Liturgia y tecnología: del micrófono en el altar a la oración on line del «avatar»

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¿Existen los sacramentos en internet? ¿El «networking» es una experiencia eclesial de comunión? ¿La liturgia puede ser reproducida técnicamente en el mundo digital? ¿Se puede participar en eventos litúrgicos mediante una presencia virtual? A estas interrogantes da respuesta un artículo publicado por Antonio Spadaro en La Civiltà Cattolica (cf. «Liturgia e tecnología», 16 de abril de 2011, p. 107-120).

Como refiere el autor, no se trata de un texto basado en especulaciones abstractas sino en hechos concretos en ámbito telemático como la de Stephen C. Rose quien en 1997 puso on line el texto de una «cyber-eucaristía» según la cual la persona que estaba detrás de la pantalla, teniendo pan y vino consigo, debía recitar en voz alta una serie de textos para hacer su «consagración» virtual. Más recientemente el metodista Tim Ross lanzó una iniciativa en Twitter para hacer una experiencia de «comunión» (tratamos este tema en «Primera “misa” por Twitter», Análisis y Actualidad, boletín telemático n. 44, año IV, 5 de octubre de 2010).

El artículo de La Civiltà Cattolica inicia recordando el cambio que supuso la aparición y llegada del micrófono al altar: «una vez la atención debía necesariamente estar puesta en el «ambiente» creado por la liturgia, en su contexto, compuesto por sonidos, colores, perfumes, orientaciones, objetos, movimientos […] Con la llegada del micrófono y su presencia sobre el altar, la asamblea entra en relación inmediata con quien habla, con el celebrante que se dirige directamente y con claridad».  Partiendo de la «revolución» que supuso la intromisión del micrófono en la liturgia, el padre Spadaro señala que las preguntas que la cultura digital está poniendo a la liturgia ya estaban en cierta medida presentes anteriormente y sólo se han ido desarrollando ulteriormente con consideraciones en torno a la radio, la televisión y ahora a internet.

El último punto de inflexión lo ha supuesto Second Life (véase nuestro artículo «Second Life: una «segunda vida», una misma ética», Análisis y Actualidad, boletín telemático n. 4, año V, 14 de diciembre de 2010) donde no sólo hay «avatares» (usuarios con otra «personalidad» en el ambiente del así llamado Massive Multiplayer On Line Role-Playing Game) sino también simulaciones de catedrales como la de Notre Dame o la basílica de san Francisco de Asís, donde además se ofrecen «servicios litúrgicos».

En este contexto nace la pregunta, «¿Un avatar puede participar en un evento de oración, que presupone un acto de fe, para él improbable? ¿Es posible que también los avatares vivan una forma de oración común considerada como litúrgica? ¿Es posible pensar en una celebración eucarística virtual donde los avatares reciban las especies eucarísticas de manera simulada?».

Puestas esas cuestiones, se recuerda el párrafo mundialmente conocido del famoso documento magisterial de la Iglesia dedicado a internet («La Iglesia e internet», del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, 28 de febrero de 2002): «La realidad virtual no sustituye la presencia real de Cristo en la Eucaristía, ni la realidad sacramental de los otros sacramentos, ni tampoco el culto compartido en una comunidad humana de carne y hueso. No existen los sacramentos en Internet; e incluso las experiencias religiosas posibles ahí por la gracia de Dios son insuficientes si están separadas de la interacción del mundo real con otras personas de fe. Este es otro aspecto de Internet que requiere estudio y reflexión. Al mismo tiempo, la programación pastoral debería considerar cómo llevar a las personas desde el ciberespacio hasta una auténtica comunidad y cómo podría luego usarse Internet, mediante la enseñanza y la catequesis, para apoyarlos y enriquecerlos en su compromiso cristiano».

«Liturgia e tecnología» no se conforma con una citación de autoridad. Ahonda en el porqué y quizá sea ésta una de sus principales aportaciones: «el concepto de «sacramento virtual» en sentido estricto  se fundaría sobre el hecho que sería un avatar quien recibiría la gracia de Dios, y ésta se transferiría a la persona de la cual es extensión. Está claro que detrás de este pensamiento está la idea reductiva que recibir un sacramento  signifique sustancialmente estar implicado simplemente de modo psicológico en un evento, sea real o virtual. El pathos toma el lugar del logos. En este sentido, pan y vino, así como el agua en el caso del bautismo, serían todos elementos accesorios y al final privados de relevancia» (aunque no aparece en el texto original, es interesante la profundización que sobre las especies del pan y del vino hizo Benedicto XVI en la homilía del Corpus Christi de 2006. Se puede ver en el siguiente enlace; n.d.r.). Haciendo la distinción entre «sacramento virtual» y «devoción digital», el autor refiere, sobre lo segundo, que queda abierto ese camino «que puede estar, en algún modo, ligado a las varias formas de «comunión espiritual» de siempre».

