Efervescencia política

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Ante las inminentes elecciones presidenciales y estatales  en el país, la temperatura política sube ostensiblemente. Un buen “termómetro” lo constituyen las redes sociales, donde muchísimas personas cuelgan fotos, mensajes, videos, reflexiones de marcado sabor político. Ni en la Atenas clásica es imaginable una participación tan intensa por parte de la ciudadanía en la vida política de una sociedad: hasta los niños opinan, critican, se burlan de los candidatos, etc., nadie se exime de expresar su opinión.

Lo anterior es un dato de hecho, que ha marcado el modo de organizar campañas y hacer política reciente; baste pensar, por ejemplo, en la “Primavera Árabe”, que causó la caída de cuatro gobiernos que antes parecían inamovibles. México, obviamente, no es la excepción e incluso en algunos rubros va a la vanguardia en lo que a la utilización de tecnología mediática en la vida ordinaria se refiere: estamos demasiado cerca de los Estados Unidos.

Que haya una mayor participación en la vida política de un país no puede ser sino positivo, una señal de madurez; el que circule abundante información de las campañas y los candidatos, en tiempo real, también es loable: la manipulación se dificulta, y el voto se expresa con mayor conocimiento de causa por ciudadanos bien informados. 

Pero, como en toda realidad, “hay un pero”, o mejor dicho, “dos peros”. Me explico: la “súper-información” paradójicamente puede producir, como efecto perverso, no deseado, desinformación. Contar con exceso de datos, y no tener la capacidad de discriminar las fuentes produce en ocasiones perplejidad, en otras el sencillo dejarse llevar, confiado en que ya alguien verificará la autenticidad de la información, o sencillamente en que esta última se ofrece de manera imparcial, o por último, que es verdadero lo que aparece en la nube, por el simple hecho de aparecer. Si se carece de la cultura necesaria, el exceso de información puede utilizarse hábilmente como un velo, para cubrir lo que a un determinado grupo político le interesa cubrir, y para  ver en cambio lo que desea resaltar, encontrándose el individuo en medio, abrumado por gran cantidad de información que no puede contrastar ni discriminar. En el fondo es sencillo: mucha información no equivale ni a educación, ni a cultura, y por lo tanto no es sinónimo de criterio; puedo manipular igualmente al ignorante que tiene acceso a muchos datos, que al mismo ignorante, sin acceso a ellos; a lo sumo es más difícil.

El “segundo pero” se da más a largo plazo. Podría denominársele “efecto agua de tamarindo”, al que quizá por temperamento o bagaje cultural somos más proclives. ¿Qué quiere decir? Que en el ambiente preelectoral todo mundo opina porque se siente importante: al fin y al cabo es mi voto el que va a colocar a los gobernantes en su sitio. En esa época al candidato le resulta sencillo prometer, y al ciudadano opinar. Pero por arte de magia, ese espíritu ciudadano desaparece una vez que el afortunado designado toma posesión del cargo. Es lugar común considerar que sufre amnesia de las promesas de campaña, lo que es triste, pero es quizá más triste y menos lugar común, que el antes impetuoso y participativo ciudadano, pasa a ser espectador pasivo, resignado al destino que en cierto sentido el mismo se fraguo. Ni las promesas deben ser exclusivamente para la campaña, ni la participación política para la época de elecciones, porque denota una carencia de fondo en la formación cívica del ciudadano: no sólo lo somos en época de elecciones, sino siempre, y la democracia no se ejerce sólo en este contexto, sino siempre, siendo quizá más importante la participación habitual.

Recientemente, gracias a Dios, desde el púlpito se anima a los católicos y a los ciudadanos en general a participar. Es lógico y bueno que sea así. Sin embargo, también es preciso superar esa moral de mínimos que plantea “si es pecado o no abstenerse de votar”, y toda la terrible casuística del “depende”. Al mismo tiempo, denota una fe y una ciudadanía más maduras el participar habitualmente, y el no prescindir delos propios principios políticos, morales y religiosos al hacerlo; sabiendo que como buenos ciudadanos, tenemos derecho y deber de compartir en la vida pública todo aquello positivo que tengamos.