Fiesta litúrgica de Juan Pablo II

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

El 22 de octubre de 2011 se celebrará por primera vez (en los lugares previstos) la memoria litúrgica del beato Juan Pablo II. Se cumplen a la sazón 33 años de que pronunció aquella memorable homilía en el inicio de su pontificado, cuyo estribillo “no tengáis miedo” bien puede considerarse el leitmotiv de su servicio a la Iglesia. Sobra decir que continúa gozando de plena actualidad su invitación de “abrir de par en par las puertas a Cristo”; las puertas de la sociedad, de los sistemas políticos y económicos. A 33 años es aún más urgente su llamado, cuando un laicismo ambiental imperante busca amordazar cualquier manifestación pública o social de la fe, condenándola a la irrelevancia, en la esfera de los buenos sentimientos y nada más.
La misión de Juan Pablo II en las proféticas palabras del cardenal Wyszynski consistía en “introducir a la Iglesia en el nuevo milenio”. La cumplió: llena de esperanza y de confianza en Cristo y en su pastor visible aquí en la Tierra, la Iglesia cruzó el umbral del nuevo milenio, simbolizado en la “Puerta Santa” de la basílica de San Pedro. Pero, como todo en esta vida, no basta cruzar, comenzar un nuevo camino: es preciso recorrerlo día a día, renovar las esperanzas, no perder el rumbo. Ya en los comienzos de ese nuevo milenio, tan ansiosamente esperado, las sombras se cernieron de nuevo en el horizonte de la Iglesia y del mundo: terrorismo, guerras, escándalos irrumpieron abruptamente, quizá para despojarnos violentamente de las alegres esperanzas que embargaban nuestras almas, mostrándonos de nuevo que el lado más oscuro del hombre seguía ahí.
Es ese contexto se sitúa la celebración del próximo día 22, que cíclicamente se repetirá año con año, de forma que Juan Pablo II no sea un bello recuerdo del pasado, y su proyecto una bella gesta fallida. Ese Papa tan amado acompaña de una nueva forma a esa Iglesia y a esa humanidad doliente, que vacilante y dudosa se introduce en las turbias aguas del nuevo milenio. Precisamente el sentido de la liturgia es volver a hacer presente una determinada realidad; no se identifica con el recuerdo de un “glorioso pasado”, ya acontecido, sino con la gozosa celebración de un presente prometedor. Las beatificaciones y canonizaciones en ese sentido no son una especie de “altar de la memoria”, para no olvidar el pasado; por el contrario transmiten la confianza de que el pasado está vivo en el presente y nos impulsa con decisión hacia el futuro.
Juan Pablo II, que cansado y sufriente introdujo a la Iglesia en el nuevo milenio, ahora, a través de la liturgia, acompaña a esa Iglesia y a esa humanidad para que pueda colmar las expectativas que se había formado, para que no se resigne a verlas condenadas al fracaso, ni rehúya el esfuerzo que exige buscar su cumplimiento. En efecto, los beatos y los santos no son figuras del pasado (como podrían serlo los héroes nacionales), dignas de admiración y emulación, pero definitivamente pasadas. La maravilla de nuestra fe nos muestra que son también actores y protagonistas del presente: a través de su intercesión están incluso más activos que antes, porque ya no están limitados por las estrecheces y precariedades de nuestra naturaleza espacio-temporal, ya han entrado a un nuevo horizonte, el escatológico.
La Iglesia, la humanidad, el mundo, no navegan en solitario hacia su destino y consumación; la historia profana de la humanidad y de la Iglesia se entrelazan inextricablemente con la historia de la salvación. La Providencia juega con la variable de la libertad humana, y conduce inexorablemente a la humanidad hacia su consumación. En ese empeño muchas veces los protagonistas más importantes no se ven, ni los eventos esenciales son los más notorios. Por eso la Iglesia, y muchos hombres de buena voluntad que sin pertenecer a ella recuerdan con cariño a un Papa que se batió valientemente por la humanidad y los derechos humanos, celebran con alegría el 22 de octubre. Juntos intuyen que ese hombre, que compartió codo con codo los avatares y sufrimientos del mundo contemporáneo, no nos abandona a nuestro destino ahora que goza de Dios; sino que en Dios ahora está más cerca de cada uno de nosotros, impulsándonos a recorrer con garbo los pasos de la historia del nuevo milenio, que a cada uno de nosotros nos toca escribir.