¿Cómo puede Dios llamarme después de lo que he hecho?

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¿Cómo puede Dios llamarme después de lo que he hecho?

Anónimo pregunta:

Padre, soy un chico común y corriente, en el último año de universidad. Hace poco hablando en dirección espiritual tratamos el tema de la vocación y me recomendaron entrar a este sitio de Internet.

La verdad es que desde hace muchos años tengo clavada una espina en el alma porque creo que Dios quiere que me dedique a él a tiempo completo. Sin embargo, tengo en mi pasado algunos actos impuros que cometí -2 veces- cuando tenía 15 años. Claramente ya me he confesado de esos pecados y me avergüenza el que hubieran sucedido. Desde entonces, sobre todo al darme cuenta de que eso no estaba bien y que no era un juego, no han vuelto a suceder y ni siquiera me llaman la atención las tentaciones en este campo (aunque me siguen gustando mucho las mujeres).

Lo que me confunde ante la posibilidad de la vocación es que me siento indigno después de haber pecado contra la castidad. ¿Cómo puede Dios llamarme después de lo que he hecho? ¿Cómo podré tomar en mis manos pecadoras el cuerpo de Cristo? La verdad es que me siento muy indigno, pero también la posibilidad de la vocación me llena de esperanza.

Muy estimado Anónimo,

Te invitaría en primer lugar a agradecer a Dios el que tengas la capacidad de abrir tu alma con sinceridad, pues ése es el primer requisito para poder ayudarte a discernir lo que el Señor quiere de ti. Ojalá y siempre mantengas esa actitud.

Naturalmente, un mensaje de e-mail no puede ser el mejor lugar para llevar un discernimiento completo, pues yo aquí te puedo hablar de líneas generales, de criterios, pero no de la aplicación concreta a tu vida, pues no te conozco. Ahora bien, me dices que tienes un director espiritual, creo que es muy conveniente que abras con él tus inquietudes y temores para que él, que te conoce bien y que sólo quiere ayudarte, pueda apoyarte en tu discernimiento para que puedas sacarte esa espina de la que me hablas.

Pasando a tu pregunta, la verdad es que Dios no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Esta verdad nos llena a todos de consuelo, porque nos hace ver que Cristo conoce bien de qué estamos hechos y no nos ama ni nos llama por nuestros méritos, sino por pura misericordia: él dio su vida por nosotros cuando todavía éramos enemigos suyos por el pecado. ¡Cuánta confianza debemos tener en Él y en su perdón!

Por ello, te invitaría a olvidar esas faltas, en cuanto sea posible, pues ya Cristo las ha lavado con su misericordia y con su sangre. Si piensas en ellas (que no te aconsejo), que sea sólo para agradecer a Dios que te ha perdonado. Él ya no se acuerda de ello y tú debes confiar en su perdón.

Ahora bien, todas nuestras acciones, buenas y malas, dejan una huella en nuestra personalidad. Si se repiten pueden convertirse en hábitos, que si son buenos se llaman virtudes, si son malos, vicios. Por ello, no es lo mismo, una caída aislada que una serie de caídas conscientes y repetidas (no sólo en el campo de la castidad, sino en cualquier campo). Tú mencionas que hubo dos caídas y que sucedieron por ignorancia y no has vuelto a caer desde que te diste cuenta de que eso ofendía a Dios. Esto parecería indicar que fue una caída por debilidad y por no saber lo que hacías, quizás por una mala influencia o curiosidad, más que por malicia personal, y que el rumbo se ha corregido definitivamente. La naturaleza de estos actos impuros también tiene diferente impacto en la personalidad, pues aunque sean pecados, no es lo mismo un acto cometido solo que uno con otra persona, ni es igual, en este caso, si ha sido con una persona del sexo opuesto o del mismo sexo, etc. Por ello, tu director espiritual o tu confesor te pueden ayudar mejor si eres claro y abierto con ellos. Comprenderás que asuntos de tal trascendencia no se pueden arreglar con una consulta por este medio, ¿verdad?

Muy distinto sería el caso, por ejemplo, de un joven está "enganchado" en alguna falta en este campo y que lo hace perder contínuamente la vida de gracia o amistad con Cristo. Quien estuviera en una situación así tendría que vencer esa "adicción" para realmente poder emprender con seriedad el camino del sacerdocio (no quiero decir con ello que sea imposible, pero tiene una asignatura pendiente que atender y que debe resolver antes de hacerse sacerdote).

