María al pie de la Cruz

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María, la Madre del Señor, estaba de pie delante de la Cruz de su Hijo; sólo San Juan el evangelista lo ha dicho. Otros han explicado cómo el mundo se había alterado por la Pasión del Señor, cómo el cielo se había cubierto de tinieblas, cómo el sol se había ocultado, cómo el ladrón había sido recibido en el paraíso después de su piadosa confesión. Pero es San Juan quien me ha enseñado lo que los otros no me han dicho, cómo Jesús en su cruz llamó a su Madre; Juan dio más valor a este testimonio de piedad filial dado por Cristo, vencedor de los dolores, a su Madre, que al don del reino celestial. Era, sin duda, un rasgo de bondad muy grande el perdonar al ladrón; pero es todavía mucho mayor la señal de piedad de honrar a su Madre con un amor tan grande: «He aquí, dijo El, a tu hijo»; «He aquí a tu Madre.» Es el testamento de Cristo crucificado, repartiendo entre su Madre y su discípulo los deberes de piedad. Así el Señor establecía su testamento, no solo su testamento público, sino también su testamento familiar, y Juan pone allí su firma, digno testigo de un tan gran testador. Testamento precioso, que lega no dinero, sino la vida eterna; que está escrito no con tinta, sino por el Espíritu de Dios vivo, del que se ha dicho: «Es mi lengua como cálamo de escriba veloz» . Y María ha estado a la altura de lo que convenía a la Madre de Cristo, mientras que los apóstoles habían huido, Ella estaba de pie junto a la Cruz, y con su mirada maternal contemplaba las heridas de su Hijo; esperaba de ellas no la muerte de su bienamado, sino la salvación del mundo. 0, tal vez, ya que sabía que la muerte de su Hijo era la redención del mundo, quizás pensaba que Ella misma añadiría algo a esta muerte, a este don que debía enriquecer el mundo. Aunque Jesús no necesitaba ser ayudado en la redención del mundo, porque El es quien, sin la ayuda de nadie, ha salvado a todos los hombres. Es por esto por lo que dijo: «He sido como un hombre al que nadie ayuda, libre entre los muertos»

El acogió el amor de su Madre, pero no buscó la ayuda de nadie.

La insistencia en escrutar el Evangelio es uno de los rasgos de la gran época de los Padres, ahora que ya lo esencial está asimilado y que la vida cristiana se organiza libre de las persecuciones. Esta asiduidad hace conocer mejor a María, por medio de comparaciones, y relacionar los hechos particulares referidos en el Evangelio con las realidades esenciales de la economía redentora.

Las reflexiones finales del texto pueden dar ocasión de caer en esos errores de interpretación a los que da lugar la lectura presurosa de los Padres. En efecto, estas reflexiones parecen ir formalmente contra la corredención mariana. Pero cuando se las penetra un poco, se descubre cómo son perfectamente nítidas contra una falsa idea de esta corredención.

Señalemos también la clara afirmación de la fe de María al pie de la Cruz, porque encontraremos en la Iglesia griega errores sobre este tema.