Iglesia y Estado ¡Autoridad Divina… autoridad humana¡

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IGLESIA Y ESTADO  ¡Autoridad Divina… autoridad  humana¡  

Tashia Gutiérrez de Vallenilla

Uno de los temas en que el Concilio Vaticano II repite la tradición de la doctrina es el tema del origen y fin de la autoridad. No es en el documento de “Gozo y esperanza” donde aparece, sino en el documento sobre  “declaración de libertad religiosa”. No deja de ser extraño que no aparezca en el capítulo de la comunidad política de la Iglesia en el mundo actual. Porque se trata de textos escriturísticos, como el de Pablo (Rm 13,1-5): “no hay autoridad que no venga de Dios”, y según la interpretación del experto, seguramente para no ofrecer pretextos religiosos para un uso incondicionado del poder por parte de las autoridades públicas. Se mantiene la tesis de que el origen divino del poder no contrasta con el deber de resistir a las órdenes injustas. La misma constitución “Gozos y esperanza” también enseña que se puede resistir a los abusos de autoridad, pero las motivaciones son más débiles en la medida  misma en que se había debilitado la afirmación de las relaciones entre la autoridad humana y divina.  Sin embargo, en la encíclica de SS Juan XXIII “Pacem in terris”, se expresa claramente: “Los gobernantes, por tanto, sólo pueden obligar en conciencia al ciudadano cuando su autoridad está unida a la de Dios y constituye una participación de la misma”(n. 42). Lo mismo vemos en otras encíclicas de los siguientes Papas. En cuanto al fin de la autoridad, el Concilio se atiene a la doctrina de la tradición, señalando el bien común como fin. En términos evangélicos, y conforme a la tradición, la respuesta no es dudosa. No hay ningún bien humano, temporal, que pueda sustituir al bien común. Sin embargo es necesario señalar que, o se reinterpreta el bien común o hay  que mantener la doctrina, so pena de que pueda ser malinterpretada por los hombres del poder no cristianos, como justificación de sus abusos de autoridad. Sin negar la autonomía de las realidades terrenas, el Concilio declara “... la dignidad de la autoridad política es la dignidad de su participación en la autoridad de Dios” (n. 42). Son de especial interés y atención tres postulados emanados del  Vaticano II en el contenido de las relaciones Iglesia-Estado. La tesis fundamental que preside en todo el documento de la Iglesia en el mundo actual, no es otra que la separación de la Iglesia frente al Estado. Como consecuencia del principio renovador anotado, se perfilan tres postulados en los que pueden incidir diversas interpretaciones: a) Autonomía de lo temporal; b) Pluralismo de las opciones temporales; c) Diversidad de compromisos políticos del cristiano. Con el largo período de secularización, desde la Ilustración a nuestros días, se han producido unos reajustes en el modo de presentarse la Iglesia ante las realidades terrenas. En el Vaticano I, la Iglesia declaró la autonomía de las ciencias en sus tesis y en sus métodos. En el Vaticano II, la Iglesia vuelve a ampliar la autonomía a los valores humanos, que engloban las realidades políticas, económicas y sociales. El Vaticano II ha proclamado que “la autonomía  de la realidad terrena… responde a la voluntad del Creador”.  La razón del valor inherente a toda la humanidad está en el orden como Dios creó el universo. En otras palabras, no ha podido derogar el valor sustancial de la obra de la creación en la doctrina cristiana, a la que no afectó la corrupción del pecado como afectó la vida moral de los hombres. El texto conciliar confirma “Todo lo que constituye el orden temporal: bienes de la vida y familia, la cultura, la economía, las artes y las profesiones, las instituciones de la comunidad política… no son sólo medios para el fin último del hombre, sino que tienen, además, un valor propio puesto por Dios en ellos…” La misión de la Iglesia, que engloba el orden temporal, debe respetar la autonomía de este orden y dejar bien claro que el orden cristiano da a toda la realidad profana un nuevo significado salvador, pero sin renunciar a los contenidos propios religiosos, sobrenaturales, De tal manera, los pueblos aspiran a una institucionalización democrática y una participación en la política, y, no obstante la Iglesia afirma que su jerarquía tiene otro origen y otras finalidades que le vienen por su origen divino. En este sentido no es aceptable el clericalismo de otros tiempos, y tampoco las recientes manifestaciones de teólogos de cierta democratización de la Iglesia, en nombre del progresismo