La escuela de la fortaleza

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Un estudiante decía a su maestro:
—¿Por qué seré tan tímido? ¿Por qué me siento inferior por mi poca estatura y porque tengo poco dinero?
Su maestro respondió:
—Porque tienes una falsa escala de valores: ¿piensas que la Madre de Jesús o San José se sentían poca cosa porque eran pobres? Te falta la verdadera estatura de un hijo de Dios. Eres grande y no lo sabes.
A ese muchacho –como a muchos-, es preciso decirle que reconozca su grandeza, que no tenga miedo al fracaso y al dolor; que el dolor purifica el alma. Lo que realmente nos debe interesar es lo que Dios piense de nosotros.
A los padres de familia habría que recordarles que al educar deben tener la suavidad de un guante y la fortaleza del hierro. Aprender a sufrir en una ciencia. Desde niños, los hombres deberían ser enseñados a sufrir. No se trata de masoquismo sino de reciedumbre. Un niño preservado de las contrariedades y de las menores renuncias, acabará por convertirse en un ser frágil y vulnerable. Carecerá de defensas espirituales, y los microbios del desánimo y el derrotismo podrán llegar a derrumbarle.
Escribe San Juan Crisóstomo: “Los árboles que viven en la cumbre de las montañas más altas, que son agitados por muchos y fuertes vientos y están constantemente expuestos a la intemperie y a todas las inclemencias, golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos por frecuentes nieves, se hacen más robustos que el hierro” (Homilia de gloria in tribulationibus).
Hay hombres que tienen la dureza de un diamante; otros parecen una masa informe de talco: todo los afecta, todo los sensibiliza, todo los hiere, todo los impresiona; una corrección o una crítica los deja heridos. Y la herida no siempre cicatriza. Parece incluso que la alimentan. Son vulnerables porque no tienen la capacidad de olvidar o de perdonar.
PARA APRENDER LA VIRTUD DE LA FORTALEZA ES NECESARIO MARCAR METAS:
Debemos marcar metas pequeñas con la condición de que sean un escalón para alcanzar las grandes. Muchos conseguirán la virtud de la fortaleza a través del deporte; otros, acostumbrándose a no escoger la posición más cómoda, el plato más apetitoso; a ser austeros en los alimentos; a no pellizcar cualquier golosina entre una comida y otra; a rechazar una bebida; a no acostarse en la cama fuera de horas; a no prolongar excesivamente un programa de televisión; a no mirar aquello que no conviene. Otras metas concretas podrían ser:
Evitar las quejas.
Perseverar en el trabajo de cada día.
Sonreír para estimular a otros
Ser capaces de superar los estados de ánimo
Defender las convicciones
Aceptar con paciencia y serenidad las contrariedades
No abandonar la vida de piedad.
MEDIOS PARA ADQUIRIR LA FORTALEZA
Los dos grandes medios son la gracia de Dios y el esfuerzo personal. Los medios para conseguir la fortaleza deben encaminarse en primer lugar hacia el robustecimiento de la fe. Necesitamos estudiar. Dios no dispensa nuestro esfuerzo humano, lo complementa.
La virtud de la fortaleza abarca prácticamente todo el comportamiento humano. Recorre las tres grandes dimensiones de la personalidad: cabeza, corazón y brazos. Comencemos por la cabeza, por las convicciones. Tenemos que hacer fuertes las ideas. Ser fuerte es ser transparente, sin miedo de decir las cosas como son. El hombre fuerte –dice Rafael Llano- pasa de la preocupación a la ocupación.
El corazón no fue hecho para amoríos, sino para amores fuertes. Necesitamos educar nuestro corazón para la fidelidad. Amores fuertes son siempre amores fieles. Es tal vez en la acción motora –en los brazos- donde parece más importante conseguir el hábito de la fortaleza. Las contrariedades crecen y es necesario que potenciemos nuestra capacidad de lucha para superarlas. Por eso importa mucho negar a la sensualidad ya la flojera lo que nos piden continuamente: vida holgada exenta de sacrificios, comodidades, diversiones... todo esto nos debilita moral y físicamente.
Cuántos padres de familia dicen:
—Procuro dar a mi hijo lo que yo no tuve: carro, televisión y una mensualidad.
Les podríamos responder:
—Eso no es bueno. Usted no sería el hombre que es sino hubiese crecido en medio de privaciones. Su hijo se quedará corto, atrofiado; no llegará a sobrepasar su nivel.
Es un hecho que México puede mucho, que es una fortaleza para el resto de la humanidad, pero los mexicanos hemos de luchar más contra el egoísmo, el sentimiento y la susceptibilidad. Con fortaleza y optimismo, hemos de descubrir y explotar las virtudes ocultas en nosotros mismos y en las personas que amamos. Una cruz no acogida se torna doblemente pesada.