María, ejemplar acabadísimo de todas las virtudes cristianas

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Siendo María 'espejo de justicia' -speculum iustitiae- y ejemplar acabadísimo de todas las virtudes cristianas, es imposible examinarlas aquí detalladamente una por una, ya que no disponemos de espacio suficiente para ello. Pero vamos a estudiar las más importantes ‑teologales y cardinales‑ y las más directamente relacionadas con la vida religiosa.

a) Las virtudes teologales

Como es sabido, las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad. Las tres tienen por objeto directo e inmediato al mismo Dios ‑por eso son y se llaman teologales‑, pero cada una considerándolo desde un punto de vista diferente: la fe, como primer principio de nuestro conocimiento sobrenatural (o sea, en cuanto Dios revelante); la esperanza en cuanto primer principio de donde nos viene el auxilio eficaz para alcanzar la vida eterna (o sea, como Dios auxiliante), y la caridad, en cuanto último fin, infinitamente amable en sí mismo (o sea, en cuanto Dios bondad infinita). Esta última consideración es la más perfecta de todas, y por eso la caridad es la primera y más excelsa de todas las virtudes: 'Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad' (1 Cor 13,13).

Vamos a recordar algunos rasgos de la manera perfectísima con que practicó las virtudes teologales la Santísima Virgen.

La fe

Escuchemos al P. Garrigou‑Lagrange:

Si se piensa en la perfección natural del alma de María, la más perfecta de todas después de la del Salvador, habrá que admitir que su inteligencia natural estaba ya dotada de una gran penetración, y de no menor rectitud, y que estas cualidades naturales no dejaron de desarrollarse en el transcurso de su vida.

Su fe infusa era, con mayor razón, profundísima por parte del objeto, debido a la revelación que le fue hecha, en el mismo día de la anunciación de los misterios de la encarnación y de la redención, y a la santa familiaridad de todos los días con el Verbo hecho carne. Subjetivamente, además, su fe era muy firme, certísima y prontísima en su adhesión, porque estas cualidades de la fe infusa son tanto mayores cuanto mayor es ésta. María recibió la fe en el mayor grado que haya existido jamás, y lo mismo hay que decir de su esperanza, porque Jesús, que tuvo la visión beatífica desde el primer instante de su concepción, no poseía la fe ni la esperanza, sino la plena luz y la posesión de los bienes eternos que se nos han prometido.

No podríamos formarnos idea de la profundidad de la fe de María. En la anunciación, desde que le fue propuesta suficientemente la verdad divina sobre el misterio de la encarnación redentora, creyó. Por eso lo dijo Santa Isabel poco después: 'Bienaventurada tú que creíste, porque cumplido será todo lo que fue dicho de parte del Señor' (Lc 1,45). En Navidad ve a su Hijo nacer en un establo, y cree que es el Creador del universo; ve toda la debilidad de su cuerpo de niño, y cree en su omnipotencia; cuando empezó a balbucir, cree que es la misma sabiduría; cuando debe huir con El ante la cólera del rey Herodes, cree, no obstante, que es el rey de reyes, el señor de los señores, como dirá San Juan. En el día de la circuncisión y de la presentación en el templo, su fe se aclara más cada vez respecto al misterio de la redención...

Durante la pasión, cuando los apóstoles, excepto San Juan, se alejan, ella aparece al pie de la cruz, de pie, sin desmayarse; cree siempre que su Hijo es verdaderamente el Hijo de Dios, Dios también, y que es, como lo dijo el Precursor, 'el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo'; que, vencido en apariencia, es el vencedor del demonio y del pecado y que dentro de tres días será vencedor de la muerte, por medio de la resurrección, como lo tiene anunciado. Este acto de fe de María al pie del Calvario fue, en aquella hora oscura, el mayor y más profundo acto de fe que haya existido nunca, pues el objeto del mismo era el más difícil: que Jesús alcanzaría la mayor victoria por medio de la más completa inmolación.

Esta fe estaba admirablemente iluminada por los dones del Espíritu Santo, que poseía en un grado proporcionado al de su caridad.

El don de inteligencia le hacía penetrar y comprender los misterios revelados, su significado íntimo, su conveniencia, su armonía, sus consecuencias; le hacía ver con más claridad su credibilidad, en particular en los misterios en que ella participó más que ninguno, como el de la concepción virginal de Cristo y el de la encarnación del Hijo de Dios, y, como consecuencia, en los misterios de la Santísima Trinidad y de la economía de la redención.

