Esposa y compañera

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Quedé
admirado que nos ganaran dos jóvenes esposos la partida de dominó que
habíamos iniciado en la fiesta de familia. Eran unos amigos míos y
nunca nos habíamos encontrado los cuatro, con las fichas en la mano,
frente a frente.

Menos mal que mi papá nos enseñó a nunca jugar de dinero, pues a
estas horas habría perdido hasta las fotos de la primera comunión.

Le pregunté a la joven esposa que cuánto tiempo hacía que había
aprendido a jugar al dominó. Me respondió que hacía dos o tres años,
desde que conoció a su novio. Le pregunté también que si le apasionó el
juego desde que lo aprendió. Y, para mayor desconcierto mío, me dijo
que ni siquiera ahora le apasionaba. Como conozco mucho el juego no me
lo creí. Ella jugaba demasiado bien como para hacerlo sólo por
pasatiempo.

Me aclaró mis confusiones su sencilla explicación. A su esposo le
gustaba mucho jugar. Ella descubrió, como mujer inteligente, que su
marido hablaba y convivía con más espontaneidad e intensidad cuando
jugaba al dominó que en cualquier otro momento. Concluyó diciéndome:
"Me siento muy feliz de haberme adaptado a los gustos de mi esposo.
Ahora soy su esposa y su mejor compañera de diversión".