Esperanza de vida vs cultura de la muerte

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

No se trata de dos luchadores de la WWE, sino de una batalla que se libra primero en el corazón del hombre y de ahí trasciende a la sociedad plasmándola. En ocasiones puede parecer que la “cultura de la muerte” se impone incólume, avasallando prepotente cualquier brote a favor de la vida en la sociedad. Medios públicos y privados, gobiernos, transnacionales, organismos internacionales que buscan imponer desde arriba lo que nunca se conseguiría democráticamente en los países miembros: la guerra es sucia y constante.
Sin embargo la verdad se impone por la fuerza de la propia convicción, y así como cayó un imperio de mentiras que parecía inexpugnable (el socialismo real de la extinta URSS y sus satélites), precisamente por eso, por tratarse de mentiras, cabe esperar que de la misma forma este nuevo imperio de mentiras caiga también, presa de su propia falsedad. El sentido común, el sentido moral –la ley natural inscrita en el corazón de los hombres- los avances científicos en el ámbito de la genética y la medicina, etc., inducen a ello.
El presente año ha habido en este sentido algunas señales de luz, que permiten vislumbrar un futuro más esperanzador en lo que a la defensa de la vida, y por ende de la dignidad humana, se refiere. He aquí un breve elenco, fruto de un rápido vistazo, escrito a vuelapluma y sin la pretensión de ser exhaustivo: una especie de cuadro impresionista que busca resaltar con matices un poco de la luz existente.
A principios de año, el 25 de marzo, se firmaron los “Artículos de San José” en Costa Rica. Los suscribieron un nutrido grupo de políticos, diplomáticos, médicos, investigadores y juristas. Estaban representadas en la reunión bastantes nacionalidades, con la intensión de presentarlo a la ONU. En ese sencillo texto (son apenas 9 puntos) se explica que no existe -como quiere hacerse ver con insistencia- un “derecho al aborto reconocido internacionalmente”, desenmascarando la injusta presión ejercida por algunos organismos de la ONU y ONGs pro-abortistas sobre los países miembros. No existe ningún documento vinculante aceptado por la ONU que justifique tal presión, sino todo lo contrario: se trata de una burda mentira, que la declaración contribuye a desenmascarar.
Otro organismo internacional, el Tribunal Europeo de Justicia, reconoció el pasado 18 de octubre que la vida humana comienza desde la concepción y merece protección jurídica. Lo hizo al promulgar una sentencia que prohíbe patentar tecnologías para obtener células madre basadas en la destrucción de embriones. Así reza la sentencia: “el legislador de la Unión quiso excluir toda posibilidad de patentabilidad en tanto pudiera afectar al debido respeto de la dignidad humana”. Afirma que sea blastocito, embrión o feto, se trata de un ser humano, y como tal no puede ser utilizado como materia prima, gozando de protección jurídica: “Constituye un «embrión humano» todo óvulo humano a partir del estadio de la fecundación”, reconociendo así que no se trata de un amasijo de células, un tumor o una caries –como falazmente quiere hacerse pensar-, sino de un ser humano. Es particularmente esperanzador que quienes impulsaron la querella no fueron monjas de la caridad, ni grupos pro-vida (a los que muchas veces injustamente se les relega y discrimina en el fondo por sus ideas), sino una asociación poco sospechosa de mojigatería o de amoldarse a las directrices del magisterio eclesiástico: Greenpeace.
A una escala más local, pero no por ello menos importante, se encuentra la reciente resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, donde se reconoce el derecho que tienen los Estados de la República de legislar a favor de la vida, y se descarta como falsa la postura de que el embrión no puede ser sujeto de derechos según la Constitución.
En otro ámbito, quizá más interesante por no tratarse del terreno jurídico sino médico, está la declaración de la Academia Nacional de Medicina Argentina del 30 de septiembre, donde se rechaza el aborto, se defiende el derecho a la objeción de conciencia por parte de los médicos, y se recuerda la obligación profesional que tienen en virtud del Juramento de Hipócrates de cuidar la vida y no lesionarla. En caso de conflicto recuerda que la obligación del médico es luchar por salvar las dos vidas (la de la madre y la del hijo); “nada bueno puede derivarse para la sociedad cuando se elige la muerte de uno como solución”. La declaración afirma que “el niño por nacer es científica y biológicamente un ser humano cuya existencia comienza en el momento de la concepción”, también que es sujeto de derechos y recuerda que “destruir a un embrión humano significa impedir el nacimiento de un ser humano”. Hasta aquí el breve y esperanzador elenco; es de esperar que poco a poco se vaya imponiendo –de forma pacífica y evidente- el sentido común, el valor de la dignidad humana, la cultura de la vida.