Felipe Calderón: «somos guadalupanos»

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El presidente de México, Felipe Calderón, inauguró la nueva Plaza Mariana adyacente a la basílica de Guadalupe, en la Cd. de México, el pasado 12 de octubre. Es una fecha muy simbólica por festejarse también el “Día de la hispanidad” o “de la raza”, como popularmente es conocida.

Que el primer mandatario de la nación inaugure una magna obra al servicio de los ciudadanos no es ninguna novedad, ni a nadie le altera el hecho. Lo novedoso ha sido lo que el Presidente declaró en sus palabras: “Para muchos mexicanos, la mayoría de los mexicanos, Nuestra Señora de Guadalupe es un signo de identidad y de unidad”. Y añadió: “Somos Guadalupanos”.

Ningún otro mandatario antes había declarado de modo tan abierto este signo de catolicidad nacional. Señal de que los tiempos están cambiando. Lo anacrónico sería volver obstinadamente la mirada hacia atrás, cuando en el discurso oficial estaba vetado hacer referencias a lo sagrado. Pero México tampoco puede volver atrás; mira hacia delante y ante los muchos retos que debe afrontar su prioridad es fortalecerse en los valores comunes para reforzar la propia identidad como nación.

En este sentido lo dicho por Felipe Calderón tiene un amplio crédito, porque Nuestra Señora de Guadalupe es un signo de identidad y de unidad nacional. No se puede concebir el México actual, ni el de ayer ni el de mañana sin su referencia esencial al acontecimiento guadalupano de 1531, con todo lo que ha significado desde entonces para el país. Esta es una verdad histórica y cultural, incluso antes que religiosa.

“Somos Guadalupanos” significa que México surgió como nación en 1521, con la fusión de las sangres hispana e indígena, y diez años después se vio confirmada en el rostro dulce y mestizo de la Morenita del Tepeyac. “Somos Guadalupanos” significa que el corazón espiritual de México late en el Santuario del Guadalupe, el más visitado del mundo con cifras en torno a los 20 millones de peregrinos anuales. “Somos Guadalupanos” significa también que la Independencia nacional inició en 1810 bajo el estandarte y protección de María de Guadalupe, cuya imagen sagrada es un símbolo de unidad y de identidad. “Somos Guadalupanos” recalca la importancia capital de la familia en la sociedad mexicana, núcleo de las verdaderas relaciones humanas y de los valores que han constituido a México como pueblo. El amor y respeto a la madre es un valor calado hasta la médula en los mexicanos.

Ninguna otra realidad como la Virgen de Guadalupe ha contribuido y contribuye en México a unir a los mexicanos, incluso fuera de sus fronteras nacionales. La imagen de Nuestra Señor de Guadalupe es un símbolo patrio querido por los hijos, fuera y dentro del país, y reconocido en todo el mundo como seña de identidad del mexicano, incluso independientemente de la fe religiosa que profese. Y esto no es ningún agravio, sino al contrario. Si algunos mexicanos hoy no se identifican como católicos, no por eso se puede renunciar a la identidad guadalupana de la nación, ni debería molestar a nadie la referencia del presidente del pasado 12 de octubre. Porque declarar que “Para muchos mexicanos, la mayoría de los mexicanos, Nuestra Señora de Guadalupe es un signo de identidad y de unidad”, a nadie ofende, ni está pronunciando una falsedad.

Sí, los tiempos cambian. También en México. Que un Presidente haga alusión a su fe católica en una nación donde la gran mayoría de sus habitantes se profesan tales, hasta es un signo de progreso cívico y político. De respeto por las mayorías. “El respeto al derecho ajeno es la paz”, esta frase la conocen los mexicanos desde la escuela primaria. Así pues, el señalar una verdad histórica y un elemento de identidad cultural, implícitamente se apoya en este principio de la convivencia.