Es importante que estés viviendo ahora en una actitud de conquista serena de la virtud de la pureza, no como fruto de un simple esfuerzo personal, sino de una colaboración con la gracia de Dios. Y que tu comportamiento sea el de un joven maduro, que acepta y conoce su identidad de hombre y trata de vivir su sexualidad según el plan de Dios.

Sí hay que reconocer que hay actos (no sólo en el campo de la castidad) que pueden condicionar o poner en entredicho una posible vocación. Por ejemplo, una persona que voluntariamente y sin un motivo médico serio se amputa un miembro (por ejemplo un dedo, o la oreja), aunque se arrepienta después y Dios le perdone, tendrá una "cicatriz" en su cuerpo y en su psicología (además de que la oreja no vuelve a crecer porque se confiese de ello). A una persona con una experiencia así, más bien se le desaconsejaría que siguiera el camino del sacerdocio, pues esas acciones pueden ser fruto de un daño más profundo en su psicología y que impedirían su realización como hombre-sacerdote.

La castidad no es el aspecto más importante de la vida cristiana, aunque nos ayuda a integrar plenamente nuestra sexualidad. Hoy la mayor parte de los psicólogos, médicos, teólogos y estudiosos reconocen que el sexo no se reduce al elemento físico, sino que también impacta en todas las dimensiones de la persona. Por ello, la vivencia de la castidad como la entiende la Iglesia (a la que estamos llamados todos los hombres y mujeres, según nuestro estado de vida: casados, solteros, consagrados, sacerdotes, etc.) produce personalidades equilibradas, mientras que las faltas en este campo pueden, en algunos casos afectar negativamente el desarrollo de la persona. Por ello, sí puede darse el caso de que algunas faltas concretas (sobre todo si son habituales) más bien apunten a indicar la ausencia de una verdadera vocación.

La Iglesia es muy sabia, y no querría que nadie emprendiera el camino de la vocación si no va a poder concluir el edificio o vivirá en continua insatisfacción por no poder vivir lo que profesa ser por condicionamientos que tiene, o por algunos aspectos de su personalidad que no han quedado resueltos.

Volviendo a tu caso, por lo que me dices, esto pecados que tanto te atormentan los cometiste probablemente cuando todavía no conocías a fondo a Dios. Grandes santos han tenido experiencias semejantes:san Agustín (te recomiendo que leas las Confesiones), san Pablo antes de caerse del caballo, María Magdalena, etc. Y Dios se ha valido de ellos para llevar su gracia y su luz a muchos hombres. La gracia de Dios ha borrado su pecado, pero, también sus disposiciones y su naturaleza y voluntad estaban bien dispuestas y radicalmente decididas a dejar el pecado. Y esos pecados sólo hacen brillar ahora más la misericordia de Dios que es capaz de sacar incluso bien del mal.

Por ello, a pesar de esas faltas, tú también puedes ser un gran santo. Con Dios siempre hay oportunidades y esperanza mientras dure nuestra vida. La vocación no es cuestión de dignidad o indignidad, sino de amor. Y si Dios te ha permitido experimentar el pecado, quizás sea para que puedas comprender mejor a los pecadores y ser más misericordioso como él lo ha sido contigo.

Dejando claro este aspecto de la confianza en Dios, creo que lo mejor es que abras toda tu historia, con tus anhelos e inquietudes, tus fallos y éxitos con tu director espiritual y que le preguntes a él si estas faltas concretas cometidas en tu pasado desaconsejarían que emprendieras el camino de la vocación sacerdotal, o si más bien no constituyen un problema. Él podrá darte una respuesta más certera, conociendo la naturaleza de estas faltas y cómo vives en este momento, pasados tantos años de que ocurrieron.

Espero que esto te sirva. Recuerda, querido Anónimo, que lo más importante no es ser sacerdote o no serlo, sino ser lo que Dios quiera y servirle ahí donde él te haya destinado. Si te desaconseja tu director espiritual el ingreso al seminario, no es que Dios te ame menos, al contrario, te ama tanto que te da un corazón generoso que ha querido darle a Él la primera oportunidad.

Acércate a María, Madre de la Misericordia y pídele que ella te de la fe y la fortaleza para descubrir la voluntad de Dios y seguirla. ¡Ánimo!