Cristo necesita brazos y corazones ardientes


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Cristo
más que nunca necesita brazos, corazones ardientes, almas de apóstoles.
Es maravilloso seguir a Cristo, poder hacer algo con esta vida tan
insignificante que tenemos. Es estupendo poder pasar por la vida
dejando una huella: la huella de habernos entregado a la salvación de
los demás, la huella de haber salvado muchas almas... Ni acumular todos
los tesoros del mundo juntos se puede comparar con la alegría y la
dicha de haber salvado un alma. Y ¿qué pasará cuando no hayamos salvado
un alma, ni dos, ni tres, sino muchas? Porque la vida de una joven que
se entrega con sencillez a su misión, en unión con Cristo, tiene que
producir. Con Cristo todo es posible: "Sin mí, nada podéis hacer".