Fe en Cristo, fe dentro de la Iglesia

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En el Año de la Fe proclamado por Benedicto XVI, la Iglesia busca renovar la fe de los creyentes. Desgraciadamente un escollo frecuente para esa misma fe, es la Iglesia misma; es decir, es bastante común escuchar la formula: “Jesús sí, Iglesia no”, contrapunteándolos. Sin embargo, la oposición dialéctica entre Cristo y la Iglesia, no sólo se muestra falaz, sino principalmente, superficial. Quizá es “atrayente” como eslogan, y en definitiva, como justificación de la actitud personal, que elude adecuarse a Dios, para adecuar en cambio a Dios a la propia perspectiva. Sin embargo, ese dios no pasa de ser una construcción personal, que por bella e inteligente que sea, no es auténtica. La Iglesia lo que ofrece, precisamente, es la autenticidad de la fe, el ser depositaria del contenido de fe salvífico, revelado por Dios a través de su irrupción en la historia en la Encarnación del Verbo.

Aquí, como en todo, la falta de precisión puede conducir a profundas confusiones, que después se desarraigan con dificultad. Bajo un cúmulo de confusas razones, de índole histórico, cultural, personal, encuentro justificación para rechazar a la Iglesia, considerando en definitiva, que sólo es una institución humana. A tal efecto puedo hacer acopio de un auténtico arsenal de clichés y argumentos manidos, pero esas “razonadas sinrazones” terminan por ocultar, en su espesura, a la verdad auténtica. Ya San Agustín explicaba como el Enemigo gusta confundir a los elegidos sirviéndose de lo más santo: la Escritura. Y, completándolo, podemos concluir que también se las ha arreglado para convertir lo que debería ser fundamento de la unidad –el Papa- en motivo de desunión, y lo que debe ser el lugar de encuentro con Cristo –la Iglesia- en causa de un desencuentro con Él.

Todas esas sinrazones no pueden acallar, sin embargo y por ejemplo, lo que San Pablo afirma en la Carta a los Efesios: “Cristo es cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo, de la cual Él es el Salvador (…). Varones, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. No puedo en consecuencia amar a Cristo y no amar a su Cuerpo Místico (la Iglesia), a su Esposa (la Iglesia) por la que se entrega. Como todo, el error tiene parte de verdad: la Iglesia tiene un elemento humano, y como tal, limitado, falible. Lo maravilloso es que precisamente Dios se haya servido y se sirva precisamente de esa limitación, para que se note que la obra es suya, y nadie pueda en consecuencia marcarse el tanto. No se trata de una excepción exclusiva para la Iglesia: de hecho sigue la lógica general de la manifestación de Dios hacia los hombres, lo que podríamos llamar “la ley de la Encarnación”. Así por ejemplo, en las Escrituras mismas Dios acoge la limitación humana para manifestarse: expresa misteriosamente lo “inefable”, lo divino, sirviéndose de un lenguaje determinado y en su mayor parte pobre (el hebreo en el que se redactó gran parte del Antiguo Testamento adolece de pobreza verbal y terminológica, si lo comparamos con lenguas modernas, como el castellano), y de unos redactores concretos, condicionados por una situación histórica y cultural muy precisa y distante de nosotros. Sin embargo, pese a todas estas limitaciones, la manifestación de Dios en las Escrituras es auténtica, verdadera. Algo análogo sucede con la Iglesia.

La Iglesia me ofrece la garantía de encontrarme con el Jesús auténtico, no con “el pirata”, o el Jesús deformado por mi prisma ideológico, por mi propia conveniencia. Por eso en el Credo confesamos “creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica”. De hecho, no se trata tanto de creer “en la Iglesia” (propiamente hablando solo Dios es objeto de la fe), cuanto de que es “en la Iglesia” donde encontramos al auténtico Dios. Es entrando en el torrente de la tradición viva, en la vida de la Iglesia, que me precede y que mana desde los tiempos de Cristo a la actualidad, proyectándose hacia el futuro, donde sé que no creo solo, sino “en la Iglesia” (es decir, dentro de ella) y “con la Iglesia”, que me precede y me acompaña, que me garantiza el contacto original con Cristo, y que me lo presenta en el “hoy” de la celebración litúrgica; que me habla en la proclamación de la Palabra de Dios, como Palabra viva y presente, no como libro de historia.

San Josemaría tenía la costumbre de rezar el Credo siempre que iba a la Basílica de San Pedro en Roma. Al hacerlo, ponía especial énfasis en “creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica”, añadiendo además: “a pesar de los pesares”. Cuando alguien le preguntaba, entre sorprendido e indignado, a qué se refería con ello, respondía a quemarropa: “tus pecados y los míos”. La Iglesia es Santa, es el lugar de comunión de Dios con los hombres, y el lugar en el que establecemos, por ser hijos del mismo Dios, la comunión entre nosotros como hermanos. Pero la Iglesia está formada por hombres, y aquí en la Tierra todos somos pecadores. Nuestras culpas pueden oscurecer u ocultar el semblante auténtico de la Iglesia, pero la fe nos ayuda a descubrir que detrás de Ella, y precisamente por medio de Ella, se llega a Dios. Por eso, renovar nuestra fe en Cristo implica renovar nuestra fe en la Iglesia, haciéndola más madura y sobrenatural, quizá menos emotiva e ingenua.