El don de sabiduría, bajo la inspiración del Espíritu Santo, le hacía juzgar de las cosas divinas por esa simpatía o connaturalidad que está fundada en la caridad. Conocía así, especialmente, cuán bien corresponden estos misterios con nuestras aspiraciones más elevadas, y suscitan siempre nuevas para lograrlas. Las gustaba en proporción a su caridad, que no cesaba de aumentar, de su humildad y de su pureza. En María se realizaron eminentemente las palabras: 'A los humildes da Dios su gracia' (Iac 4,6); 'Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios' (Mt 5,8): lo entrevén ya desde aquí en la tierra.

El don de ciencia, por instinto especial del Espíritu Santo, le hacía juzgar de las cosas creadas, ya como símbolos de las cosas divinas, en el sentido de que los cielos cantan la gloria de Dios; ya para comprender su nulidad y fragilidad y apreciar mejor, por contraste, la vida eterna.

El religioso que quiere ser fiel a su vocación ha de vivir de fe, como el justo de que habla la Escritura (cf. Hebr 10, 3-8). En multitud de ocasiones ‑particularmente en la práctica de la obediencia y en las pruebas o noches del alma a que Dios quiera someterle‑ habrá de cerrar los ojos a la simple razón natural, tan flaca y enfermiza, para abrirlos únicamente a la luz indeficiente de la fe. En estos momentos se impone la mirada a María, cuya fe heroica le señalará el camino que debe seguir a despecho de todas las miras y apariencias humanas. Ello dará a sus actos un valor sobrenatural inmenso, como se lo dio a los de María, al mismo tiempo que llenará su alma de una paz y felicidad imperturbables. San Agustín se atreve a decir que María fue más bienaventurada recibiendo la fe de Cristo que concibiéndole en sus entrañas virginales.

La esperanza

De una fe viva, animada por la caridad, brota espontáneamente una firme esperanza en el cumplimiento de las divinas promesas y en los auxilios necesarios para alcanzarlas. Escuchemos de nuevo al autor citado hablando de la esperanza de María:

'La esperanza por la que aspiraba a poseer a Dios, que no veía todavía, era una perfecta confianza que se apoyaba no en ella misma, sino en la misericordia divina y en la omnipotencia auxiliadora. Esta base le daba una certeza muy segura, 'certeza de tendencia', dice Santo Tomás‑, que nos hace pensar en la que tiene el navegante, después de haber tomado el rumbo derecho, de dirigirse efectivamente hacia el término de su viaje, y que va aumentando a medida que se acerca. En María esta certeza aumentaba también por las inspiraciones del don de piedad, con las cuales, al suscitar en nosotros un amor enteramente filial hacia El, 'el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios' (Rom 8,16) y que podemos contar con su auxilio.

Esta certeza de la esperanza era tanto mayor en María cuanto que estaba confirmada en gracia, preservada de toda falta y, por consiguiente, de toda desviación, lo mismo del lado de la presunción que del de la depresión y falta de confianza en Dios.

Esta esperanza perfecta la ejercitó en su niñez cuando suspiraba ardientemente por la venida del Mesías, cuando la deseaba para la salvación de las naciones; cuando esperaba que el secreto de la concepción virginal del Salvador fuese revelado a su esposo José; cuando huyó a Egipto; y después, en el Calvario, cuando todo parecía perdido y ella esperaba la completa y cercana victoria de Cristo sobre la muerte, como El mismo lo había predicho. Su confianza, en fin, alienta y sostiene la de los apóstoles en medio de sus luchas incesantes por la difusión del Evangelio y por la conversión del mundo pagano'.

También la esperanza del religioso se ve sometida con frecuencia a dura prueba. Cuando, a pesar del celo, desinterés y buena voluntad puestos en una obra apostólica todo termina, al menos aparentemente, en el más ruidoso de los fracasos; cuando los mismos que le rodean y quizá sus mismos superiores, lejos de alentarle y animarle parece que contribuyen a aumentar su desaliento y amargura; cuando se ceba sobre él la persecución y la calumnia; cuando el mismo cielo parece hacerse sordo a sus clamores y lágrimas, el religioso necesita una esperanza sobrehumana en la misericordia y en el auxilio de Dios para no desfallecer. Como Abraham ha de 'esperar contra toda esperanza', (cf. Rom 4,18), y ello sólo podrá lograrlo poniendo los ojos en aquella que no solamente supo practicar en grado incomparable esta sublime virtud, sino que ella misma constituye uno de los pilares más firmes de nuestra esperanza cristiana. La Iglesia no vacila en proclamarlo así en una de las antífonas más bellas de su liturgia: 'Vida, dulzura y esperanza nuestra'.

