La Lucha de Lalito

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No hablaba todavía.  Lalito era muy pequeño.  Buena parte de su jornada se le iba en dormir, comer, reír, llorar, gatear y conocer mundo.  Todo llamaba su atención: aquella hormiguita que él no acertaba a aplastar con toda la precisión deseada; la corbata azul de la camisa blanca de su papá; aquella galleta de animalitos de la merienda; el moño rojo tan bien puesto en el chongo de su hermanita mayor; la nariz de aquel perro viejo de casa, tan paciente; el arete de oro que pendía de la oreja de mamá…

 

Fue en medio de esta vorágine de experiencias que a cierto amigo de la familia se le ocurrió visitarlos.  Lo recibieron muy amables.  Mientras los adultos charlaban distendidamente en la sala, a Lalito lo sentaron en sus piernas.

 

Lalito iba a lo suyo.  Pronto descubrió entre los haberes del visitante un nuevo objeto de observación para sus insaciables pesquisas.  Del bolsillo de la camisa sobresalía la espiral fina y metálica de una libretita azul.  Un azul muy chillón.  Como el mejor de los carteristas, Lalito se abalanzó sobre aquella libretita indefensa y en un segundo la tenía ya entre sus manos para explorarla hasta sus últimos rincones.  La agitó, se rió, la olió, se rió, comprobó la fortaleza del espiral, se rió…  El huésped ilustre, como quien no quiere la cosa, vigilaba con discreción toda la operación.

 

Como era de esperar, le llegó el turno al sentido del gusto: Lalito comparaba ya el sabor de la papilla que mamá le había dado a medio día con el sabor de la libretita.  El invitado por su parte, más que nada para salvaguardar la integridad de su valiosa libretita, con suavidad y discreción, se la quitó.

 

Lalito combatió con denuedo para recuperar su tesoro recién adquirido y tan bruscamente arrebatado.  Enseguida la localizó dentro del bolsillo de la chaqueta.  El visitante la tomó con la mano derecha y puso el brazo en alto.  Lalito enseguida intentó escalarlo.  El asaltado bajó el brazo y escondió la libreta en otro bolsillo.  Tras unos segundos de duda, el explorador la descubrió de nuevo; el otro, la defendió.  Lalito tiraba con todas sus fuerzas; el otro, la sostenía con dos dedos, en un prudente esfuerzo por evitar que su amada libretita terminara de nuevo en las fauces de aquel pequeño devorador.  Sus papás, acostumbrados ya a tanta actividad, sólo sonreían.  El visitante, solo ante el peligro...

 

La guerra duró varios minutos.  El esfuerzo de Lalito fue evolucionando y cobrando intensidad en gestos faciales, ruidos de garganta y ritmos de respiración que dejaban muy claro que su lucha iba en serio y que no cedería un milímetro.

 

Finalmente, el enemigo –es decir, el amigo de la familia– se rindió…  Aflojó aquellos dos grandes dedos que sostenían la preciosa libretita, y todos los malos gestos de Lalito se transformaron súbitamente en alegría desbordada.  Y el niño disfrutó como nunca de aquella joya de papel que tanto había costado...

 

Algo parecido sucede a veces entre el alma y Dios.  Nosotros que queremos algo de Él, y Él que se toma su tiempo, tan distinto al nuestro.

 

Ciertamente hay muchas gracias que Dios, de entrada, nos regala aunque no se las pidamos: un día más de vida, una alegría imprevista, un empujón para ayudar a algún prójimo en necesidad…  Pero también hay otras gracias que se deben luchar y que hay que arrancar de las manos de Dios.  Si no las luchamos, Dios, al ver tan poco interés, no las soltará.

 

Sí, en cierto sentido, se trata de una batalla con Dios.  Sabemos que somos pequeñísimos y que nuestras fuerzas son minúsculas, pero el Señor siempre se conmueve cuando nos ve luchar.  Es un Dios que sabe dejarse ganar por un alma que lucha las gracias como aquel bebé luchaba la libretita.  Se puede comprobar en el Evangelio (Lc. 15, 21-28).  De en medio de la gente, aquella señora cananea pidió ayuda a gritos para que Jesús atendiera a su hija atormentada por un demonio.  Nada.  Ni siquiera la intercesión de los apóstoles, que se quejaban del volumen de los gritos, funcionó: Jesús dos veces dijo que no y explicó sus razones.  Se estaba librando, en cierto sentido, una auténtica batalla campal entre Jesús y esta buena alma.  La persistencia de esta señora, su amor de madre y los argumentos que usó fueron tan increíbles que el corazón de Jesucristo se conmovió y se rindió finalmente ante aquella fe tan luchada.

 

A veces, nuestro problema es que pedimos con fe pero agregamos una cláusula a nuestra oración: “te advierto que si en cinco minutos no me das lo que te pido, te dejaré de hablar dos meses por lo menos”.  O aguantamos dos días, pero al tercero nos cansamos y dejamos de insistir.

 

Otras veces, el problema es que le exigimos a Dios una cosa como si de un derecho constitucional se tratara.  Y hasta amenazamos al Dios Todopoderoso con demandarle al tribunal supremo de justicia…

 

En otras ocasiones, el problema está en lo que pedimos.  Y es que hay cosas que si Dios nos las diera, dañarían nuestra alma, y eso nunca lo permitiría.  Si el objeto de lucha de aquel bebé hubiera sido un alacrán en vez de la libretita, aquel visitante nunca se lo hubiera dado.

 

También puede pasar que le pedimos algo que sólo alimentaría más nuestro egoísmo: Aquel típico favor que le habíamos pedido de ganar la lotería y que lleva años sin cumplir.  O que ya es hora de que mueva sus influencias para que podamos pagar toda la hipoteca.  O que extermine a todos los mosquitos del mundo que tanto molestan por las noches.  O que cambie al vecino que se comporta tan mal, o al jefe por lo insoportable que es en la oficina.

 

El problema también puede estar en que sólo pedimos, y pedimos.  Y a Él, no le dejamos que nos pida nada.  Y si llega a ocurrírsele la peregrina idea de pedirnos algo:  ¡Ah, no! Le decimos que no se vale, que para qué quiere eso, que mire usted que no le hace falta… Y hasta nos enfadamos con Él.  O rápido cambiamos el tema.  Como cuando Dios nos cuestiona si realmente estamos siendo generosos y sentimos que no.  O cuando nos pregunta algo sobre ese defecto tan nuestro que sería bueno combatir.  O cuando nos sugiere que perdonemos esa injuria que tanto nos dolió.  O cuando se le ocurre que podríamos hacer ese favor que pidió tal persona y que de entrada negamos tajantemente.  O cuando nos llama a ser menos egoístas, menos soberbios, menos vanidosos.  O cuando nos recomienda huir de esa tentación que tanto daño nos está haciendo por no resistirla.  O cuando insiste en que pongamos en sus manos ese pecado que escondemos, para que lo pueda Él destruir con su gracia.  O cuando nos exhorta a dar generosamente ese paso de más que nos da miedo.  O cuando nos sugiere la loca idea de dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo…

 

Pidan y se les dará; busquen y hallarán; toquen y se les abrirá.

 

Conviene dejar constancia también de que aquella libretita azul no fue devorada.  Lleva en el espiral una leve cicatriz de aquella singular batalla, pero sigue siéndole útil a su primer y legal propietario.