El Papa en México

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No podía ser más oportuno: en el contexto de la celebración de los 480 años de las milagrosas apariciones guadalupanas, en la eucaristía celebrada en acción de gracias por el bicentenario de la independencia americana, Benedicto XVI anuncia su decisión de visitar Cuba y México. Hay que decirlo, en México se extrañaba la presencia del Santo Padre; ya nos habíamos “acostumbrado” a la sotana blanca recorriendo las calles de nuestro país en medio de la algarabía popular. De hecho aún después de muerto Juan Pablo II volvió a reunir multitudes, al visitar sus reliquias México, o los utensilios personales que utilizaba y que fueron donados a nuestro país. Además, ahora nuestra patria, fuertemente azotada por la plaga de la violencia, necesita una nueva inyección de esperanza, que la motive a levantarse y reverdecer. A 200 años de la independencia, el rojo de la sangre sigue derramándose abundantemente en nuestro suelo –pero sin sentido-, encontrándonos faltos del blanco de la religión y del verde de la esperanza. Benedicto XVI quiere ayudarnos a recuperarlos.
Estamos a tiempo para preparar y prepararnos personalmente para esa ilustre visita. Debemos prever los obstáculos que amenacen con impedir que saquemos todo el fruto que Dios espera de este viaje. Se me ocurren –a bote pronto- tres: las comparaciones, el espectáculo mediático y la politización.
Es irremediable: el binomio Juan Pablo II-México fue (y es, por la comunión de los santos) muy estrecho. Flaco favor le haríamos al pontífice precedente, si ello fuera causa de que eclipsara al presente. En cierto sentido sería un “fracaso póstumo” para Juan Pablo II; querría decir que en el fondo no entendimos nada, y nos quedamos con la persona, con lo afectivo, en menoscabo del mensaje, del contenido. El afecto que nos unía y nos une al beato Juan Pablo II es bueno y santo, pero Juan Pablo II es un medio, un mensajero, un instrumento en las manos de Dios para algo grande. Nos habríamos quedado –Dios no lo quiera- en el culto a la personalidad, y no calaríamos en el egregio mensaje que esa poderosa personalidad quería transmitir; en el tesoro que irradiaba. Le habríamos dado más valor a la envoltura (de otra parte, excelente) que al regalo. Juan Pablo II nos quería llevar a Dios, y nos mostraba a la Iglesia Católica como el lugar donde encontrarlo. Él no era un fin, ni pretendía serlo: quería servir a Dios y a su instrumento aquí en la Tierra, la Iglesia. Habrá cumplido bien su misión si por encima de simpatías nobles y afectos, calamos en el contenido de su mensaje, y nos sentimos unidos al Papa por lo que es, sea quien sea: el vicario de Cristo aquí en la Tierra.
El segundo escollo es más banal, pero por eso mismo peligroso: quedarnos en el espectáculo mediático. Viene el Papa, todo es festejo, un inmenso show de carácter religioso que nos arranca un poco de la monotonía, nos distrae de los trillados temas políticos, electorales, o de la triste violencia que azota al país y empapa las planas de los periódicos. Algo diferente, pero que pasa, como las tormentas de verano, sin dejar rastro, sin poder escapar del gran mal que hiere a nuestra sociedad mediática y tecnológica: la superficialidad, la inmediatez, la falta de raíz. En cierto sentido eso no es culpa del Papa, ni de los medios (que se limitan a cumplir su función), casi incluso tampoco nuestra, porque vivimos en una cultura y por ósmosis nos impregnamos de un modus vivendi determinado; en este caso superficial, ávido de novedades, carente de raíces. Seguramente, como siempre y es característica particular de este Papa, el mensaje irá directamente a la cabeza y al corazón. Va a dejar ideas de fondo, que es necesario calar, trabajar, rumiar (valga el símil) para asimilarlas convenientemente. Es el Papa de la fe y la razón, el Papa de la evangelización de la cultura, el Papa que quiere hacer frente a la dictadura del relativismo, al laicismo y secularismo imperantes: no es el Papa de la imagen. Debemos hacer un esfuerzo para sintonizar con su mensaje y sus contenidos. Más que el vano orgullo de pensar “no que no, por fin nos visitó”, nos invitará a hacer examen de conciencia y ver cómo podemos llevar a la práctica lo que nos enseñe.
El tercer escollo es inevitable: politizar su venida, leerla en clave política.  Viene el Papa a pocos meses de tener elecciones presidenciales, y en un ambiente preelectoral cargado, en medio de la terrible conflictividad que la guerra al narco ha levantado. No es fácil el equilibrio, tampoco para el Santo Padre: la Iglesia tiene también un mensaje social que transmitir, una denuncia profética para realizar –por ejemplo, en lo que a la defensa de la vida y la familia se refiere, y será inevitable dado que estará en nuestras tierras precisamente el día de la Encarnación, 25 de marzo-, pero el núcleo del mensaje es y seguirá siendo, preponderantemente espiritual. El Papa viene a hablar de Cristo, pero no de un “cristo dulzón”, a la medida de nuestros caprichos y mediocridades, sino un Cristo exigente, cuya efectiva presencia se debe notar en la vida de los cristianos y consecuentemente en la sociedad, y eso no se ve casi por ninguna parte. Por ello no debemos esperar solo parabienes, sino un mensaje esperanzado y a la vez exigente: Cristo mismo.