Ley moral y la libertad

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

"Aquel que evita el mal, no porque es un mal sino porque es un precepto del Señor, no es libre, por el contrario, el que evita un mal porque es un mal, ese es libre...." (Tomas de Aquino). El que hace o deja de hacer las cosas por miedo, aunque sea por motivos religiosos, está dentro de una esclavitud. Algo parecido le ocurre al que tiene un vicio, no puede dejar la “droga” que le engancha. Así, el que obra el bien por temor servil, su conciencia le impide hacer el mal que quiere hacer, como se lamentaba alguien: “lástima, porque todo lo que me gusta es pecado o engorda”. Y me decía una persona: “¿Tengo que dejarme guiar por mi conciencia, o bien por la ley divina?, ¿o es que lo que me dicta mi conciencia sobre lo que está mal o bien es realmente la ley divina? Y si hay cosas que dice la Iglesia que mi conciencia las ve de otra forma, ¿que debo hacer para actuar con libertad? ¿Por qué tengo sentimientos de culpa con actuaciones que no son malas?”
Pienso que hemos de corregir deformaciones de la conciencia, que en muchas cosas la gente está hecha un lío; proclamar que los preceptos no son lo primero: el Evangelio de Jesús no juzga… anima y comprende; no esclaviza y se salta las normas que hagan falta (el “sábado” está para el hombre…), la raíz de la nueva plenitud de vida que Cristo nos trae es el amor: "cuanto mayor caridad tiene alguien, más libertad posee... La Nueva Ley también se puede llamar ley del amor, o ley de libertad”. El racionalismo nos encarcela a la norma, y es en lo que hemos sido educados, sin leer a Santo Tomás y la tradición de la Iglesia. No hay que oponer Gracia-Espíritu Santo a preceptos. La persona con conciencia bien educada sabe que la gracia humaniza, no pasa "por encima" del hombre, sino que perfecciona su inteligencia, voluntad y afectividad y llega a ser su propio "instinto" sobrenatural de acción: enseña lo que conviene hacer de modo bueno. La Ley de Cristo es principalmente la gracia del Espíritu Santo, y secundariamente los preceptos, y en estos lo importante es el espíritu y no la letra, que ella sola mata (cf. 2 Cor 3,6), si no está vivificada por la gracia. El dinamismo de la moral cristiana se resume en estas dos definiciones del Aquinate: "Principalmente la nueva Ley es la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que opera por la caridad”; y "la Ley del Espíritu es un efecto de la presencia del Espíritu Santo, es decir la fe que opera por el amor”. Las enseñanzas de la Iglesia y preceptos morales están así en íntima unidad con la luz interiorizada en el alma; como lo están la invitación divina a la libertad y a la santidad. Por amor, no nos conformamos en poco, haremos muchas cosas sin que estén mandadas, según el querer y modo de ver de cada uno, su prudencia. El centro de la vida cristiana es así un “dejarse llevar” según esa fuerza interior del amor-libertad (Romanos 8,14).
Para explicar esto, se habla de la “opción fundamental”: la vida moral
consiste sobre todo en una actitud, que no cambia por un acto aislado (que sin duda influye en la actitud, y al revés). Tiene de bueno que pone el acento en las motivaciones pero no me gusta la expresión: en el fondo se sigue así queriendo controlar, manipulando la libertad diciendo desde fuera qué es lo correcto, pienso ayuda más el dicho agustiniano de «Ama y haz lo que quieras. Dentro está la raíz de la caridad. No puede brotar de ella mal alguno». Debe de haber preceptos, también porque el bien común de una sociedad los exige, pero la fidelidad es sobre todo a ley (de amor) grabada en el corazón, y ahí está nuestra dignidad, lo que lleva paz y justicia a todos, la alegría.