¡Jesús ha resucitado! Aleluya, aleluya, aleluya, aleluya.

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El Sábado Santo por la tarde vi parte de la película La Pasión, tratando de hacer oración mientras la veía. Después cené y marché a San Torcaz, un pueblo a las afueras de Alcalá. La ceremonia que viví (y espero que viviéramos todos) me acercó a Cristo, a su misterio, a la realidad de su resurrección como verdad vivificante que se hace realidad de gracia hoy que escribo estas líneas.

El cirio lucía esplendoroso en su digno pie de madera. Era un cirio que todo él parecía desprender luz. Un cirio pesado que parecía una columna, el más grande que he tenido desde que soy sacerdote. Plantado en mitad del presbiterio, con preciosas flores rodeando su base, era toda una proclamación de que Cristo estaba en medio de nosotros.

Entre las cosas graciosas ocurrió que le dije a un monaguillo que pusiera brasas de la hoguera en el incensario. Al monaguillo le pareció que ésa era una buena ocasión para además de brasas, añadir incienso. Y para una vez que ponía incienso no iba a quedarse corto. Madre mía, ¡cuánto incienso debió poner! El templo entero se llenó con una nube olorosa que como una niebla londinense invadió todo hasta el último banco.

El monaguillo veterano tenía cara de pillo. Eso sí, leyó la epístola con la consumada seguridad de un profesional de la lectura. El monaguillo tenía tablas, se veía. Hubiera podido hablar ante dos mil personas con la misma serenidad con que lo hubiera hecho en el salón de su casa.

Después de la misa, el chocolate. Doce kilos de chocolate y abundantes bizcochos. La verdad es que el chocolate estaba muy rico. No quise añadir más calorías con el bizcocho.

Qué bonita es la Vigilia Pascual. Yo lo siento por los que no creen. Los que viven sin fe en Jesús, se están perdiendo lo mejor de la vida.