Santa Calus, además, será congruente con tu condición económica, para no crear falsas expectativas.

Por lo que respecta a la ilusión de los regalos del Santa Claus, pon en el árbol una caja de dulces o chocolates. Es posible que los niños queden desilusionados ante este regalo. Será un momento difícil en el que debemos esperar que Dios nos dé gracias especiales para no darle importancia al evento e invitarlos a disfrutar el regalo que les diste el día anterior. Esto hará que la atención del Santa Claus termine desvaneciéndose hasta el momento en que tú consideres oportuno decirles que Santa Claus es sólo parte de un cuento.

c. Reorientar la costumbre de regalar

Siguiendo con la idea anterior, ya que el regalar le es propio a esta temporada, esto debe tener las características y orientación que ya mencionábamos, es decir: ha de ser una extensión del amor que Dios nos ha regalado en su Hijo Jesucristo. Si Dios nos regaló su amor enviando a su Hijo, nosotros también nos podemos sentir invitados a compartir ESE MISMO AMOR. Por ello, el regalo no debe ser impersonal ni estar basado en las posibilidades de nuestras carteras, y mucho menos que ello nos lleve a ganar deudas por un buen tiempo. Debe ser una expresión de mi amor por la persona a la que le regalo pero en total conexión con el evento de la Navidad Cristiana y no para quedar bien con nadie.

De manera que tus regalos, sería conveniente que no sólo llevaran la clásica etiqueta navideña: De: _____ Para:_____ , sino que la acompañaras con una pensamiento relacionado con la llegada de Jesús a nuestra vida y al regalo incomparable que Dios nos dio: la salvación. Tu regalo debe ser, por tanto, una clara manifestación de tu amor por esa persona, por lo que puede ir desde un abrazo y una tarjeta llena de cariño, hasta lo que tú puedas y quieras, sin perjudicar tu economía, darle a quien amas. Acuérdate que no se trata de quedar bien con nadie, sino de compartir el amor como lo hizo Dios con nosotros. Es una fiesta religiosa... por lo tanto, todo debe estar en conexión con esto.

d. Regala al festejado: Jesús

Por otro lado, y quizás lo más importante en este tema de regalar, es el recordar que a quien realmente festejamos es a Jesús, por lo que si alguien debe recibir un regalo es Él. Por ello te propongo dos acciones fundamentales para recobrar el sentido cristiano de la Navidad:

Regalar tu comunión. Ofrécele como regalo a Jesús esta Navidad no sólo la comunión del domingo sino todas las que puedas durante el Adviento. Que esto te lleve a aumentar su presencia en ti, objetivo fundamental de la encarnación del Verbo. Además, puedes regalarle algún ayuno, oraciones, etc. Que tus días estén llenos de regalos para Jesús.

Regalar al Jesús pobre. Recordemos que Jesús nos dijo: “Todo lo que hiciste por uno de estos hermanos míos, los mas pobres, por mi lo hiciste” (Mt 25, 40). Pues bien, tú y toda tu familia busquen a una familia o una persona pobre a la que, descubriendo a Cristo pobre en ellos, les hagan un regalo, quizás el mejor de todos... mejor del que darías a uno de tu familia, pues en realidad el festejado es Cristo y no tu familia. Busca la manera concreta de regalarle algo que le sea realmente de utilidad. Tú eres el medio para que Dios realice su “Navidad” en esa familia, para que el amor de Dios llegue hasta ellos. Tú eres el portador del amor de Dios para esa familia.

Por ello la entrega del regalo es muy importante. Lo ideal es que toda tu familia haga la entrega. Si no se hace en familia al menos cuando tú des tu regalo hazle conocer a la persona que Dios les ama y que por tu medio les hace llegar esta Navidad su amor mediante lo que tú le estas regalando. Es un momento privilegiado para hablarles del amor de Dios y llevar el Evangelio a sus vidas.

En conclusión, que tu regalo sea siempre una expresión del amor de Dios para aquel a quien tú regales.

e. La Vigilia de Navidad

Finalmente, debemos buscar que la Vigilia de Navidad sea ante todo una “liturgia” familiar en torno al amor. Recordemos que los cristianos de las primeras comunidades se reunían el 24 para tener una vigilia de oración que concluía con la Misa. Si bien esto puede ser difícil de vivir en la actualidad, podemos ahora darle centralidad a la Misa (a la hora que se celebre) y posteriormente en nuestras casas, ya con la familia, continuar la oración. Para ello puedes usar alguno de los esquemas que he publicado u otros que puedas encontrar.

En esta liturgia debe reinar la solemnidad y la seriedad sobre el acontecimiento. Es necesario recordar el nacimiento de Cristo, sus implicaciones en la vida de nuestra familia y del mundo.

Todos los signos, como las velas, el pesebre, el niño Jesús, etc., son importantes. Hay que darles lugar en la “liturgia casera”. Que no sea algo que se celebra con prisa, sino con alegría, respeto y con mucho amor.

Al final, en el mismo ambiente de oración, de alegría y de espíritu “navideño”, puede pasarse a compartir los regalos, para que esto forme parte de la misma liturgia en la cual Dios continúa regalando su amor. Se concluye con la cena, si es posible, en la cual no tiene que haber forzosamente un pavo, sino lo que con alegría podamos ofrecer a nuestra familia.

Si tú sabes de alguno de tus conocidos que no tiene familiares en la ciudad, que está sólo, invítalo a pasar la Vigilia de Navidad con tu familia... exprésale el amor de Dios haciéndolo esa noche parte de tu familia de la misma forma que Jesús, en la noche de Navidad, nos hizo parte de su familia.

CONCLUSIÓN

La verdad, no sé si esto sea la solución definitiva, pero estoy seguro que es un camino. Estoy convencido que en la medida en que nos hagamos concientes y aceptemos que el demonio ha buscado arrancar de nuestro corazón el mensaje de amor de Dios y que ha convertido una de las fiestas más hermosas e importantes del cristianismo en una farsa comercial, en esa medida será posible que el misterio de Navidad pueda regresar a ser expresión de amor para nosotros.

El primer domingo de Adviento nos recordaba en la Carta de san Pablo a los Romanos, que la noche está avanzada, el día está cerca, por lo tanto rechacemos las obras de las tinieblas y vistámonos de las armas de la luz: Amor, paz y verdad y revistámonos de Jesucristo. (cf. Rm 13, 12. 14). Hermanos, el Señor, viene pronto. Recuperemos para Él y para nuestro mundo el misterio de la Navidad.