Festejo histórico

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Esto sí es noticia, mis estimados lectores. En el Aula Pablo VI del Vaticano, repleta por la presencia de unos 7,500 peregrinos para celebrar el miércoles de Ceniza -era el 22 de febrero de este feliz año 2012-, el Papa Benedicto XVI dio una bienvenida especial a los fieles ahí presentes del Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham. Se trata de antiguos anglicanos, hoy fieles de la Iglesia católica acogidos en grupo según las normas más recientes. No era fácil medir la profunda alegría de estos peregrinos en Roma, recién llegados a la Iglesia católica, así como la del Papa que los está acogiendo en casa.

Este Ordinariato -erigido el 15 de enero  2011 en el territorio de Inglaterra y Gales-, es el primero establecido para los grupos de sacerdotes y laicos anglicanos que desean entrar en plena comunión con la Iglesia católica. El nuevo Ordinariato tiene la advocación de Nuestra Señora de Walsingham y como patrono al nuevo beato John Henry Newman. El domingo de Pascua 2011, cerca de 1.000 fieles laicos anglicanos se incorporaron a este marco jurídico; y en Pentecostés se ordenaron sacerdotes católicos una cuarentena de ex ministros anglicanos que están haciendo historia.

Benedicto XVI ha puesto al frente de este Ordinariato al Rev. Keith Newton, uno de los tres ex obispos anglicanos recién ordenados sacerdotes católicos. Como está casado –y es padre de tres hijos-, será Ordinario; es decir, presidirá el Ordinariato, a título de sacerdote, no de obispo. 

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¿Quién es Nuestra Señora de Walsingham? La presencia visible de María en Inglaterra empezó con las visiones recibidas en 1061 por Lady Richeldis de Faverches, que vivía en Walsingham. María le mostró la casa en Nazaret en donde el ángel Gabriel le anunció que ella iba a dar a luz al Hijo de Dios, y ahora ella le solicita a Lady de Faverches que construya una réplica de su casa en Nazaret dedicada a la memoria de la Anunciación de María y la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. María le prometió: “Deja que todos aquellos que estén afligidos o necesitados me busquen en esa pequeña casa que tú mantendrás para mí en Walsingham, pues los que allí me busquen obtendrán socorro”.

En la Edad Media, Walsingham se convirtió en uno de los más grandes lugares de peregrinación en toda Europa. Alrededor de la Santa Casa se construyó una iglesia para protegerla. Muchos reyes ingleses hicieron peregrinajes a Walsingham. El último de éstos fue Enrique VIII, quien hizo tres peregrinajes al lugar antes de romper con la Iglesia católica en 1534. Erasmo de Rotterdam la visitó en 1511. Pero Enrique ordenó la destrucción de todos los oratorios y sitios de actividad católica, y la iglesia y la Casa de Walsingham fueron devastadas y quemada la imagen de María.

Tras largo tiempo de culto popular clandestino, en 1920 fue reconstruida la Santa Casa de Walsingham, y el nuevo templo se convirtió en el Santuario Nacional de Nuestra Señora en Inglaterra -el “Nazaret de Inglaterra” lo llaman-, un centro de culto y  peregrinaciones cercano a Londres.

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Benedicto XVI dedicó su catequesis del miércoles Ceniza a reflexionar sobre el tiempo de Cuaresma, un itinerario de 40 días que conduce al Triduo Pascual, memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

La liturgia de la Cuaresma, explicó el Papa, “tiene como fin favorecer un camino de renovación espiritual -a la luz de esta larga experiencia bíblica- y, sobre todo, de imitación de Jesús, que en los 40 días que pasó en el desierto nos enseñó a vencer la tentación con la Palabra de Dios. (…) Jesús {que] se dirige al desierto para estar en profunda unión con el Padre. (…) es asaltado por la tentación y las seducciones del maligno, quien le propone una vía mesiánica alejada del proyecto de Dios porque pasa a través del poder, el éxito, el dominio, en lugar de pasar por el amor y el don total en la Cruz”.

Benedicto XVI señaló que la Iglesia peregrina por el “desierto” del mundo y de la historia, formado por el aspecto negativo de la realidad; es decir: “la escasez de palabras de vida y de valores; el secularismo y la cultura materialista, que encierran a la persona en el horizonte mundano de la existencia sin ninguna referencia a lo trascendente. En este ambiente, el cielo sobre nosotros es oscuro, porque está cubierto por las nubes del egoísmo, la incomprensión y el engaño. 

“No obstante -asegura Benedicto XVI-, también para la Iglesia de hoy el tiempo del desierto puede transformarse en tiempo de Gracia, ya que tenemos la certeza de que, incluso de la roca más dura, Dios puede hacer brotar agua viva que refresca y restaura”.