El primer mandamiento

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Reflexión dominical para el 23 de octubre de 2011. Muchas veces los católicos pensamos “ya me sé los mandamientos”, “ya me sé las cosas de Dios”. Y creemos que hasta podemos hablar a otros de las cosas de la fe, porque cuando éramos pequeños aprendimos algo del catecismo… así nuestra vida de fe es muy pobre.
Los israelitas tenían, y siguen teniendo, la costumbre de repetir el “shemá”, llevarlo en la frente y colocarlo en unas tablitas en las puertas de las casas y en las habitaciones de los hoteles, etc.

Pues bien, este domingo la Iglesia nos recuerda el primer mandamiento para que siempre lo tengamos presente, lo sepamos y lo vivamos.

Al ver los fariseos cómo Jesús “había hecho callar a los saduceos” fueron hasta Él para ponerlo a prueba de nuevo con otra pregunta:

“Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la ley?

Jesús no responde con el Éxodo, que el capítulo 20 nos pone los 10 mandamientos sino que da la cita tan conocida del Deuteronomio 6,4; que es lo que se llama el “shemá”:

“Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.

Precisamente la palabra “shemá” significa “escucha” y de él hablan las Escrituras con frecuencia.

Pero no se queda ahí Jesús si no que añade, inmediatamente: “éste es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Una respuesta perfecta a la que no pudieron añadir más los preguntones fariseos.

La liturgia de este domingo nos presenta en las otras lecturas ambos mandamientos tan importantes.

La lectura del Éxodo hace la aplicación al amor del prójimo y nos dice cosas muy concretas para hoy. Será bueno de nosotros veamos dónde flaqueamos al leer esta lista:

- No oprimir al forastero.

- No explotar a las viudas ni a los huérfanos porque si los explotas y ellos gritan a mí yo los escucharé.

- Si prestas dinero no serás usurero con él cargándole intereses.

- Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de ponerse el sol porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo… si grita a mí yo le escucharé porque yo soy compasivo…

Porque también en nuestro tiempo se oprime a los más débiles; se explota con salarios ridículos obligando a trabajar más de ocho horas al día; se presta el dinero con usura. Esto es mucho más frecuente de lo que puede parecer. Así, aparentando simplicidad, personas que cobran el 20% (¡al mes!) preguntan ¿y acaso es demasiado? Evidente que sí lo es.

En cuanto a la primera parte de la respuesta de Jesús que constituye propiamente el “shemá” tenemos como respuesta tanto el salmo responsorial como la carta de Pablo a los tesalonicenses.

El salmo 17, en los versículos escogidos por la liturgia, es una belleza. Te invito a leer meditando estas alabanzas o “piropos” que el salmista emplea dirigiéndose a Dios.

Léelos, rézalos, medítalos.

“Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza… viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador…”

A veces decimos que no sabemos cómo alabar a Dios.

Repetir estas palabras lentamente será una bellísima oración de alabanza.

Por su parte San Pablo felicita a los Tesalonicenses porque su fe en el Dios verdadero ha corrido de boca en boca y ahora todos saben cómo actuaron cuando se les predicó el Evangelio:

“Cómo abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro”.

De esta manera, según San Pablo, los Tesalonicenses acogieron la Palabra y pusieron al Señor por encima de todo, en medio de la lucha que tuvieron que soportar pero siempre “con la alegría del Espíritu Santo”.

Por su parte el salmo aleluyático nos recuerda la presencia de Dios en el corazón del que cumple sus mandamientos:

“El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos a Él”.

Cuando celebres la Eucaristía hoy, lejos de pensar “lo que hoy me enseña la Iglesia ya me lo sé desde pequeñito”, reflexiona más bien y haz un sincero examen de conciencia para ver cómo vas cumpliendo el mandamiento más importante:

“Primero amar a Dios y segundo amar al prójimo”.