El Cantar de los Cantares

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El título "Cantar de los Cantares" en hebreo Schir Haschirim, equivale, en el lenguaje bíblico, a un superlativo como "vanidad de vanidades" , Rey de reyes y Señor de señores" , indica que esta canción es superior a todas. "El Alto Canto" en alemán; en italiano "La Cántica”. Efectivamente, el "Cantar de los Cantares" ha ocupado y sigue ocupando el primer lugar en la literatura mística de todos los siglos. El tema del amor nupcial, que une al hombre y a la mujer, conecta, en cierto sentido, esta parte de la Biblia con toda la tradición de la “gran analogía” que, a través de los escritos de los Profetas, confluyó en el Nuevo Testamento y, particularmente, en la Carta a los Efesios . Este amor ha sido objeto de numerosos estudios exegéticos, comentarios e hipótesis. Respecto a su contenido, en apariencia “profano”, las posiciones han sido diversas: mientras por un lado se desaconsejaba frecuentemente su lectura, por otro, ha sido la fuente en la que se han inspirado los mayores escritores místicos, siendo sus versículos insertados en la liturgia de la Iglesia. No obstante, aunque el análisis del texto de este libro nos obligue a colocar su contenido fuera del ámbito de la gran analogía profética, no se puede separar de la realidad del sacramento primordial. No es posible releerlo más que en la línea de lo que está escrito en los primeros capítulos del Génesis, como testimonio de ese “principio” al que se refirió Cristo en su conversación decisiva con los fariseos . El ‘Cantar’ está ciertamente en la línea de este sacramento donde, a través del “lenguaje del cuerpo”, se constituye el signo visible de la participación del hombre y de la mujer en la alianza de la gracia y del amor, que Dios ofrece al hombre. La riqueza del lenguaje de este poema oriental, cuya primera expresión se muestra ya en Génesis 2, 23-25. Los personajes de este 'drama lírico' no son dos, sino tres: la sulamita, un pastorcillo que la ama y a quien ella ama de veras, y Salomón que desea conquistar el corazón de la sulamita, pero no lo consigue. Aparecen además otros personajes: los "hermanos", las "hijas de Jerusalén", a forma de coro. La manera en que se tratan el Amado y la Amada, llamándose a veces, hermano y hermana, muestra claramente que no son simples amantes, porque entre los israelitas, solamente los esposos podían tratarse tan estrechamente. No se exhibe, pues, un amor prohibido o culpable, sino una relación legítima entre esposos. A este respecto, debe advertirse, desde luego, que el lenguaje del Cántico es expresión del amor conyugal entre un hombre y una mujer. No creemos que esto haya de explicarse solamente porque se trata de un poema de costumbres orientales, sino también, porque la Biblia es siempre así: "plata probada por el fuego, purificada de escoria, siete veces depurada" . La Biblia dice todo lo que debe decir, sin el menor disimulo , sin revestir la verdad con apariencias que atraigan el aplauso de los demás, según suelen hacer los hombres. Dios quiere mostrarnos por este medio  los inescrutables misterios de su amor con la humanidad, bien sea que se trate de Israel, de la Iglesia o de cada alma,  con la más vigorosa de las imágenes, siendo el punto de partida como el de llegada, esta fascinación–recíproca, estupor y admiración- que efectivamente son la femineidad de la esposa y la masculinidad del esposo en la experiencia directa de su visibilidad. Las palabras de amor que ambos pronuncian se centran, pues, en el “cuerpo”, no sólo porque constituye por sí mismo en la fuente de la recíproca fascinación, sino también y sobre todo, porque en él se detiene directa e inmediatamente la atracción hacia la otra persona, hacia el otro “yo” -femenino o masculino- que engendra el amor con el impulso interior del corazón, en la atracción de los sexos; algo que todos comprenderán; sin embargo, en ello no ha de verse lo prohibido, sino lo legítimo del amor matrimonial, instituido por Dios mismo. De ahí que, como muy bien se ha dicho de este sublime poema, "el que vea mal en ello, no hará sino poner su propia malicia. Y el que sin malicia lo lea buscando su alimento espiritual, hallará el más precioso antídoto contra la carne". Los expositores antiguos miraron siempre como autor del libro al rey Salomón, cuyo nombre figura en el título: "Cantar de los Cantares de Salomón", título respetado por el traductor griego. La Vulgata no pone nombre de autor, y diversos exégetas católicos remiten la composición del Cantar a tiempos posteriores a Salomón . Según la interpretación del estudioso Vaccari, el Esposo a quien ama la Sulamita, no es la misma persona que el rey, sino un joven pastor que la celebra en un lenguaje idílico y agreste, contrastando precisamente con la fastuosidad del rey cuyas atracciones desprecia la Esposa que prefiere a su Amado. En este contraste, la paz del campo simboliza la Religión de Israel, tan sencilla como verdadera, y en los esplendores de la Corte figuran los de la civilización pagana, que humanamente hablando, parece tan superior a la hebrea. Tendríamos así, como en las Dos Ciudades de San Agustín, el eterno contraste entre Dios y el mundo, entre lo espiritual y lo temporal. El valor de esta interpretación nos permite entender muchos pasajes antes obscuros, que podrán juzgarse a medida que nos adentremos en el libro. Entretanto, como lo sostiene también Vigouroux, con sólidas razones, se explicaría, por qué Salomón, siendo el autor del Poema, se haya puesto él mismo como personaje del drama, que además, no aparecería como figura del divino Esposo, sino que, lejos de ello, se presentase ‘modestamente’ en su persona y su proverbial opulencia, como un ejemplo de la vanidad de todo lo terreno, cosa muy propia de la sabiduría de aquel gran rey. Agreguemos que esta manera de entender el Cantar, según lo propone Vaccari, no se opone en modo alguno al aprovechamiento de su riquísima doctrina mística, pues nada más congruente que aplicar las relaciones de Yahvé con su esposa Israel, a las de su Hijo Jesús, espejo perfectísimo del Padre , con la Iglesia que El fundó, y con cada una de las almas que la forman, en su peregrinación actual en busca del Esposo ; en la misteriosa unión anticipada de la vida eucarística ; y finalmente en su bienaventurada esperanza , cuya realización anhela ella desde el principio con un suspiro que no es sino el que repetimos cada día en el Padre Nuestro enseñado por el mismo Cristo: "Adveniat Regnum tuum". y el que los primeros cristianos exhalaban en su oración que desde el siglo primero nos ha conservado la "Didajé" o "Doctrina de los doce Apóstoles".