La familia, la institución más atacada

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

En nuestra Constitución y en los documentos internacionales sobre derechos humanos, se declara a la familia como la célula básica de la sociedad y se proclama para ella la mayor de las protecciones. ¿Qué familia? La única natural: la de un hombre y una mujer. En ninguno de dichos documentos se le define, pues era algo innecesario. Todos sabíamos qué era una familia. Hoy, en el mundo de las confusiones, del extravío, del subjetivismo y del relativismo, así como de la manipulación del lenguaje, ya no se sabe a qué se refieren algunos cuando hablan de familia.
 
Por ello resulta tan importante salir en defensa de ella, insistir sobre su naturaleza y defenderla de esta nueva desviación cultural que pretende lo mismo burlarse de la familia que identificarla con sus caricaturas, incluso mediante el voluntarismo legislativo.
 
Hoy por hoy, es en el ámbito de las religiones monoteístas donde se encuentran los bastiones defensores de la familia. Y aunque los detractores peretenden desacreditar la defensa de la misma atribuyéndola a una cuestión religiosa, la verdad es que ellas simplemente recogen y expresan lo que corresponde a la ley natural y que siempre formó parte del legado de occidente.
 
Una de esas lúcidas defensas es la que acaba de hacer en El Congreso Mundial de la Familia, en España, monseñor Juan Antonio Reig Pla, obispo complutense. En su intervención ha señalado cómo desde la revolución sexual de mediados del siglo pasado, sustentada en el pensamiento marxista-freudiano y liberal, se gestó una liberación que encontró un detonante en la píldora anticonceptiva, advertido por el Papa Paulo VI en la encíclica Humanae vitae, que provocó la ruptura entre la sexualidad y la procreación; entre la sexualidad y el matrimonio; y finalmente la desvinculación entre la sexualidad y el amor.
 
Esta revolución de la cultura sexual tiene como base una corrupción antropológica que parte de la negación de la naturaleza humana y escinde la unidad sustancial de cuerpo y espíritu en la persona, para establecer una dualidad que hoy se difunde, aunque de manera imperceptible, en la ideología de género y por las nuevas teorías “queer” y “cyborg”.
 
A partir de estas concepciones se trata de derrumbar todo lo que la civilización y la cultura universal fundaron en la persona y en la familia. Se trata de la desconstrucción de la sociedad, a partir del matrimonio y la familia; desconstruir la educación, como lo vemos en los libros de texto que se imponen en nuestras escuelas, para imponer una nueva cultura, divorciando los físico, que es el sexo, de lo cultural, que denominan “género”, de tal suerte que la persona hoy no se reconoce como hombre o mujer, en una unidad total, sino que se pretende afirmar que en realidad lo físico no importa, pues cancela la libertad de opción, y los roles son meras construcciones culturales que se han impuesto y que, por lo mismo, deben rechazarse abriendo un abanico de géneros a partir de los cuales se funden las nuevas relaciones sociales.
 
Esta denuncia del monseñor Juan Antonio Reig Pla, da en el centro de un problema que encontramos día a día y que con una agenda internacional está imponiendo como reguero de pólvora las uniones de homosexuales y lesbianas bajo el concepto de familia, cuando no lo son. Una cosa es que dichas relaciones sean posibles y a nadie se le pueda discriminar por vivir en ellas, y otra muy distinta es que “eso” sea una familia. El fenómeno no es nuevo, ha existido en otras sociedades y con resultados no muy felices, pero nunca en el pasado se les equiparó con la familia. Hoy tampoco tiene que ser así. Una cosa es una familia y otra las sociedades convivencia que ya estaban legisladas en el D. F. y con ello era suficiente para que se otorgaran protecciones sociales recíprocas.
 
Otro de los efectos negativos de elevar al concepto de familia a las uniones de homosexuales y lesbianas, es su supuesto “derecho” de adopción, pues tal derecho no existe en primacía sobre el bien del menor, que tiene derecho primigenio a tener un padre y una madre, conforme lo manda la naturaleza.
 
La revolución a que nos enfrentamos, señala el prelado español, es propiciada por el emotivismo y la manipulación del lenguaje, pretende promover los postulados del feminismo radical, del relativismo moral y de la filosofía constructivista. Esta advertencia no debe echarse en saco roto.