Gracias por ser mi esposa

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Hoy es el “Día Internacional de la Mujer” y todo mundo se preocupa por hablar “por las que no tienen voz”; por decir todo lo que es necesario y urgente decir, a favor de las mujeres maltratadas. Muchas organizaciones de la sociedad civil acaparan los reflectores para salir en defensa de las mujeres campesinas. Algunas otras agrupaciones lo hacen para “pelear”, ya sea, derechos inventados o, simplemente, generar condiciones de efervescencia social a nombre de las mujeres.

 Y aunque nadie me lo ha solicitado, yo quiero celebrar ahora el Día Internacional de “Gracias por ser mi Esposa”. Y quiero hacerlo en esta forma, porque, por lo menos, en los últimos 300 años, nunca he oído a Paty Chapoy dedicarles un programa; o a la Sánchez Azuara hablar sobre ellas como tema central. Vamos, ni siquiera Andrés Oppenheimer, Leo Zuckermann, el Gabo o Vargas Llosa se han tomado la molestia de ponerlas en el centro de su atención.

 ¿Razones para decir hoy “Gracias por ser mi Esposa”? Hay un montón, y no es por destacar la importancia de zurcir calcetines, una buena cena o la camisa planchada para hacer lucir al marido como si fuera el George Clooney  de cada día. Va mucho más lejos mi homenaje.

MIS RAZONES

 Gracias por ser mi esposa, porque desde que aceptaste serlo, te convertiste en la catapulta de mis sueños y en el soporte técnico de mis esperanzas.

 Gracias por ser mi esposa, porque sólo tú sabes entender el valor de las lágrimas de papá, cuando parece que todo se me ha puesto en contra y todo sale mal en el trabajo.

 Gracias por ser mi esposa, porque tus silencios y la penetración de tus miradas, me han enseñado que nuestros hijos no son “ejecutivos CEO en entrenamiento”, sino que son sólo eso, angelillos que se llenan de tierra los zapatos y que gozan de la lluvia cuando acaricia sus sonrisas, porque tienen toda una vida por delante para ponerse serios.

 Gracias por ser mi esposa, porque tus manos tienen el don extraordinario de calmar tormentas y vencer al más vigoroso e insistente de los insomnios de un padre.

 Gracias por ser mi esposa, porque cuando no estás en casa –porque lo aceptes o no, eres el centro de todo y de todos- eso se vuelve un aquelarre y un verdadero “des-madre”, que significa tu ausencia, tu presencia, tu toque mágico y tu aroma a genialidad.

 Gracias por ser mi esposa, porque esa forma tan tuya de ver cada mañana y su correspondiente atardecer, se ha convertido en la mejor pedagogía y el mejor texto, en donde aprendemos diario a amar a Dios y a quienes nos rodean.

 Gracias por ser mi esposa, porque tu filosofía de lo importante, me ha mostrado la trascendencia del perdón y la justicia, poniendo siempre en la palestra magistral, que al lado de toda justicia, siempre va aparejada la misericordia.

 Gracias por ser mi esposa, porque a pesar de tu agenda repleta de compromisos, recordatorios, traslados, listas de pendientes y un  horario intenso, tienes la delicadeza y la sutil enseñanza de regalarme en un detalle envuelto con un beso, la esperanza de que mañana, gracias a Dios, será un día mejor.

 Gracias por ser mi esposa, porque tu fe en mí y tu tremendo espíritu de lucha y de guerrera, siguen siendo la fortaleza de mi alma para apuntar más allá de lo imposible.

 Y si alguna de mis hermosísimas lectoras ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, le agradecería sus comentarios a mi correo electrónico, porque eso me hará escribir sobre un tema paralelo: los muchos méritos que tenemos que hacer y seguir haciendo los maridos, para ser, ante Dios, dignos de llamarnos “tu esposo”.