Contradicciones

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Aristóteles estuvo magnífico. Bueno, para algunos, porque otros no estaban de acuerdo.

¿Qué había dicho? Que una cosa no puede ser una cosa y al mismo tiempo no serlo. O, en concreto, que un hombre es hombre y basta.

¿Por qué? Porque si un hombre no fuera un hombre no sería un hombre. Y porque es un hombre, por lo tanto es un hombre.

Parece un juego de palabras. La cosa, sin embargo, tiene miga, porque es posible encontrar a alguien que diga que un hombre no es un hombre, o que este hombre no es hombre.

Un ejemplo se da en algunos debates de bioética. Hay quienes dicen que un embrión humano no es un hombre, porque le falta un mínimo nivel de desarrollo. Es decir, definen al hombre de tal manera que excluyen a los embriones.

Entonces, ¿qué son los embriones humanos? Si no son hombres, ¿cómo los clasificamos? ¿Se trata de animales que luego producirán hombres? La pregunta no busca enredar la discusión, sino aclarar las ideas. Porque si un embrión humano no es un hombre, algo tiene que ser.

Ese es el otro punto que viene desde Aristóteles: las cosas tienen un modo de ser determinado. No es posible que exista una realidad que no sea algo definido. Lo totalmente indefinido es impensable y, por lo mismo, escapa a nuestros pensamientos y a nuestro lenguaje.

Pero Aristóteles sabía también que las palabras lo soportan todo. Por eso resulta posible encontrar un interlocutor dispuesto a negar lo evidente, a decir cosas contra toda lógica, a esconderse detrás de una cortina de contradicciones absurdas.

Frente a una persona así, ¿cómo actuar? Depende. Si se trata de alguien de buena voluntad pero con ideas confusas, es posible iniciar un camino de diálogo para clarificar los términos y los pensamientos.

En cambio, si se trata de alguien que busca simplemente discutir por discutir o defender ideas según intereses bajos, quizá lo mejor sea una despedida cordial y un “hasta luego”.

Las puertas siguen abiertas para que, si cambian las actitudes, dejemos de lado contradicciones falsas y sea posible emprender un diálogo significativo, razonable y capaz de acercarnos un poco a la verdad que tanto deseamos.