Misa dominical

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¿Cómo prepararse para el viaje de Benedicto XVI a México y Cuba?, ¿cómo vivir bien el Año de la Fe? Mil respuestas pueden ofrecerse, cada una con sus ventajas y perspectivas particulares. Una muy simple, al alcance de la mano, tan evidente que puede pasar desapercibida, es asistir a Misa los domingos, y animar a los que lo han venido dejando de hacer, a que recuperen esa bella costumbre. Incluso, para los que ya acostumbran asistir, cabe una mayor profundización: sacar más provecho de la celebración litúrgica dominical para el resto de la vida. También entre los que asisten semanalmente a Misa, o entre aquellos que eventualmente comiencen a hacerlo, puede darse una mayor convicción en esa costumbre, de forma que puedan explicar a los demás la razón de su proceder.

Desde el inicio del Pontificado, Benedicto XVI se ha dado cuenta que un primer paso para revitalizar las raíces de la fe en el pueblo cristiano, consiste en fomentar incisivamente la asistencia a la Santa Misa dominical. Desde el 2005, recién elegido Papa, trajo a colación el testimonio de los 49 mártires de Abitinia, que fueron sorprendidos in fraganti asistiendo al Santo Sacrificio. Al ser preguntados por el motivo, respondieron sugestivamente: “sine domenico non possumus…” (“Sin el domingo no podemos vivir”). Sin la eucaristía nuestra vida está incompleta. Esos eran los primeros cristianos; estaban dispuestos a dar la vida con tal de no perderse la Santa Misa. Nos impulsan a realizar un hondo examen de conciencia, para desenmascarar las tristes excusas y los falsos motivos con los que nos justificamos para no acudir. Al mismo tiempo, nos mueven a realizar una penetrante difusión de la Misa dominical entre nuestros coetáneos.

Puede ayudar “desenmascarar” algunos de los clichés con los que frecuentemente nos escudamos, para justificar la falta de asistencia. Primero el clásico: “Dios está en todas partes, no necesito ir a un templo para encontrarlo ahí”, con su versión personalizada, “hablo con Dios continuamente, no necesito ir a Misa los domingos para hablar con Él”. Otro, más corrosivo, estriba en justificar nuestro ausentismo con base en los defectos ajenos: “no necesito darme golpes de pecho los domingos, muchos lo hacen y son pésimos cristianos a lo largo de la semana; prefiero ser un buen cristiano todos los días, a limitarme a cumplir asistiendo a Misa los domingos”.

Es verdad que Dios está en todas partes, pero no del mismo modo. La presencia de Jesucristo en la Eucaristía es del todo particular, hasta el punto de que algunos conversos al catolicismo se maravillan de cómo nos hemos acostumbrado los católicos a tan gran prodigio. Si nuestra fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía fuera efectiva, la conducta de los mártires de Abitinia nos parecería lo más lógico, lo más sensato. De hecho, la fe en esa Presencia está en el “núcleo duro” de la fe católica, y se precisa una gracia particular de Dios para darle asentimiento. Pero de nosotros depende también, el ir poco a poco siendo coherentes con algo que profesamos sin problemas, pero que desmentimos en la práctica con nuestra conducta. De hecho, no sólo es que encuentro a Dios en la Misa, sino que entro en contacto con su Misterio Pascual, con su Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, con lo que me abre las puertas de la vida eterna.

La segunda excusa es menos elegante. Nos coloca inconscientemente en un pedestal de superioridad, por el cual juzgamos al prójimo, cuando no es esa nuestra misión. Lo cierto es que la equivocación no podría ser más profunda. Precisamente el valor de la Misa estriba en que no es una “obra humana”, sino una “obra divina”, es “obra de Dios”. Cualquier otra obra que yo pueda realizar, por benemérita que sea (ayudar a los pobres, a los enfermos, etc.), es por fuerza obra humana y en cuanto tal, limitada. La Misa por el contrario es “obra divina”, algo absolutamente único, con valor ilimitado, con alcance eterno. Lo de menos es cuántos asisten o no, y lo que hagan o dejen de hacer: la Misa no vale por lo que hacemos nosotros, sino por lo que hace Dios. Debemos en consecuencia, si somos coherentes con nuestra fe, aprovecharla lo más que podamos, y despertar a nuestros hermanos en la fe, para que descubran el inconmensurable tesoro que tienen al alcance de la mano.