La mortificación interior

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La mortificación interior se encamina a poner orden en las facultades del alma y en los sentidos internos, de modo que se busque sólo agradar al Señor. Hemos de esforzarnos por ordenar a Dios la inteligencia y la voluntad, la memoria y la imaginación, los afectos... Dios nos dice: “Piensa en mí”.
El hábito de la mortificación interior se logra a base de repetir muchos actos concretos de abnegación, bajo el impulso de la gracia. Muchas son las manifestaciones de este ejercicio ascético. San Josemaría Escrivá recogió algunas en Camino: “Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior.” (Camino, n. 173).
La memoria es un gran bien pero hay que purificarla. En ella almacenamos experiencias pasadas y a veces, por una desviación, el hombre tiende a cerrarse sobre sí mismo en lugar de abrirse al Creador. La memoria guarda sucesos que hacen referencia al propio yo y que pueden ser un estorbo para la unión con Dios. “Yo quisiera —escribe el Doctor místico— que quieren desear tener vida interior entiendan de una vez por todas cuántos daños les causan los demonios en el amor por medio de la memoria (...), cuántas tristezas y aflicciones y gozos vanos les hacen tener (...) y cuántas impurezas les dejan arraigadas en el espíritu. Además, suele distraer del verdadero recogimiento, que consiste en poner toda el alma, según sus potencias, en el único Bien...”[1].
En la memoria, si no la purificamos, tendemos a conservar los agravios, los éxitos y los fracasos, los desaires y humillaciones, y toda una serie de recuerdos que nos impiden el diálogo con Dios. Hay que limpiarla de todo lo que no nos lleve a Dios. Hay que llenarnos de Dios, endiosarnos.
Nos toca refrenar la lengua. “Si alguno se considera hombre piadoso, pero no refrena su lengua, engañando de ese modo a su corazón, su religiosidad es vana” afirma el Apóstol Santiago (Iacob 1, 26). Y San Juan Crisóstomo explica que “la lengua es un regio corcel. Si le pones freno, si le enseñas a caminar a buen paso, sobre ella montará y se sentará el rey; pero si la dejas que corra sin freno y que retoce a su placer, entonces se convierte en vehículo del diablo y los demonios” (In Matthaeum homiliae, 51, 5).
Hay que respetar a los demás, buscar lo que une, no lo que desune. Además, hay que suspender el propio juicio cuando no nos toque juzgar.
Existe una curiosidad sana, un deseo recto de conocer más profundamente la realidad (Santo Tomás la llama estudiosidad). Pero hay otra curiosidad que requiere la purificación de la inteligencia; la curiosidad no ordenada lleva a la disipación de la mente. Lleva a leer cualquier libro, a asistir a cualquier espectáculo, a abrir cualquier página de internet.
Mortificar el oído para no escuchar de más o de menos. Para rendir el propio juicio resulta imprescindible aprender a escuchar y esforzarse por captar las razones que nos dan. La disposición a rectificar el propio juicio es necesario para aprender a obedecer como Cristo.
Con las mismas circunstancias, con las mismas dificultades hay gente que es santa y gente que no. Ahí tenemos el ejemplo de los dos ladrones junto a la Cruz de Cristo. Pilar Urbano lo explica así: Estas dos cruces, a derecha e izquierda, son la imagen más expresiva de la Igualdad de oportunidades. La misma cercanía, la misma intimidad, el mismo tormento, la misma percepción de la figura sufriente de Cristo. Pero cada hombre es cada hombre y hace su real gana en el envite de la libertad” ( La Madre del ajusticiado, p. 43). Y continúa: “El corazón de Cristo, propicio a dejarse ganar por una brizna de afecto. Una mirada comprensiva, un gesto amable, una palabra que no sea de escarnio, cualquier menudo consuelo bastaría. Es la hora de los buenos oportunistas. Es la hora de desvalijar a Cristo que quiere ser expoliado. ¡Quiere! Y va a ser Dimas, bandolero y ladrón, quien aproveche la coyuntura. Avispado, rápido, va a emplearse a fondo con la destreza de su oficio (...). Será el primer cristiano que entre en la gloria. El único hombre en el mundo canonizado en vivo y por el propio Jesucristo: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23,42).” (p. 41).
Y continúa:
“Siempre habrá cruces criminales y cruces de martirio.
Siempre habrá cruces de blasfemia y cruces de paraíso.
Se puede llegar a la cruz —a cualquier cruz— como un canalla y morir en ella como un santo. Un instante de contrición borra toda una vida de depravación” (op. cit. p. 43).
No es malo que existan obstáculos, sino que les demos demasiada importancia. Decía San Josemaría Escrivá: “Mirad que el Señor suspira por conducirnos a pasos maravillosos, divinos y humanos, que se traducen en una abnegación feliz, de alegría con dolor, de olvido de sí mismo. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo. Un consejo que hemos escuchado todos. Hemos de decidirnos a seguirlo de verdad: que el Señor pueda servirse de nosotros para que, metidos en todas las encrucijadas del mundo —estando nosotros metidos en Dios—, seamos sal, levadura, luz. Tú, en Dios, para iluminar, para dar sabor, para acrecentar, para fermentar.
Pero no me olvides que no creamos nosotros esa luz: únicamente la reflejamos. No somos nosotros los que salvamos las almas, empujándolas a obrar el bien: somos tan sólo un instrumento, más o menos digno, para los designios salvadores de Dios. Si alguna vez pensásemos que el bien que hacemos es obra nuestra, volvería la soberbia, aún más retorcida; la sal perdería el sabor, la levadura se pudriría, la luz se convertiría en tinieblas”. (Amigos de Dios, 250).