Del debate sobre el árbol de navidad en el Antiguo Testamento

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Es curioso porque el debate que suscita en el cristianismo la costumbre para unos pagana y para otros perfectamente cristiana del árbol de navidad, hasta en el Antiguo Testamento halla los argumentos que unos y otros hacen suyos para sostener lo uno o lo otro.

El profeta Jeremías toma indiscutiblemente partido por los detractores del vistoso y luminoso arbolito venido del frío, a los que regala este argumento:

“Oíd la palabra que os dedica Yahvé, oh casa de Israel. Así dice Yahvé: Al proceder de los gentiles no os habituéis, ni de los signos celestes os espantéis. ¡Que se espanten de ellos los gentiles! Porque las costumbres de los gentiles son vanidad: un madero del bosque, obra de manos del maestro que con el hacha lo cortó, con plata y oro lo embellece, con clavos y a martillazos lo sujeta para que no se menee.
Son como espantajos de pepinar, que ni hablan. Tienen que ser transportados, porque no andan. No les tengáis miedo, que no hacen ni bien ni mal”. (Jeremías 10, 1-5)

El Génesis en cambio, parece hacerlo por los partidarios del arbolito cuya tradición enraízan algunos en nada menos que San Bonifacio, el santo anglo-germano del s. VIII. Lo hace en el pasaje que dice:

“Yahvé Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn. 2, 9)

Que el Apocalipsis identifica definitivamente con el árbol de la vida en dos pasajes de su texto:

“El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios” (Ap. 2, 7)

“En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay un árbol de vida, que da fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina para los gentiles”. (Ap. 22, 2).

Podríamos decir que al debate pone punto final en tiempos muy cercanos ni más ni menos que el Papa Juan Pablo II, quien, como se sabe es el papa que no sólo hace poner un árbol de navidad en la Plaza de San Pedro en 1982 por primera vez, inaugurando una costumbre que desde entonces se produce ininterrumpidamente, sino que en su discurso del Angelus de 19 de diciembre de 2004, pronuncia estas palabras:

“La fiesta de Navidad, quizá la más querida por la tradición popular, está llena de símbolos, vinculados a las diversas culturas. Entre todos, el más importante es ciertamente el belén, como puse de relieve el domingo pasado.
Junto al belén, como en esta plaza de San Pedro, encontramos el tradicional “árbol de Navidad”. Se trata de una costumbre igualmente antigua, que exalta el valor de la vida, porque en la estación invernal el abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere. Por lo general, en el árbol adornado y en su base se ponen los regalos navideños. Así, el símbolo se hace elocuente también en sentido típicamente cristiano: nos recuerda el “árbol de la vida” (cf. Gn 2, 9), figura de Cristo, don supremo de Dios a la humanidad.
Por tanto, el mensaje del árbol de Navidad es que la vida permanece “siempre verde” si se convierte en don: no tanto de cosas materiales, cuanto de sí mismos: en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en el tiempo compartido y en la escucha recíproca.
Que María nos ayude a vivir la Navidad como ocasión para gustar la alegría de entregarnos a nosotros mismos a los hermanos, especialmente a los más necesitados”