El hombre de fe ve en todo la mano de Dios


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Sabemos que el universo es el mejor libro para estudiar a Dios, sabemos que la bóveda del cielo en una noche estrellada es el mejor claustro para hacer oración. Hemos escuchado la infinitamente bella sinfonía de las flores, de las estrellas, del paisaje, de los amaneceres, de las noches de luna precedidas de crepúsculos perfumados con la pureza de las flores silvestres; a los que poseemos el don de la fe todo esto nos da un auténtico sentido de seguridad personal, un equilibrio y una armonía casi perfecta en ese otro pequeño infinito universo de nuestro humilde ser.

Pero con qué mirada tan diversa analizan el mundo los que viven sin fe; ni las flores, ni las estrellas, ni el paisaje, ni el alba, ni el crepúsculo, ni las noches de luna les dicen algo en su alma. Viven soñando en su grandeza, poseídos de su autosuficiencia, esforzándose por crear cada día fuentes de felicidad y armonía personal, hasta que una mañana o una noche se dan cuenta de que no son realmente felices, porque en el universo de su ser hay algo que rompe la armonía, dejándolos con un vacío inconmensurable. No pueden apoyarse en su inteligencia, ni en su belleza, ni en sus placeres, porque todo ello es una sombra inconsistente. Ríen y ríen, pero nada más, porque la risa no sólo es símbolo de felicidad, sino también máscara de tragedia. Contemplan sin cambio de ritmo los días y las noches, las estaciones y los años. Su alma creada para lo infinito no tiene más salida que anclarse en la monotonía de lo existencial, en el descanso aparente, en la indiferencia, la tolerancia, la pasividad, el disgusto y la íntima amargura.