Edad y empleo: más mayores y menos menores

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Los jóvenes, sobre todo adolescentes, que “ni estudian ni trabajan” siempre han existido, pero tal parece que al popularizarse el acrónimo de “ninis” es cuando se descubre esta realidad. De pronto, mucha gente se alarma y preocu-pa porque miles y miles de jóvenes no encuentran ocupa-ción laboral y su ociosidad se vuelve peligrosa.
Pero la sociedad actual tiene otro aspecto que sí es no-vedoso, en los últimos decenios, el incremento notable en la esperanza de vida. El avance de la medicina, y no sola-mente las mejores condiciones de vida, han logrado que las “personas mayores” vivan más años y en mejores condiciones mentales y físicas.
Esto ha creado un problema de supervivencia y de ocu-pación laboral, al menos en las economías emergentes. Esas personas mayores necesitan dinero para vivir decoro-samente, y ese decoro incluye la parte médica para las enfermedades y los deterioros propios de la edad, es decir que el costo diario per-cápita del adulto mayor puede ser superior al del adulto en plena madurez.
Pero al llegar a la edad del supuesto o forzado retiro o jubilación, alrededor de los 65 años, un gran número de personas en plena capacidad productiva, sea física o inte-lectual, sobre todo, no solamente pueden ser productivos por muchos años más, sino que realmente desean y/o ne-cesitan trabajar en condiciones y jornadas normales.
¿Qué significa esto? Que las plazas de trabajo que los jóvenes esperan sean liberadas por jubilación o retiro vo-luntario o forzoso (como en la milicia), no lo son, entre quienes las ocupan muchos no tienen intención de abando-narlas. Dejar de trabajar, dicen éstos, es empezar a morir. El ocio no resulta tan atractivo como se supone que lo sea, aún si se tiene una pensión decorosa y atención médica garantizada. Para ellos, trabajar es estimulante, holgazanear es deprimente.
Entre la juventud, hay otras novedades. Cada vez más los jóvenes logran tener mayores niveles de formación académica o capacitación profesional. Con ellas quieren tener empleo ¡ya!, desarrollarse en el trabajo y ganar bue-nos ingresos.
Pero otro aspecto de la estructura social es la reducción en la tasa de natalidad, ya que en muchos países, sobre todo en donde los adultos jóvenes quieren la vida para ellos y no compartirla con los hijos que pudieran tener, deciden mejor no tenerlos o dar la vida sólo a uno o dos, cuando mucho.
Así, la nueva sociedad tiene “más personas mayores y menos seres menores” de edad. La estructura social se ha salido de los patrones a que estaba acostumbrada hace varios decenios.
Hay jóvenes que quieren espacios de empleo y mayores que no quieren dejarlos. En ambos casos hay un posible desperdicio de recursos humanos, los jóvenes adiestrados sin empleo y los adultos mayores que desean conservar los suyos, que también tienen adiestramiento y algo más, que se llama experiencia.
Esta situación requiere una solución, que es la creación de nuevas fuentes de trabajo, para acomodar productiva-mente a la juventud que busca empleo sin echar fuera del mercado laboral a los mayores de sesenta y más años. El llamado “empuje” de la juventud no puede ser el desalojo de los adultos mayores.
Este planteamiento parece muy lógico y sencillo, pero de alguna manera, ni la sociedad ni la academia ni los gobernantes parecen haberse dado cuenta de la gran dimensión del mismo. Hay intereses incompatibles entre sí: el deseo de los jóvenes a que se les liberen empleos por retiro y jubilación de los mayores, y la real necesidad de éstos de mantenerse activos y tener ingresos para vivir.
A pesar del decrecimiento de la natalidad, en países de economías emergentes la masa de jóvenes sin lugar en el mercado laboral es muy grande. Pero en los países más ricos de Europa y Norteamérica, en donde la natalidad es tan baja que pierden población, persiste otra realidad: los mayores pueden, sin necesidad de trabajar, y gracias a los beneficios de los estados-benefactores, vivir su madurez y ancianidad sin problema alguno. Pero no hay suficientes jóvenes oriundos para ocupar las vacantes, así que “impor-tan” mano de obra, calificada o no.
Cuando en Francia de pronto se alargó la edad de retiro, en apenas dos años, hubo revuelta social. Pero este no es el caso de las naciones de menor desarrollo, como las latinoamericanas, en donde los mayores desean un empleo, ante la amenaza de verse en una vejez sin dinero ni salud… pero también los jóvenes desempleados que no saben cómo formarán, sin trabajo, una familia.
Hay una gran y creciente presión para solucionar el pro-blema de los “ninis”, esos muchachos que ni estudian ni trabajan aún deseando hacerlo, entre ellos los que sí estu-dian o estudiaron pero no trabajan. Pero hay sin embargo otros jóvenes que desearían que el mundo se ocupara de ellos, y que los mantenga sin tener que dar nada a cambio; para ellos el ocio es una maravilla. El asunto no es simple.
Insistamos, no está mal que gobiernos y sociedades se preocupen de esto y pongan manos a la solución de crear empleos para la juventud, pero deben tomar en cuenta la cúspide de la pirámide poblacional, que busca mantenerse activa y con empleos remuneradores, al lado de otras per-sonas mayores que ya no desean trabajar y sí disfrutar el ocio, aunque no sepan lo que sentirán tras algunos años de no hacer nada interesante. Tampoco esto es simple.
Tener el cuadro completo de esta nueva estructura social es muy importante para tomar decisiones políticas, ma-croeconómicas y sociales. Hay que tener bien presentes los intereses y necesidades de todos, los “menores” y los “mayores”, aunque los primeros sean cada vez menos y los segundos cada vez más. No hacerlo así es sembrar bom-bas de tiempo que explotarán en su momento.