La caridad

La caridad de María en su triple aspecto de amor a Dios, al prójimo y a sí mismo por Dios, es un mar sin riberas y un abismo sin fondo. La reina de las virtudes debía brillar y brilló con fulgores divinos en el corazón de la reina de los cielos y tierra.

Su caridad ‑escribe el P. Garrigou‑, su amor a Dios por El mismo y a las almas por Dios, superaba desde un principio a la caridad final de todos los santos juntos, puesto que existía en el mismo grado que la plenitud de gracia. María estaba siempre íntimamente unida al Padre, como hija predilecta; al Hijo, como Madre Virgen estrechamente unida a su misión; y al Espíritu Santo, por un matrimonio espiritual que superaba en mucho al que poseyeron los mayores místicos. Fue, en un grado imposible de sospechar por nosotros, el templo viviente de la Santísima Trinidad. Dios la amaba más que a todas las demás criaturas juntas y María correspondía plenamente a este amor, después de haberse consagrado por completo a

El desde el primer instante de su concepción y viviendo siempre en la más completa conformidad de voluntad con su beneplácito.

Ninguna pasión desordenada, ninguna vana inquietud, ni la más mínima distracción venía a retardar este impulso de su amor hacia Dios; su celo por la regeneración de las almas era proporcionado a este impulso, y ofrecíase y ofrecía continuamente a su Hijo por nuestra salvación.

Esta caridad en grado tan eminente la ejercitó de una manera continua, pero más especialmente cuando se consagró totalmente a Dios, cuando fue presentada en el templo e hizo el voto de virginidad, encomendándose a la Providencia para poder observarlo fielmente; después, cuando en la anunciación dio su consentimiento con una perfecta conformidad a la voluntad de Dios y por amor a todas las almas a las que había que salvar, lo mismo que al concebir a su Hijo y al darle vida; a presentarlo en el templo y encontrarlo mas tarde en medio de los doctores y al ofrecerlo, finalmente, en el Calvario, participando en todos sus padecimientos por la gloria de Dios con espíritu de reparación y por la salvación de todos. En el momento mismo que al concebir a su Hijo y al darle la vida; al presentarlo en el templo y encontrarlo más tarde en medio de los doctores, y al ofrecerlo, finalmente, en el Calvario, participando en todos sus padecimientos por la gloria de Dios con espíritu de reparación y por la salvación de todos. En el momento mismo en que escuchaba los gritos: 'Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos' (Mt 27,25), se unió a la oración del Salvador por sus verdugos: 'Padre, perdónales que no saben lo que hacen' (Lc 23,34)

La Iglesia le aplica también estas palabras del Eclesiástico (24,4): 'Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor de Dios, de la ciencia y de la santa esperanza'.

También el religioso ha de practicar, con preferencia a todas las demás virtudes, la caridad en su triple aspecto. Es ella la reina de todas las virtudes, la que las vivifica a todas, elevándolas de plano y ordenándolas al premio esencial de la vida eterna; es la varita mágica que convierte en oro todo lo que toca. Nada es grande ante Dios sin el amor, y nada es pequeño ante El si lo engrandece y vivifica una ardiente caridad. El amor de Dios constituye el mayor mandamiento de la ley, y el segundo, semejante al primero, es el amor al prójimo. En estos dos mandamientos está resumida y compendiada toda la ley y los profetas (cf. Mt 22,37‑40).

El religioso ha de invocar con frecuencia a María para que, como Mediadora universal de todas las gracias, le conceda, ante todo, una perfectísima caridad. Una fórmula bellísima para ello es la siguiente de San Alfonso María de Ligorio:

' ¡Oh María, Reina del amor!, la más amable, la más amada y la más amante de todas las criaturas, como os llamaba San Francisco de Sales; Madre mía, vos ardisteis siempre y por completo en el amor a Dios; dignaos, pues, comunicarme al menos una chispita. Vos que rogasteis a vuestro Hijo por los esposos a quienes faltaba el vino, ¿no rogaréis por nosotros, faltos del amor divino y tan obligados a amarle? Decid, pues, no tienen amor y alcanzádnoslo vos misma. No os pedimos más gracia que ésta. ¡Oh Madre!, por el amor que tenéis a Jesús, escuchadnos y rogad por nosotros. Amén'.

La Virgen María y el religioso. A. Royo Marín pp. 502-506. BAC