La elección de Benedicto XVI

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Después el funeral de Juan Pablo II, y tras nueve días de duelo en la Iglesia Católica, el cónclave para elegir a su sucesor inició el 18 de abril de 2005. Presidía a esta asamblea el Decano del Colegio Cardenalicio, Mons. Joseph Ratzinger, que según las expectativas de los vaticanistas tenía pocas posibilidades de resultar electo… pero la Providencia tenía otro plan.
 
Como es común en vísperas de la elección de un Pontífice, los medios de comunicación comenzaban a barajar los nombres de los “papables”.  Unos afirmaban que podría ser un cardenal latinoamericano, porque en esta región viven casi la mitad del total de los fieles católicos. Algunos apostaban a un cardenal de un país africano, como Mons. Gantin, que conociera las necesidades de estos países. Otros más especulaban con la vuelta de un italiano, pues un Papa “de transición” de ese país no disgustaría al resto de las naciones.
 
Sin embargo, a pesar de los importantes puestos en los que se había desempeñado, el Card. Ratzinger no figuraba en esa lista de posibles sucesores de Juan Pablo II, elaborados por los medios. “A Ratzinger se le consideraba, según los casos, demasiado viejo, demasiado enfermo, demasiado europeo, demasiado intelectual, demasiado ‘línea dura’, demasiado difícil de vender ante el público debido a su reputación de ser de la ‘línea dura’ ” (Cfr. George Weigel, La elección de Dios, p. 141).
 
“No es una persona idónea para la administración –había dicho uno de sus antiguos colaboradores poco antes de su elección, por supuesto de un modo falible– y eso es lo que necesitamos ahora” (Pablo Blanco, El Papa alemán, p. 326).
 
El propio Ratzinger tampoco se consideraba a sí mismo como “papable”. Dos días antes del cónclave, durante la cena con que festejaba su cumpleaños, recibió un ramo de tulipanes blancos y amarillos: los colores pontificios. Algunos medios tomaron este gesto como una posible señal de antes de la elección ya existiera un acuerdo sobre quién sería elegido. Por eso, para dejar las cosas claras, Joseph Ratzinger declaró que él “no había sido creado para ser Papa” (cfr. Ibid., p. 326).
 
El cónclave inició en la Capilla Sixtina, con la Misa “pro Romano Pontifice eligendo”. En la homilía, el Card. Ratzinger expuso con claridad –con fuerte realismo– las dificultades que tendría que enfrentar el nuevo Papa, especialmente “la dictadura del relativismo”. Bastantes vaticanistas afirmaron que este sermón había sido la última actuación de Ratzinger, pues nadie elegiría a un cardenal tan claridoso.
 
Sin embargo, al día siguiente, 19 de abril, en la cuarta sesión, Joseph Ratzinger alcanzó la mayoría absoluta de los votos de los electores. Mientras el nuevo Papa era revestido con una sotana blanca, las papeletas eran quemadas para obtener la “fumata bianca” (humo blanco) y así anunciar al mundo que ya había un nuevo Pontífice. Y comenzaron a repicar la campanas de la Basílica de San Pedro.
 
En poco tiempo, la Plaza de San Pedro se llenó de varia decenas de miles de fieles. El Cardenal Camarlengo anunció, con voz muy solemne, “habemus Papam”: “Ya tenemos un nuevo Papa: Joseph Cardenal Ratzinger”.
 
El aplauso fue atronador y muy prolongado. Para muchos fieles católicos, la figura del gran amigo de Juan Pablo II, uno de sus colaboradores más cercanos, pesaba más que todos los pronósticos de los vaticanistas. El Pueblo de Dios sí supo ver, por encima de las elucubraciones, que Dios había estado preparando a Joseph Ratzinger para ser el Romano Pontífice.