¿y la familia?

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¿y la familia?

Ahora que está tan de moda criticar, quizás nos convenga hacer un espacio para observarnos a nosotros mismos y así poder descubrir algún pequeño error que hayamos cometido en la atención de nuestras familias. ¿Se animan a acompañarme?

Y ya que para tomar decisiones solemos usar como marcos de referencia, entre otros, a los valores, al tiempo, al espacio, al dinero, al estado de ánimo…, los invito a que revisemos cómo es nuestra actitud en algunos de estos ámbitos. Pero eso sí, estando decididos a ser sinceros y, si es conveniente, a cambiar lo que sea necesario. ¿No se rajan? Pues adelante:

Lo primero es ubicar a la familia en nuestras prioridades. Pero no “teóricamente”, sino con obras, en la realidad, y para ello es indispensable revisar la cantidad de tiempo y de atención que le dedicamos. Es lógico que el trabajo nos absorba una gran cantidad de horas, pero, ¿nos esforzamos para que sean solamente las indispensables y así poder llegar lo más temprano posible al hogar? Pues a veces sucede que hay asuntos que sí podrían esperar al día siguiente, o simplemente alargamos el tiempo en labores que podemos abreviar con sólo proponérnoslo. La esposa, el esposo y los hijos necesitan nuestra presencia. Pero la sola presencia no basta, también los muebles están en la casa y…

No perdamos de vista que cada persona tiene un mundo interior muy rico y necesita compartirlo con quienes ama, y si no encuentra una actitud abierta y receptiva, corre el peligro de perder ese amor y, entonces, intente compartir sus ideales y sus penas con otros. Por lo tanto, será necesario aprender a poner atención y a ejercitar la comprensión, pues a veces necesitamos, no sólo que se enteren, o nos den un consejo a modo de trámite burocrático, sino que nos escuchen y nos comprendan… con una sonrisa o nos acompañen con un par de lágrimas.

La comprensión está principalmente en la voluntad y, por eso, la ejercitamos cuando tenemos interés en hacerlo. Hay que luchar en contra de un error tan común como grave: Tener y trasmitir la sensación de prisa. Esto lo conseguiremos luchando por atender a cada persona como si no tuviéramos otra cosa que hacer ese día.

Con cierta frecuencia nos topamos con personas quienes no saben querer ni dejarse querer, pero que sin embargo, han formado una familia. Creo que en estos casos tan difíciles como dramáticos es necesario un heroísmo muy real, pues sus limitaciones de carácter han de ser combatidas a base de virtud. Es decir, donde la naturaleza o la educación han creado una grave deficiencia, no hay más remedio que superarla haciéndose violencia a diario.

Así, con esto -y muchas cosas más - cuando nos pregunten: ¿y la familia?, podamos contestar: ¡Muy bien! Gracias.