Los dos caminos

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Los dos caminos

Como en la historia de Hércules, cada hombre encuentra ante sí dos caminos: el del vicio y el de la virtud.

El camino del vicio se presenta fácil, lleno de placeres y ganancias, sencillo y asequible. Promete conseguir alegrías inmediatas sin tener que pasar a través de esfuerzos incómodos. Invita a superar categorías “anticuadas” y “represivas” (pecado, juicio, infierno) para disfrutar al máximo este tiempo caduco y lleno de emociones.

El camino de la virtud no oculta sus dificultades. Hay que decir “no” al capricho, a los placeres inmediatos, a la droga, al alcohol, al sexo, a la avaricia, a la comodidad, al orgullo, a la sed de venganza. Un “no” que arranca de un “sí” a lo más noble y elevado que existe en el ser humano: la posibilidad de amar, el compromiso por vivir a fondo los deberes como estudiante o como trabajador, como hijo o como padre, como esposo o como amigo.

Los dos caminos se presentan especialmente ante la mirada de cada adolescente, de cada joven, aunque también aparecen en la vida de los hombres maduros: a veces una persona honesta nos sorprende por sus devaneos con caprichos que son propios de un ser inmaduro y desquiciado...

Cada momento de mi vida tengo que optar. Hoy seré más egoísta o más bueno, más tramposo o más honesto, más cobarde o más trabajador, más vengativo o más fuerte para ofrecer un perdón sincero. Los dos caminos me piden, urgentemente, que decida mi futuro y el de tantos familiares y amigos que viven a mi lado y esperan de mí lo mejor: una vida honrada, limpia, buena, abierta al amor y a la esperanza.

Sólo si escojo el buen camino podré penetrar en el mundo del amor eterno, donde existe un Dios que invita a cada uno de sus hijos para celebrar el banquete de bodas del Cordero.