De Second Life pasa a las redes sociales. Se trata de un apartado relevante pues dado su uso masivo, las redes sociales parecen sugerir –o al menos inducen– en muchos la identificación entre experiencia de comunión eclesial y «networking».

Subrayando que la Iglesia no es «the ultimate social network», aborda las posibilidades de «compartir»  -en cuanto experimento- mediante redes sociales, advirtiendo del riesgo de la ambigüedad si ese compartir es realizada durante la celebración misma, además de que puede tomar una deriva que cancele en definitiva el verdadero sentido de eclesialidad. Por eso, «Queda discutible el sentido de la participación como «tomar parte» a una celebración (el caso de la misa, por ejemplo, n.d.r.) que no es absolutamente reducible a su componente psicológico o a la «excitación» en la cual algunas veces se transforma el sentido de la participación en un videojuego».

Sobre la liturgia y su «reproducibilidad técnica», se pone la interrogante de si esto es posible o, mejor: «si la liturgia en red es un evento litúrgico o una «reproducción tecnológica». La pregunta no es superficial: la así llamada tecnología touch, táctil, facilita hacer más tangible la experiencia de interacción. Y a esto se añade el acceso de interconexión que permite el wireless casi en todos los lugares.

Este «problema» queda resuelto en los siguientes términos: «en realidad el evento litúrgico no es jamás «técnicamente reproducible» de algún modo, porque incorpora en el hic et nunc en que viene celebrado en manera irreproducible la acción del Espíritu Santo que hace presente y actualiza el Misterio de Cristo». Por tanto, «las proyecciones electrónicas “carecen de la capacidad de comunicar a nivel de la palabra, acción y percepción física natural para aquellos que están físicamente presentes” y producen  por tanto una “presencia limitada”».

Es en este momento cuando el padre Spadaro recuerda la objeción que en este ámbito presentó el Secretariado para la Liturgia de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos que vino a decir que es necesaria la presencia física de toda la persona y no sólo una imagen o idea digitalizada. Detrás de esto está la consideración de que «la realidad del evento litúrgico no es reducible a la información que tenemos de él […] La compleja «ecología» del rito es fundamental para su significado, que no se transfiere tout court en la «economía» de los procesos informativos, de los media y de las «máquinas» en general, por cuan sofisticadas sean».

La última parte del artículo queda reservada al punto «el evento litúrgico: entre presencia virtual e interfaz gráfica» que, en palabras del autor, es el núcleo problemático de la cuestión, es de carácter metafísico y conduce a ser mejor comprendido en el plano teológico: «el verdadero núcleo problemático parece dado del hecho que la existencia «virtual» parece configurarse con un estatuto ontológico incierto: prescinde de la presencia física, pero ofrece una forma, a veces también vivida, de presencia social. Esa, es verdad, no es un simple producto de la conciencia, una imagen de la mente, pero no es tampoco una res extensa, una realidad objetiva ordinaria, también porque existe solamente en el pasar de la interacción. Se abre delante a nosotros un mundo «intermediario», híbrido, cuya ontología sería indagada mejor en vista de la comprensión teológica». En otras palabras, se trata de un cortocircuito entre «virtual» y «espiritual» en la idea de que lo «espiritual» está opuesto a la «físico». Conviene recordar, como hace se hace en el artículo, que «La gracia teológica así concebida queda en el riesgo de convertirse sí en un bien, pero «de consumo», es decir, una «comodidad», mientras la celebración litúrgica es un hecho de gracia y no de «gratificación». Y para que la gracia quede en la lógica que le es propia es necesario que el «partir el pan» sea un evento en el cual se participa físicamente […]».

La oportunidad, actualidad y originalidad de este artículo se enmarca en un periodo en que, cada vez más, la costumbre propiciada por la facilidad de acceso a lo «digital» permea el modo de relación y percepción por parte del hombre respecto a sí mismo, al mundo y a Dios. Las respuestas ofrecidas por el padre Spadaro no sólo son satisfactorias sino también amenas, interesantes, fáciles de entender y dan pie a ulteriores profundizaciones como la sugerida con el tema de la «devoción digital» y su puesto en el ámbito general de la piedad popular.