La fé, nuestro único apoyo


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Pablo es sólo un paradigma de lo que cada cristiano debería llegar a ser: alguien que, en virtud de la fe en Cristo resucitado, se deja refundir y remodelar por el Espíritu Santo y se convierte en apóstol convencido de la causa de Cristo.

¡Qué pocos apóstoles convencidos nos bastarían para llevar el nombre de Cristo a todas las gentes! No nos engañemos: a pesar de la crisis del cristianismo, no nos falta número, sino calidad de convencidos. ¿Ya lo estamos nosotros? ¿Hasta qué punto todo nuestro psiquismo y nuestro mecanismo subconscientes obran movidos por una duda radical y buscan compensativamente apoyaturas humanas en el saber, en la preparación, en la lectura, en la prudencia carnal, en el no hacer para no dar pasos en falso y evitar caer en el ridículo o el comentario irónico?.

No lo olvidemos nunca: nuestra senilidad de espíritu y nuestra esterilidad apostólica se debe a la grieta fundamental en nuestra creencia en la resurrección del Señor. ¡Cuántos sectores de nuestra personalidad todavía en tinieblas! ¡Cuánto nos cuesta abandonarnos a una fe desnuda, como único apoyo para caminar por la vida!